Marta Jiménez Serrano: "Cuando la felicidad se convierte en obligatoria es una condena. Nunca disfrutas de nada"

Pontevedra
21 de febrero 2026

Pocos meses antes de publicar su primera novela, esta escritora sufrió una intoxicación por monóxido de carbono en su casa. Cinco años ha necesitado para narrar esta experiencia cercana a la muerte

Marta Jiménez Serrano, autora de 'Oxígeno'
Marta Jiménez Serrano, autora de 'Oxígeno' / Jairo Vargas

"Hay una mujer tirada en el suelo del cuarto de baño. La mujer está inconsciente (…) Es 7 de noviembre de 2020 y la mujer soy yo". Así comienza Oxígeno, la nueva novela de Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990). Es ella quien nos cuenta su propia historia.

Pocos meses antes de publicar su primera novela, sufrió una intoxicación por monóxido de carbono en su propia casa. Cinco años ha necesitado para narrar esta experiencia cercana a la muerte, en una historia que conjuga la tensión narrativa, la ansiedad y la esperanza.

Reconoce, en esta entrevista con PontevedraViva, que "no era un libro que me apeteciera escribir", pero a partir de esa anécdota personal, entreteje temas como los problemas de la vivienda y los alquileres, la precariedad de los jóvenes o la dificultad de la vida en pareja.

Han pasado cinco años desde tu intoxicación hasta la publicación de Oxígeno. ¿Qué tuvo que pasar para que esa experiencia pudiera convertirse en literatura?

No es que pasara un tiempo y, de repente, la pudiera escribir. Fue poco a poco. Desde las primeras notas dispersas hasta reconocer que había una novela y abordarla, en mi vida pasaron muchas cosas. Sobre todo, colocar esa experiencia. Contarlo me ha ayudado.

Dices en la novela que este libro no querías escribirlo. ¿Por qué?

No era un libro que me apeteciera escribir porque implicaba recordar cosas incómodas y hacerme preguntas difíciles a mí misma. Para mí, los libros son como estados de ánimo y este no era un estado de ánimo al que me apeteciera entrar.

En cada puerta que tocabas, también reflexionas en tu relato, aparecía un muro. ¿Hasta dónde has querido o podido contar?

Hay cosas que no pude contar y otras que no quise contar. Ese juego me ayudó a generar una gran intimidad con el lector. Lo hacemos todos cuando contamos un secreto. Cuando te dicen 'no te puedo contar más', ya entiendes que es una cosa íntima, grave o delicada.

Una parte central del libro es la imposibilidad de recordar. ¿Cómo se narra un "fundido a negro" sin traicionar la verdad?

Fue uno de los retos del libro. Primero, acudiendo a otras voces. Como el enfermero que me atendió. Tuve que recurrir a gente que sí tenía las piezas del puzzle que a mí me faltaban. Y luego hay momentos en los que he dejado cierto espacio, siendo más seca o parca.

Probaste a escribir la historia en tercera persona y no funcionaba. ¿Qué te permitió la primera persona que no te daba ninguna otra estrategia narrativa?

Sí, empecé con personajes pero me daba cierto pudor. Pereza, también. Esa tercera persona me ayudaba a tomar distancia del suceso cuando todavía no había pasado el tiempo suficiente como para que esa distancia fuera natural.

Pero al escribirlo como si les hubiera pasado a otros, la cosa no funcionaba. No tenía ningún sentido. Ahí no había historia. No la encontraba por ningún sitio. Cuando le cambié el tono, sí encontré una historia que iba más allá de mi anécdota.

Tu abuela, muy presente en tu relato, siempre te decía 'Hasta mañana, si Dios quiere'. Tú no lo entendías. ¿Dirías que Oxígeno es, en el fondo, una respuesta tardía a esa frase?

Absolutamente. El libro pasa por entender esa frase y decidir dónde la coloco. Yo no la entendía de pequeña cuando me la decía mi abuela. Yo pensaba, ¿qué coño puede pasar si estoy aquí en cama? Si ella estuviera viva, le diría 'abuela, ya te entiendo'.

Escribes que "no hay sentido ninguno" en lo ocurrido, pero la literatura necesita orden. ¿Cómo se construye un relato cuando la materia prima es el absurdo?

Eso también fue dificilísimo. La escritura te obliga a ordenar, a poner una palabra detrás de otra, a decidir en qué orden se cuentan las cosas. Pero creo que el libro, en realidad, también va de asumir de que hay cosas en la vida que no tienen sentido.

Me imagino que, a nivel personal, cuando vives un suceso como el tuyo te cambia toda tu perspectiva vital, ¿no? 

A mí lo que me la cambió fue, sobre todo, la terapia posterior que hice. Cuando cuento mi historia, me da miedo de que parezca que uno está ahí en el suelo muriéndose y entonces ve la luz y le cambia el modo de ver la vida.  No es tanto eso.

Si barres la experiencia debajo de la alfombra, te quedas igual. Yo quise hacerme preguntas y se me dispararon muchos miedos que tuve que abordar en terapia. Y, sin duda, llegué a una serie de lugares que cambiaron mucho cómo veo la vida y cómo me tomo el día a día.

