Libros que se dejan a medias

25 de febrero 2026

Tenemos la manía, probablemente fruto de una especie de superstición, de considerar que la culpa de que no finalicemos la lectura de ciertos libros es de los propios libros

Dejar un libro a medio leer no siempre es el producto de una acción premeditada a la que se llega como resultado de la imposición de una ley no escrita que aboga por la economía de esfuerzos. A veces dejar un libro a medio leer es un acto fortuito, una interacción con la casualidad que tiene lugar cuando crees, inconscientemente o no, que has desentrañado ya su misterio. Una vez que un libro ha dejado atrás cuanto tenía que ofrecerte e intuyes que sus páginas ya solo serán vestigios de un deslumbramiento que no volverá a repetirse, es normal que tu mente desee relegarlo al limbo de los libros sin terminar.

Acabo de levantarme para darme un paseo por los lugares donde voy dejando los libros que estoy leyendo o que voy a leer, para indagar qué ejemplares he dejado a medias. Es una iniciativa dolorosa que no suelo emprender salvo para escribir sobre ello. Es como recorrer una cicatriz reciente con un dedo, exponiéndote a que salten los puntos que suturan la herida. Los libros no leídos son como un artefacto explosivo cuya mecha aún prendida se consume lentamente: puede que se apague por sí misma o puede que se produzca una explosión que repercuta en tu cerebro y te veas obligado a rescatarlos de la ignominia, dándoles una nueva oportunidad o una primera oportunidad, esa que les habías estado negando.

Tenemos la manía, probablemente fruto de una especie de superstición, de considerar que la culpa de que no finalicemos la lectura de ciertos libros es de los propios libros. Tesis que queda inmediatamente desmentida cuando, tiempo después, un texto que nos decepcionó es retomado con plena satisfacción: no había nada reprochable en el libro, éramos nosotros los inapropiados. Un estado de ánimo, una suerte de agotamiento, un momento de la vida que no encajaba con esa lectura: quién sabe. Me ha pasado en varias ocasiones y lo he celebrado como una especie de regreso del hijo pródigo. Por eso soy partidario de amnistiar a todos los textos cuya lectura he interrumpido para ofrecerles una segunda oportunidad. No lo hago siempre, por supuesto. Hay lecturas con las que me he enemistado de por vida. Algo ha pasado entre nosotros. Algo terrible. Las he borrado de mi mente como quien borra un recuerdo desagradable o absurdo, de un modo que nunca es absoluto el olvido pero al menos permite seguir hacia adelante. No llego a tanto como para arrojar esos libros a la piscina, como se dice que hacía Francisco Umbral. Sobre todo, porque no tengo piscina (y la bañera la necesito para asearme).

En todo caso, nunca debemos albergar reparo alguno para interrumpir una lectura cuando no resulte placentera. Son pocos los días y muchos los libros.