La pluma estilográfica

11 de febrero 2026

Escribí hace mucho un verso sobre la "soledad en la mitad de los puentes", aludiendo a esa sensación de aislamiento que se cierne sobre quien tiene que decidir qué camino tomar o qué decisión es la más conveniente

Me he quedado a solas con una pluma estilográfica. Poner "estilográfica" no sé si lo hace más gráfico, pero le añade estilo a la cosa, es obvio. Me he quedado a solas porque alguien se ha llevado los bolígrafos y un par de lápices que languidecían donde lo hacen los lápices: en el lapicero. Me entran ganas de ponerme a hablar de lápices y lapiceros como a veces a uno que está comiendo tortilla le entra antojo de churrasco. Pero sé refrenar mis impulsos (algunos) y seguiremos con la pluma estilográfica. Que se me quedó mirando como solo pueden mirarte las plumas estilográficas, poniéndote ojitos al modo pluma estilográfica. Aunque todos sabemos que estas guardan en su interior un oscuro secreto, un deseo de mancharlo todo, un vicio de derramarse por debajo de tus uñas y de ponerlo todo perdido. Me quedé pensando en todo ello como cuando se te colgaba el windows porque no tenías para un mac, con una sensación a medio camino entre la pereza y la estupidez. Dejarse seducir por la estilográfica era un riesgo considerable, y era lo que estaba considerando. Pero por otro lado me atraía la idea de formar parte de una élite de apampanados que aún usaban ese anacrónico instrumento.

Escribí hace mucho un verso sobre la "soledad en la mitad de los puentes", aludiendo a esa sensación de aislamiento que se cierne sobre quien tiene que decidir qué camino tomar o qué decisión es la más conveniente. También me refería al desamparo durante los momentos de transición que tienes que atravesar en tu existencia. Bien, en este asunto de la pluma sentía que estaba ante un punto de inflexión en mi extensa vida como usuario de lápices y bolígrafos. Su hegemonía estaba siendo retada y tenía que tomar cartas en el asunto.

Venció la pluma estilográfica, con su mezcla de romanticismo y estupidez. Su elegancia y ese aura distinguido lograron superar la innegable sensación de engorro que niebla cualquier acercamiento racional a sus prestaciones. Ahora no escribo a mano sino con una pluma estilográfica y la tinta del bolígrafo o el grafito del lápiz me parecen soluciones de una época ya superada y triste. Supongo que todos mis bolígrafos y lápices me consideran un traidor, pero yo no estoy para medias tintas.