Espero que a ustedes también les pase que se poner a ver una serie o una película y tardan un buen rato en comenzar a sospechar que ya la han visto y tardan un buen rato más en tener la absoluta certeza de ello y tardan solo un poco de rato más en abandonar el visionado. Este último tiempo extra es por la inercia o tal vez por esperar un milagro de amnesia. Más que esperar que a ustedes también les pase, es que deseo que les pase, necesito que les pase. Lo del mal de los bobos y el consuelo de muchos, por embrollar el dicho.
Lo cierto es que, aparte de que me sucede con mayor frecuencia de lo admisible como normal, me pasa también con las lecturas. Me acaba de pasar con “Los idiotas prefieren la montaña” (La Navaja Suiza), el libro en el que Aloma Rodríguez repasa, con sobriedad y fervor, el tiempo que pasó trabajando en el bar de Sergio Algora, el cantante y escritor que lideró El Niño Gusano, la fantástica banda de Zaragoza que brilló dentro del pop independiente español de los 90.
En la página 19, Aloma cuenta que el día que conoció a Maribel, la novia de Sergio, la llamó por error Anabel, que resultó ser el nombre de la ex-novia del músico. Por alguna razón esa anécdota se me había fijado en el cortex cerebal (qué sabré yo de cortex cerebral, pero bueno) y pude constatar mis sopechas de que ya había leído ese texto. Porque sucede así: primero se sospecha y luego, con suerte, un párrafo, una escena, unas frases, hacen que se encienda una metafórica bombilla en tu cerebro de mosquito (una microbombilla) y ya está. A partir de ahí se sucederán más elementos que reconoces al instante y, aunque no puedas concretar por dónde va a discurrir el argumento de forma exacta, ya te has adentrado en un terreno del que no han sido borradas tus huellas del todo.
Con todo, he decidido seguir adelante con el libro sobre Algora porque este hombre era una fuente inagotable de ocurrencias. Quienes hayan escuchado los discos de su banda lo saben bien. Bar Bacharach fue el nombre que le puso a su bar, en homenaje a Burt Bacharach, el compositor de “Raindrops are falling on my head” y tantas otras piezas famosas que interpretaron artistas más populares que él.
Claro que también sucede que, ya que nunca podemos recordarlo todo, voluntariamente escojamos repetir un visionado o una lectura de una obra que nos ha complacido lo bastante como para revisitarla. Esto es algo especialmente recomendable si el intervalo entre una experiencia y otra no se cuenta en años sino en décadas, por ejemplo. Las transformaciones que hallan producido en nosotros transformarán también el film, la serie o el libro de modo que nos ofrezca mejores sensaciones o todo lo contrario.