En el metro existen dos modalidades a la hora de formar parte de la fauna de un vagón. Una es la gimnasta, a la que uno accede sujetándose a una barra con una o ambas manos y la otra es la observacion del calzado, materia en la que se entra si se es tan afortunado como para encontrar asiento.
El modo gimnasta está muy bien y debería ser reconocido como disciplina olímpica. Incluye una sección contorsionista, que se pone en marcha cuando otros viajeros invaden el espacio propio y la mano que esta asiendo la barra amenaza con soltarse. Esto suele suceder en medio de una aglomeración, que es algo habitual en algunos trayectos en hora punta. Ahí se ponen a prueba los reflejos, la elasticidad, la fuerza y la paciencia. Muy importante el aplomo facial. Al igual que el gimnasta olímpico ejecuta sus movimientos totalmente concentrado y su rostro, desprovisto de emoción alguna, refleja tan solo la tensión del momento; así en el metro nuestras caras han de mostrar un rictus serio y ensimismado mientras intentamos mantener el equilibrio.
Es un ejercicio que pone a prueba los nervios más templados y que solo con grandes dosis de implicacion y compromiso se solventa con éxito. La perspectiva de terminar en el sucio suelo y probablemente pisoteado fortuitamente (o a propósito) sin duda ayuda a dar lo mejor de uno mismo.
En cuanto al modo observador de calzado, se trata de un desempeño mucho más pasivo y filosófico. Y descansado. La vista viaja de modo natural, empujada por las coordenadas geográficas y geométricas, hacia los pies de los vecinos de los asientos de enfrente. Dependiendo de las inclinaciones personales de cada uno, se puede hacer un examen sociológico basándonos en el tipo, forma y calidad del calzado (esto incluye calcetines y medias) o un simple inventario de las distintas soluciones para cubrirse los pies que se muentran ante nuestros ojos.
Cuando el trayecto tiene una duración de cierta longitud temporal, en ocasiones hay quien opta por abandonar el asiento para pasar a realizar un poco de gimnasia en la barra, aunque no es lo más frecuente. Logícamente, tiene más adeptos la evolución contraria: lo normal es que los gimnastas aspiren a descansar sobre un asiento en cuanto puedan hacerlo. En todo caso, es necesario señalar que esta última modalidad podológica está en franco desuso debido a la proliferación de la telefonía móvil. Hoy en día cuando uno logra asentar sus posaderas en un vagón de metro es casi imposible que no se vea apremiado a consultar una y mil gilipolleces en su smartphone, excluyéndose voluntariamente de cuanto está sucediendo a su alrededor, que no es que sea gran cosa, vale, pero ya me entienden. Tanto es así que cuando observas a alguien entregado a la contemplación de las musarañas, huérfano de móvil, empiezas a mirar a un lado y a otro por si irrumpe la policía nacional para llevárselo.
Respecto al modo gimnasta, el uso del móvil confiere al ejercicio de barra de una dificultad añadida. Y ya si vamos escuchando música con auriculares cableados, no te digo nada.
En fin, aguardo que les haya resultado inútil este pequeño ejercicio de sociología del transporte metropolitano. En caso contrario, comenzaría a preocuparme.