Pulsiones y debilidades humanas en El Salvador de 1972

21 de septiembre 2025

Crítica de Jose Mª Cumbraos a "Cornamenta", obra de Horacio Castellanos Moya, en la que se abordan dos viajes

Cornamenta

(Horacio Castellanos Moya, 2025, Random House)

 

Esta novela comprende dos viajes. El primero lleva al lector a El Salvador en 1972; en el segundo, una travesía por las pasiones de la especie humana, fecha y lugar son casi irrelevantes. Le influye, resulta obvio, el contexto local (el machismo violento, las desigualdades sociales, la inestabilidad política) pero Castellanos Moya, autor consagrado en su país y en Latinoamérica, en menor medida aquí, es hábil y sus palabras capaces de que reconozcamos esas pulsiones como cercanas e intemporales.

La sociedad salvadoreña de 1972 no era, en modo alguno, diferente al resto de las sociedades centroamericanas de su tiempo, países de democracias frágiles, siempre al filo de la asonada militar, vigilantes los EEUU a que las oligarquías nacionales y el ejército facilitasen sus negocios e impidiesen aventuras auspiciadas desde la Habana.

En ese tiempo y en ese contexto es donde transcurre un exaltado fin de semana en la vida de Clemente Aragón, nuestro protagonista. De viernes a domingo, todos los demonios de los que huye desde hace casi tres décadas, cuando se salvó por los pelos de ser fusilado tras participar en una intentona de golpe de estado, se juntarán en un recorrido frenético que él y sus insatisfacciones han convocado.

La irrefrenable lujuria es el primer rasgo señalado de Clemente en un comienzo de libro vertiginoso y divertido. En cuestión de tres páginas lo conocemos y sabemos cómo su última infidelidad le resulta al protagonista diferente de las demás: haberse acostado con Blanca, la mujer de un general no le acarrea problemas de conciencia —lleva tiempo practicándolo con muchas mujeres con las que se cruza, especialmente haciendo gala de su ascendencia profesional con ellas— sino temores al marido burlado, próximo al poder y por ello dotado de medios suficientes para perseguirlo y hacerle pagar su afrenta. Paranoico y temeroso, se plantea abandonar de una vez por todas esa afición, por mucho que “la vida sigue haciendo jugarretas” y las mujeres tendiéndole emboscadas.

En cambio, Clemente sí ha sabido vencer a su otra gran debilidad, el alcoholismo. Salir de él le supuso incluso la posibilidad de un ascenso social a través de su segundo matrimonio y a la vez convertirse en una figura reconocida en todo el país por su cruzada contra la bebida, participando y dirigiendo equipos de Alcohólicos Anónimos, labor a la que se entrega con denuedo.

El frenesí del fin de semana atropella a Clemente. Narrativamente el lector tampoco encontrará descanso. Por las páginas, algo redundantes por momentos, surge un batiburrillo de personajes de todo tipo de origen y condición social, mezclándose en la medida justa para que nada cambie, siempre todos en su sitio. Así, los luchadores de lucha libre cuyas máscaras ocultan vidas dominadas por el alcohol, machistas violentos o incluso confidentes de la policía, héroes de las clases bajas, modernos gladiadores para diversión de las clases pudientes; empresarios de la televisión sin escrúpulos, políticos en ascenso siempre cercanos a los militares, policías corruptos y torturadores, especialmente pendientes de cualquier comunista, real o sospechoso.

En ese contexto, la afición al adulterio de Clemente (siempre presentes y recordados los pasados, incapaz de evitar la vuelta a las andadas) es la que condiciona todas sus vicisitudes. Acostarse con otras mujeres supone para Clemente un juego, un entusiasta salto a la adolescencia que Castellanos Moya describe con entusiasmo, una necesaria alteración para la acomodada vida en medio de la burguesía salvadoreña.

El retrato de toda esa sociedad y de Clemente, tan desenvuelto en los palacios que habita como en las cavernas a las que baja a rescatar y rescatarse, no acaba de constituir un libro perfecto. Con todo es destacable el estilo original que Castellanos practica de principio a fin. Conocedor del contexto que describe, al que ha dedicado anteriores novelas, mantiene distancias con tonos y modismos y salpica todo de las dosis necesarias de ironía para ahondar en unas vidas ausentes de gloria, afectadas todas ellas por las mismas debilidades de siempre.