Tu relación con Juan, tu pareja, también atraviesa todo el libro. ¿Cambió tu manera de entender el amor después de haber estado a punto de perderlo todo?

Pues seguramente sí, en la medida en que cambió mucho mi noción del disfrute, que es algo que debería estar bastante vinculado a la pareja. Cambió mucho mi noción de casi todo, la verdad. Cambiaron incluso mis rutinas. Así que sí, la pareja también.

Hay una pregunta en el libro que es '¿quién era yo antes del incidente?' Y esa pregunta rebota sobre la pareja. O '¿quiénes éramos nosotros cuando nos conocimos y quiénes somos ahora? Sin duda, ha cambiado mi noción de la pareja y del amor, sí.

Hay algo muy potente en esa diferencia de mirada: él piensa 'qué mala suerte' y tú 'qué buena suerte'. ¿Esa tensión os define como pareja?

En cierto modo, lo ocurrido puede funcionar como metáfora de lo que es una pareja. A los dos nos ocurrió lo mismo, pero cada uno lo vivió desde un lugar distinto. El hecho es el mismo, pero cada uno lo vive desde una posición distinta y lo mira desde un sitio distinto.

Y, efectivamente, el primer pensamiento inicial que tuvo cada uno fue muy curioso. Me sorprendió cuando él dijo qué mala suerte, porque yo pensaba que era todo lo contrario. La realidad es la que es, pero la perspectiva de cada persona puede variar.

Y en esa dinámica hogareña hay un tercer elemento, tu gato Canapé, que aparece como una figura de consuelo silencioso. ¿Te interesaba mostrar que, a veces, la reparación no viene de las palabras sino de simplemente estar?

Totalmente. Está muy bien visto y nadie me lo había dicho. El gato para mí tenía tres misiones. La primera era redundar en la noción de hogar. Aquí no había hijo, pero con un gato ya sonaba más a familia. A algo que una pareja quiere construir juntos.

Luego, me ayudaba muchísimo también en la tensión narrativa, que era un reto de la novela. El lector sabe el final por razones obvias. Y, efectivamente, el calor del gato es como un tercer personaje que también ha pasado por lo mismo. A su manera. Estando ahí.

La intoxicación no es solo un accidente doméstico: también es consecuencia de una precariedad estructural. ¿Querías que el libro tuviera también esa dimensión social?

Esa denuncia se hizo sola, la verdad. Solo con contar la historia. De hecho, me esforcé en no exagerarlo. En no dramatizarlo demasiado. Hay un tema de precariedad y de falta de responsabilidad. Planea por todo el libro porque lo que ocurrió no fue un accidente.

Escribes páginas muy duras sobre la imposibilidad de tener una casa en sentido pleno. ¿Crees que esa inestabilidad condiciona la manera en que vivimos?

Es uno de los planteamientos del libro. Lo material afecta directamente a lo emocional, a la intimidad y a todo. Yo hago ese contraste entre mi abuela, que solo vio una única casa y un único azucarero, y yo que a los 30 años ya me había mudado once veces.

La precariedad en la que estamos instalados hoy hace que tener un hogar sea muy difícil. Para poder salir al mundo, hace falta tener a dónde volver. Y cuando es complicado construirlo a nivel material, también es complicado construirlo nivel emocional o íntimo.

Cuando te pasa algo así, supongo que mucha gente te ha dicho eso de 'carpe diem'. De que hay que aprovechar el día a día. ¿Te molesta?

Esa reducción simplista de lo que pasado, sobre todo, me desconcierta. Es como si me estuvieran hablando de otra historia. Yo, en el libro, hago directamente una impugnación del carpe diem. Es algo que me da más agobio que otra cosa.

Estamos ahora subidos en un discurso que confunde la felicidad con euforia, el disfrute con la intensidad. Incluso con la ansiedad. Y no es lo mismo. Es más posible hallar el placer y el disfrute desde el sosiego y ahora tenemos un discurso que plantea el sosiego como algo aburrido y la euforia como una promesa de felicidad. Y creo que por ahí no va la cosa.

¿Crees que las redes sociales amplifican ese discurso?

Sí, pero yo soy muy reacia a culpabilizar a las redes. Las redes somos nosotros. Esto pasa ahora en redes, pero antes pasaba en misa. A ver quién llevaba el mejor vestido. Lo que es verdad, es que ahora la felicidad se ha convertido en una obligación.

Ahora parece que tenemos que estar que todo el rato respondiendo a una imagen de felicidad. Y claro, cuando la felicidad se convierte en obligatoria es una condena. Es lo que ya te imposibilita para nunca poder disfrutar de nada.

Y ya para terminar, ¿dirías que escribir Oxígeno ha sido como una forma más de terapia? ¿Como una forma de cerrar el círculo y superarlo del todo?

Lo fue. Cuando yo puedo escribir algo, es que lo he superado. El libro me ayudó mucho, como tú dices, a poner el punto final o la guinda. La terapia tenía que hacerla, pero no solo fue lo que pasó en la consulta del psicólogo. Entre una sesión y otra, fui escribiendo el libro.