Dice un proverbio chino que cuando una mariposa agita las alas, ese aleteo puede sentirse al otro lado del mundo. Quiere decir que muy pequeñas variaciones en el estado de un sistema pueden tener profundas repercusiones en el mismo.
Creo que no nos damos cuenta de la repercusión que tienen los pequeños actos de cada día, las noticias que consideramos "pequeñas" o "locales".
Para que algo grande suceda, bueno o malo, tienen que suceder antes muchas cosas pequeñas.
Cuántas veces he oído hablar despreciativamente del Diario de Pontevedra como "la hoja parroquial", como si fuese excluyente tener en cuenta su información para leer otros periódicos considerados de más peso.
El domingo todo el mundo miraba hacia Hollywood en una gala que, igual que los Goya, siendo cinéfila desde que abrí los ojos, me aleja cada vez más del cine. Ahora mismo importa más hacia qué lado ideológico te posiciones que el arte.
Los actores sin guion, rodeados de palmeros, van camino de creerse semidioses o influencers como los que tanto critican. Pocas palabras de agradecimiento a los equipos técnicos de fotógrafos, iluminadores y un largo etcétera de personas que sostienen una película para que los actores puedan lucirse. Cada uno agradece a su familia y con eso cubre las tres cuartas partes de su discurso de agradecimiento. Poca humildad en una profesión que no es más importante que ninguna otra. Solo más deslumbrante e indecentemente mejor pagada.
En cuanto a las guerras, a todas, no solo a la que enfrenta a Estados Unidos e Irán, para que sucedan, tienen que darse antes muchos otros conflictos a los que ni famosos ni anónimos hacemos caso.
La pelea de la alumna del colegio Calasancio con otra chica, grabada además por sus compañeros, dice mucho de la violencia que estamos sembrando cada día. Nos horrorizamos de las guerras —cuatro años lleva Ucrania— cuando suponen un conflicto internacional de repercusiones mundiales y nos da miedo cómo puede afectar al precio del petróleo y a nuestras inversiones e incluso a la cesta de la compra. Sin embargo, despachamos la noticia de Barcelos como "cosas de niños". No se llega a arrancar un mechón de pelo a otra chica de tu edad y exhibirla como un trofeo de un día para otro. Algo ha pasado antes para que la agresora llegue hasta ahí. Quizá una cadena de acciones que, por haber sido consideradas pequeñas, han pasado desapercibidas. Batallas en casa o en el colegio que han desembocado en ese estallido de violencia.
No creo que el camino se acabe buscando culpables y castigando. La verdadera solución pasa por pensar qué podemos hacer entre todos: padres, alumnado, profesores, familia, comunidad, para que casos como este no vuelvan a suceder. Porque si no encontramos la verdadera causa y actuamos sobre ella, seguirá repitiéndose sin fin.
También, el Diario de Pontevedra trajo una noticia de esas que la gente se pregunta por qué van en primera página: 20 perros en condiciones insalubres, encadenados, encerrados y con sarna, incautados por el Seprona a un particular.
El maltrato animal es algo tan arraigado en nosotros desde que el mundo es mundo que no nos parece "tan grave". Los animales se han utilizado para hacer labores de campo, para cazar, como medio de transporte y nunca hemos pensado en ellos como seres vivos que tienen sus propias necesidades y a los que deberíamos estarles agradecidos y corresponderles —en su justa medida— cubriendo al menos sus necesidades básicas y algo del cariño que nos dan.
Su entrega como lazarillos, en unidades caninas de policía o salvamento o como animales de apoyo emocional y compañía.
Sin embargo, aunque pueda parecer que hemos avanzado mucho en este sentido, todo es, una vez más, como las galas de cine, de cara a la galería. Un decir y no hacer. Una incoherencia tras otra.
Igual que los actores del "no a la guerra" con su correspondiente chapa no renuncian a entregar o recibir un premio —admirable Sean Penn— o a embolsarse un sueldo megamillonario proveniente del país que provoca la guerra, la ley de Bienestar Animal anunciada a bombo y platillo deja fuera a los perros de caza.
Los ayuntamientos gastan dinero en campañas contra el abandono, pero racanean las ayudas a refugios desbordados que acaban asumiendo una carga que acaban aliviando los particulares en lugar de las administraciones. Orgullosa estoy de que "la hoja parroquial" haya llevado la situación de los perros incautados a portada.
Gandhi decía que la grandeza de una nación se mide por el trato que da a los animales. Ojalá volviésemos a él y a los proverbios chinos, porque hemos hecho del bueno, tonto; y del abuso, proeza. Del "no es mi problema" un mantra.
Lo más importante sigue siendo igual: la educación en valores, la compasión hacia el que sufre. Todo eso lo hemos sustituido por una ambición desbocada y una solidaridad hipócrita con la que solo ayudamos si conseguimos algún rédito.
Las grandes causas, las banderas y las chapas en las solapas no requieren el ejercicio de mirar hacia dentro en lugar de hacia fuera —a Trump no lo vamos a cambiar— y pensar en qué podemos hacer nosotros.
Igual un aleteo de mariposa como recolocar nuestro ego, educar a nuestros hijos en el compañerismo y no en la rivalidad, ayudar a nuestro vecino o a nuestro compañero de oficina, sí originaría un terremoto de proporciones internacionales porque estaríamos arrancando la violencia de donde hay que hacerlo: de su raíz.
Por eso leer la "hoja parroquial" es también importante. Por eso comprar en el comercio de proximidad lo es. Por eso, pasear a nuestros perros o jugar con nuestros niños, concentrándonos en ellos y no en la pantalla del móvil, es importante. Por eso, un ¿cómo estás? a alguien que vive solo o a una persona mayor es importante. No una pérdida de tiempo.
Con acciones aparentemente tan pequeñas como esas, mariposas agitando sus finas alas, estaríamos contribuyendo a parar una guerra, la de Gaza y todas las guerras, haciendo comunidad, convirtiendo el mundo en un lugar más amable y menos hostil.
La violencia que termina en una guerra ha empezado mucho antes como algo que no hemos percibido. En un despacho, en una reunión, en un conflicto que hemos considerado poco relevante.
Cada vez que abusamos verbal o físicamente de alguien, cada vez que toleramos un abuso sin decir nada, cada vez que nos hacemos eco de un cotilleo malintencionado por muy pequeño que parezca. No hay arma pequeña, si puede herir a alguien. Y la palabra es un arma que usamos a diario. Tenemos chalecos antibalas pero nada se ha inventado para poder defendernos con eficacia de una calumnia. Nunca ha salido tan barato el insulto, ni ha sido tan difícil probar que alguien nos acosa, especialmente por redes sociales. Muchas lagunas en una legislación que no nos protege del daño que nos puede hacer un hater.
Las casas, los colegios, los juzgados, los vecindarios, todas las estructuras sociales tendrían que amparar al vulnerable, no pasárselo de uno a otro como una patata caliente, por miedo a quemarse, evadiendo responsabilidades.