Reconoce Nacho Vigalondo (Cabezón de la Sal, 1977) que si el adolescente que fue supiera que su primera nominación a los Premios Feroz sería por una serie sobre Tamara y su universo "no se lo creería", pero considera que, sin duda, "fliparía y estaría muy feliz".
Recrear para Netflix, con Los Javis como 'padrinos', el surrealista panorama televisivo de los años 2000, con aquellos personajes tan delirantes, "fue muy apetitoso", explica en esta entrevista con PontevedraViva, aprovechando que proyectaba varios capítulos de Superestar en la ciudad.
"Yo viví el 'tamarismo' con la edad perfecta para entender que aquello podía no repetirse nunca", sostiene el cineasta, que ha acudido a Pontevedra acompañado de dos de sus actrices, Ingrid García-Jonsson y Rocío Ibáñez, que dan vida a Tamara/Yurena y a su madre.
¿Qué tenía esta historia y todo su universo del 'tamarismo' para atraerte tanto?
Cuando Los Javis se pusieron en contacto conmigo me explicaron qué serie querían hacer pero, sobre todo, que si me llamaban a mí no era para hacer 'Veneno 2' o un biopic al uso. Querían que fuera una serie que estuviera a la altura del personaje y de la fauna que brota a su alrededor.
En cierta manera, me dieron carta blanca para alejarme de todo lo que se esperaba de una serie así. Y claro, me pareció todo muy apetitoso. Era una oportunidad perfecta para hacer algo que respondiese a un impulso creativo real y, al mismo tiempo, que fuera un desafío.
¿Un desafío en qué sentido?
A lo que se sobreentiende, hoy en día, que es un producto audiovisual consumible por todos. Quería hacer una serie que pudiera ser tan popular como cualquier otra pero con unos códigos que a mí personalmente me entusiasman y que he echado un poco de menos.
¿Si no te hubiesen dado esa libertad no habrías hecho esta serie?
No solo era importante que me la dieran sino también que yo fuese capaz de reaccionar a ella. Si me llegan a ofrecer esto antes, cuando era más joven e inmaduro, hubiera hecho una serie que intentase contentar a todos. Creo que la madurez me ha permitido hacer algo así. Volverme loco.
No defiendo esta serie como una vuelta a una forma más punk y más joven de entender el audiovisual. Creo que la serie, si fuera un atrevimiento sin más, no sé si podría defenderla tal y como la defiendo ahora. Como un acto de verdad y un acto de amor.

¿Te venía de antes esa fascinación por Tamara/Yurena y su ecosistema?
La fascinación la sentí en tiempo real. En aquellos años mágicos en los que todo esto estaba pasando en prime-time. Yo viví el 'tamarismo' con la edad perfecta para entender que aquello podía no repetirse nunca. Y a la vez, identificarlo como algo que no había pasado antes.
De repente, las franjas horarias más difíciles de conquistar estaban tomadas por el underground. No era la típica fantasía de juventud, de riqueza o de normatividad que se había hecho habitual en nuestras retinas, en el mundo de la actualidad del corazón. No, era otra cosa muy diferente.
¿Cuándo tienes ante ti algo tan disparatado y tan surrealista hace falta adornar la historia?
Si me hubiera limitado a relatar sin más lo que pasó, la serie no estaría a la altura de ellos. Yo quería que la serie fuese como ellos. Que cada capítulo tuviese el grado de disparate que podían representar ellos. Para contar lo que pasó, la serie la podría haber hecho otro.
Ese tipo de productos ya los conocemos. Así de sencillo. Nosotros contamos las cosas en un código que es irrevocablemente falso. De hecho, la serie es técnicamente de ciencia ficción. Pero a través de esa mentira y de esa fantasía, acabamos conociendo a los personajes reales.
¿Es un reto mayor que la gente tenga a esos personajes tan presentes?
La prensa ha señalado con cierta insistencia la imposibilidad de esta serie pueda encontrarse con el público más joven que no vivió aquello. No sé por qué, entonces, seguimos haciendo películas de la Segunda Guerra Mundial. Es precisamente esa gente a la que le pilla más desprevenidos.
En ese juego de mentiras, es casi lo que me causaba una expectativa más perversa porque luego la gente tenía la oportunidad de descubrir en internet que las cosas más disparatadas de toda esta historia sí que sucedieron de verdad.

¿Y había responsabilidad por lo que pudieran pensar sus protagonistas reales?
Tenía que confiar en que la iban a entender. No me gusta ser condescendiente. Pero sí, había un grado de riesgo. A mí más que no la entendieran me preocupaba que no se sintieran dolidos o ridiculizados. En todos ellos ves que, en última instancia, lo que sobrevuela con más firmeza es el cariño, el deseo por entenderles. Incluso en las partes más disparatadas.
¿Les ha gustado entonces?
No he estado con todos después de que se estrenara la serie pero con los que he estado ha sido muy bonito. Con Yurena, por ejemplo, cuando vimos los episodios juntos. Ella tenía todo el derecho del mundo a enfadarse por el tema del ladrillo de su madre. Era algo muy doloroso para ella. Pero entendió perfectamente lo que habíamos hecho con ese ladrillo.
Me imagino que, una de las cosas más complicadas, fue encontrar a los protagonistas. ¿Estás contento con el resultado?
Fue una aventura, claro. Ha habido algunos que, en cuanto aparecieron, ya no podíamos ver a nadie más. Con otros dudamos más. Mi gran pesar, y se lo he confesado a ella, fue no tener claro que Ingrid fuera a ser Tamara. Tardamos más de la cuenta. Pero el resultado ha sido magnífico.

Tengo entendido que tu obsesión con ellos, sobre todo, era que huyeran de la imitación, ¿no?
Eso lo aprendí trabajando con Berto Romero en El otro lado. Todo el mundo me decía que había clavado a Íker Jiménez y, en realidad, no era así. Yo quería que hicieran el personaje por su cuenta y que en vez de imitar, como mucho, los evocasen. Es lo que han hecho. Creo que la imitación tiene muy poco alcance en la ficción, es peligrosa.
¿Crees que, de alguna manera, Superestar ha hecho justicia a sus personajes reales?
Yurena siempre lo dice. Yo no me metería en esos términos porque debería ser el último en decir algo así. No he sentido que en ningún momento hayamos tenido que reivindicar algo más allá de lo que hacemos siempre con cada película que es entender y amar al personaje que tienes en el centro de la pista sin dejar de analizarlo, sin hacer una lectura condescendiente o despectiva.