Pongamos que soy una vecina de Pontevedra. Pongamos que el lunes soy una de esas personas a las que el apagón dejó totalmente incomunicada, con batería en el móvil, sí, pero sin rastro de cobertura telefónica ni conexión a Internet.
Pongamos que, cuando cayó la noche y el apagón se hizo más "visible", me eché a la calle. Este es un relato de esas horas, de la noche más oscura en la Boa Vila.
La falta de luz no fue, ni de lejos, lo que más me sorprendió. Mi primer impacto, esa imagen que sé que me costará borrar de la retina, fue una mezcla de silencio y estrellas tan poco habitual en plena ciudad y, en medio de la oscuridad, la presencia de esos "zombies" con linterna deambulando por las calles.
Me recordó a esas historias de la Santa Compaña. La noche era especialmente cerrada y oscura, más que muchas otras en las que al menos la Luna ilumina el camino. Esa falta de Luna y, la ausencia de la habitual contaminación lumínica, realzaba el brillo de las estrellas; y las reflejaba sobre los edificios.
De no vivirla en el contexto de un desastre energético, la imagen podría parecer incluso bucólica, pero luego se imponía una especie de distopía, esos ‘zombies’ con linterna mezclados con las luces azules que desprendían los coches patrulla de las policías Local y Nacional que recorrían las calles ofreciendo ayuda a quién estaba incomunicado y proyectaban sus destellos en los edificios oscuros.

Comprobé que no fui la única que se echó en la calle. La casa se le caía encima a jóvenes y mayores. Personas en solitario paseando, otras con su perro y grupos de gente joven que respondieron a la adversidad a carcajadas. El eco de sus risas retumbaba por toda la calle, en medio del vacío tan poco habitual en pleno centro.
En esa noche tan oscura, brillaba más cualquier luz. Y la mayoría de los que optaron por estar al aire libre hacia el final del día llevaban alguna. Linternas, farolillos, fluorescentes led o los faros de los coches que regresaban a sus garajes rompían la negrura. A los vehículos les esperaban portalones abiertos y de repente la oscuridad volvía a engullirles.
Los más jóvenes no dudaron en pasar el tiempo en grupo, como cada vez es menos habitual en una sociedad cada vez más individualizada. Unos iban con bolsas para un botellón improvisado. Otros optaron por disfrutar de las estrellas. En el Campo da Torre, un grupo de jóvenes de 22 años se reunió al atardecer "a pasar el tiempo, mientras hablábamos, como si fuese un día de verano", recuerdan.

Estos jóvenes comparten recuerdos de ese momento con cierta nostalgia. "Hacía muchísimo que no estábamos todos juntos, hablando". Y también que entre las diez y las once y media de la noche disfrutaron de una noche estrellada. "Me sorprendió el silencio de las calles y cómo se veía el cielo sin contaminación lumínica", recuerda uno.
Esa escena, de grupos simplemente viendo la vida (o la noche) pasar se repetía por toda la ciudad. En los alrededores del Hospital Provincial se concentraron muchos aprovechando los bancos de la calle y el resplandor que salía del hospital. El silencio lo rompían sus charlas animadas y el sonido del generador que garantizaba la atención sanitaria en el interior.

Al caer la noche, los negocios fueron cerrando, por la falta de luz, pero algún bar se adentró en la oscuridad para dar servicio a su clientela. En el Viva Zapata de la calle González Zúñiga presumen de que eran "el único bar abierto de Pontevedra". Alguno más había, pero eran la excepción.
También seguía con la verja medio cerrada y un generador en la puerta el Osiris, en Loureiro Crespo. Y, con un ambiente muy animado, Le Maschere, en Cruz Gallastegui. Hasta la una de la madrugada hubo una actividad frenética en la terraza.
Son solo algunos ejemplos. En todos, la imagen se repetía. Velas sobre las mesas y, en algunos, también farolillos recién adquiridos. Porque también hubo quien aprovechó para, al tiempo que cubría una necesidad, intentar hacer negocio. Vendedores ambulantes con farolillos iban recorriendo las calles. Se les veía llegar de lejos y, al acercarse a las terrazas, la mayoría de los clientes se animaban a comprarlos.
Por cinco euros, un remanso de luz a pilas mientras los locales de hostelería siguieron teniendo mercancía y fuerzas para trabajar.
Fuera de esas terrazas, y de la diversión de grupos de amigos y familias, todo era silencio. Falta de ruido que recordaré en medio de la extrañeza.
Tanto como esos pequeños focos de luz que, como espectros, salían de los edificios. Y es que pocas ventanas estaban iluminadas. No había televisiones, ordenadores y bombillas que animasen la noche, pero de alguna sí surgía ese color anaranjado y parpadeante de la luz de velas que incluso parecía una visión en la noche más oscura de Pontevedra.

Así se vivió el apagón eléctrico durante la noche del lunes 28 de abril

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