El camino que les conducía hasta la parte más meridional era bastante escarpado. Tenían que atravesar las montañas hasta descender por un desfiladero a orillas del río Marganza. Klatus y Rasto iban cargados con unas abultadas mochilas y protegidas sus cabezas con un grueso gorro de lana. Por esas alturas, además de hallarse en los inicios del invierno, la temperatura era bastante fría y el viento soplaba incesante. Caminaban en silencio, fatigada la respiración, pendientes de donde ponían los pies. El poeta meditaba sobre la súplica de Bella al partir: "No vayas, querido, me moriría si te ocurriera algo.", le dijo abrazándole con firmeza. Sus hijos le escudriñaban compungidos, agarrados el uno al otro como si fuesen siameses. Pero Klatus decidió seguir el ruego del veterinario, mas por no saber decir que no a nada que por convicción. Desde antes de la guerra le costaba entender el mundo y las reglas por las que se regía. En lo más hondo no comprendía aquello que movilizaba a las mujeres y a hombres tanto pasional como racionalmente. Sus cuitas y sus alegrías resbalaban sobre él sin que le marcara de forma alguna. Trataba de aparentar, simplemente por no contrariar a nadie, ya que el enfado le aburría todavía más.
Un par de kilómetros antes de llegar al campamento de los hombres supuestamente armados, se detuvieron bajo unas palmeras medio degolladas: su tronco permanecía herido, repleto de impactos, y sus hojas estaban lánguidas y casi amarillentas.
— El paisaje es tan desolador como en nuestra zona -comentó Rasto ofreciéndole agua de su cantimplora- Nada invita al optimismo.
El poeta miró la lejanía y señaló algo. En su dirección, envuelto en una nube de polvo, venía un vehículo blindado. Sobre una de las puertas ondeaba una bandera desconocida para ellos.
Se pusieron en pie para recibir al blindado. Se apeó un hombre armado, ataviado con un pañuelo oscuro en la cabeza y una canana cruzaba sobre el pecho. El conductor les observaba impasible.
— Tarde o temprano os esperábamos. -dijo el hombre con cierta amabilidad- Si así lo queréis, podemos acercaros a la base. Almira os espera.
El poeta y el veterinario asintieron y subieron al blindado.
— ¿Quién hace llamarse Almira? –preguntó Rasto.
El hombre que bajó del camión pareció sorprenderse al principio, luego sonrió y volvió la cabeza hacia ellos.
— Es nuestra líder, la ilustre venida de las tierras asiáticas. Os agradará, compañeros.
Rasto y Klatus se miraron y se hicieron un gesto de desconcierto.
Pronto se encontraron con una fortificación que a los llegados les recordaba a tiempos antes de la guerra. Tenía algo de medieval, sin embargo al penetrar en su interior la tecnología de defensa era más que patente. Tanto el poeta como el veterinario se sintieron rodeados de una modernidad que creían perdida horas antes.
El hombre les condujo, a través de un patio asfaltado donde innumerables curiosos, vestidos con ropas limpias y bastante nuevas, muy diferentes a las que los llegados acostumbraban, les recibían agolpándose, hasta una edificación de ladrillo rosado. En la puerta les esperaba una mujer muy alta, con ligeros rasgos orientales, y con una pistola colgándole del cinto. Les recibió ufana, yéndoles a abrazar en cuanto estuvieron a su altura.
— Pasad a mi guarida y refrescaros con la limonada que prepara Frieda, toda una delicia, compañeros.
Tenía un acento extraño, evidenciando su extranjería, un tono cordial aunque firme.
Cuando cerró la puerta, el hombre armado del blindado se quedó afuera y la multitud arracimada en torno a la casa.
Los llegados bebieron unos vasos de esa limonada y se sentaron frente a la mesa donde se encontraba Almira. Tenía los ojos algo rasgados, no enteramente orientales, los labios carnosos y el cabello largo sujeto en una abundante coleta. Llevaba puesta una camisa de cuadros y unos pantalones militares con las trabillas atravesadas por el cinto donde colgaba el arma. Les miraba con un aire de suficiencia que no parecía ofensivo, sino el de alguien con las ideas claras.
— Bueno, compañeros, habéis venido hasta aquí con alguna proposición, supongo. Y a decir verdad os esperaba. Incluso intuyo vuestra…..digamos confusión.
Rasto soslayó al poeta esperando que se arrancara. Klatus se removió en la silla algo retraído, pero carraspeó un par de veces y se lanzó. Le dijo que intuían un rearme en su asentamiento con el fin de atacar a los vencedores de la guerra. Eso lo veían bastante claro. En un principio parecía legítimo, ya que la invasión no parecía acarrear ninguna cosa positiva para los vencidos, como ya se comprobaba en esos dos años.
— Sin embargo, creemos que la sublevación traerá una venganza demoledora y con ella el aniquilamiento de todos nosotros, incluyendo a vosotros mismos. Creemos que ni por asomo contamos con el mismo material bélico que ellos.
Terminó diciendo Klatus. Se le habían ruborizado las mejillas y en las sienes le brillaban gotitas de sudor.
La líder meridional escudriñó alternativamente a sus interlocutores. Se demoró adrede para, después de lo que le pareció oportuno, rebuscar unos papeles y mostrárselos agitándolos con decisión.
— ¿Sabéis cuanta parte del mundo tienen controlada los invasores? -les preguntó con convicción- Tres cuartas parte del mundo. ¡Aquí tenéis los datos! Comenzaron por su continente entero y no pararán hasta ser dueños del planeta. Son muy poderosos, de acuerdo, pero resignarse como hasta ahora nos llevará más pronto que tarde a la desaparición. Ellos controlan la zona más productiva del país invadido y al resto lo dejan sencillamente sin recursos, esperando su desmembramiento por sí solo. Tenemos un plan de ataque, compañeros, evitando la frontalidad pero constante y preciso. Atacaríamos los límites simultáneamente y nos replegaríamos en función de su respuesta. Y lo más importante: tenemos aliados desde los países todavía no invadidos. El miedo que sugerís no sirve, compañeros. Esa es su baza, la que esperan. Les sorprenderemos.
— No podemos competir con su armamento ni con su tecnología de guerra. -dijo Klatus con un hilo de voz.
— Pero sí les ganamos en garra, en sed de libertad. -contestó Almira, golpeándose el pecho con el puño- Ellos están acostumbrados a conquistar en un paseo; nadie les plantó cara ni moral ni militarmente. El miedo, compañeros, el miedo. ¿No preferís morir antes que asistir a esta destrucción pausada?
— También están nuestras familias, nuestros hijos indefensos. -intervino Rasto echando el cuerpo hacia delante- Les expondríamos a dejarles sin futuro.
— ¿Ahora lo tienen? -preguntó ella, acodándose sobre la mesa. Luego bebió un tragó largo de limonada- El futuro hay que conquistarlo y ahora más que nunca, compañeros.
El veterinario y el poeta cruzaron una mirada. Klatus estaba sintiendo los síntomas del abatimiento por la conversación y Rasto parecía ver el posible y posterior asolamiento y destrucción. Uno y otro, por distintas razones, se sentían en inferioridad de esperanzas frente a la líder. Les hubiera gustado largarse, disculparse y regresar al asentamiento, sin embargo no lo hicieron.