Habían salido todos de sus agujeros para disfrutar de un día especialmente acogedor. El aire ponzoñoso apenas escocía en los ojos y un atisbo del sol se intuía entre la barrera infranqueable de las nubes plomizas. Ni siquiera los relámpagos rojizos aparecían en el firmamento, tan sólo se les veía brotar muy a los lejos en el terreno yermo.
Mientras los demás paseaban o, los más pequeños, jugaban correteando, los tres valedores de los agujeros charlaban sentados sobre unas piedras oscuras. Junto a ellos, los de más edad, recordaban tiempos pasados.
— Esta vez me ha salido un poco más fuerte. -comentó Unnobo refiriéndose al aguardiente que tomaban los tres. Era un licor que aprendió a hacer en el ejército.
El poeta asintió torciendo el gesto.
— Es mejor fuerte, sargento. Lo que entona nos viene muy bien.
Dijo Naira que cerraba los ojos con fruición cada vez que daba un trago de su taza.
— Es maravilloso poder disfrutar de un día así -siguió ella, observando el alborozo general- Si tuviésemos días similares llevaríamos mucho mejor estar siempre metidos bajo tierra.
Unnobo alzó su dedo pulgar para mostrar su concordancia.
Klatus, a hurtadillas, escudriñaba el perfil de Naira. Si hubiese sido más joven seguro que se hubiese atrevido a cortejarla. Era bella. La tonalidad tostada de su piel, sus labios finos y extensos, la profundidad de sus ojos. Y, por supuesto, su inteligencia. Un intelecto selecto que tanto resolvía problemas cotidianos de una manera eficaz y que conformaba a todos como se las ideaba para construir los agujeros y trazar hatajos que solventaban la existencia técnica de la comunidad. El poeta la observaba, en esos días inusuales en los que podían disfrutar del aire libre, y no podía por menos que acordarse de Bella y sentir que su corazón todavía albergaba algo de sentimiento amoroso. Sin embargo, Naira era todavía joven y él un viejo descreído.
— Ahora nunca podría enamorarme de verdad. Soy un viejo misántropo.
Como le pasaba otras veces, las palabras se le escaparon de la boca sin desearlo. Su pensamiento tenía la flaqueza de discurrir hacia afuera.
— No lo creo -dijo Naira medio riendo- Además tú, todo un poeta, menos que nadie.
Unnobo abrió sus ojos como en una estampida y su mirada, ante su rostro oscuro, dejó por unos instantes la pesadumbre.
— Bueno, no creo que en la vida que nos ha tocado en suerte nos deje mucho espacio para el amor.
Dijo mirándolos alternativamente.
— ¿Por qué dejaste de escribir, Klatus? -preguntó ella, frunciendo con elegancia en entrecejo.
El poeta levantó los ojos unos segundos hacia ella y, luego, algo turbado y con abandono, escarbó con los dedos sobre la tierra reseca.
— Fui escritor en mi juventud. Sólo ahí. Tras la guerra…..acabé reconociendo que ya nada tenía que decir. El silencio empezó a ser mucho más elocuente. A nuestra generación se le negó la vida bien pronto. Las jodidas guerras y sus putas consecuencias. ¿Qué se puede escribir de toda esa barbarie común?
Naira puso esa sonrisa hermosa que acababa en un mohín pesaroso.
— En mi país todo esto lo vivimos de manera diferente. -dijo- Por mucho que lo pasado fue catastrófico para la gran mayoría, siempre sacamos una parte espiritual. Pienso que este tiempo horrible es un aprendizaje para un futuro mejor. Nada peor puede venir. Eso debería ser motivo para que nos sintamos…… afortunados. Y perdonadme esta palabra que parece fuera de lugar ahora.
Unnobo volvió a llenar las tazas de los tres. El ex militar tenía el pulso alterado desde hacia tiempo y derramaba parte del licor sobre el terreno.
— Puede que tengas algo de razón Naira -musitó el sargento con su voz templada- Tenemos una misión importante siendo los comandantes de toda esta gente. Nos necesitan tanto como su vida.
Klatus cerró los ojos con fuerza. Le abrumaba la conversación porque estaba de acuerdo y en desacuerdo, y a la vez daba igual el sí o el no. La necesidad que tenían los demás de ellos tres daba un sentido a esa vida miserable, sí, sin embargo ¿qué objetivo tenía su entrega si, en el fondo, lo normal era que todos acabasen muriendo? ¿Qué parte espiritual había en morir lentamente? ¿Acaso no era algo casi masoquista? ¿Qué fortuna radicaba en retardar la desaparición total?
A lo lejos el poeta vio a su hijo. Estaba junto a una chica y parecían andar muy acaramelados. Meneó la cabeza negativamente.
— No deberíamos permitir los embarazos. Es irracional que alguien traiga un ser humano al mundo en estas circunstancias.
Dijo Klatus de una forma un tanto dura. Escudriñaba a la pareja con fijeza y eso no pasó desapercibido para sus acompañantes.
— Contamos con un par de médicos -adujo Naira, también pendiente de la pareja- Sí, creo que por el momento debemos controlar los embarazos.
La arquitecta era bastante más joven que el sargento y el poeta. Su piel tersa y la garra de su ímpetu lo evidenciaban al lado de los dos hombres sexagenarios.
— Pero tampoco podemos impedir que tengan un hijo si lo desean -añadió Unnobo- No sabemos con seguridad lo que les deparará el futuro. Acabamos de hablar de ello.
La última frase se la dirigió a Klatus.
— ¿No lo sabemos? -contestó con ironía- Vamos, sargento, por favor.
— No, no lo sabemos a ciencia cierta. Seamos optimistas. Sabemos que la enfermedad mata casi a diario, pero ¿necesariamente tiene que ser tan destructivo el futuro? No, Klatus, no. -luego, tras unos instantes remachó- Necesitamos esa esperanza.
El poeta se dejó convencer por el tono sosegado y dulce de la hindú. Eso sí que era fortuna: alrededor de tanta aniquilación tener de cerca una mujer tan entusiasta y adorable, se dijo mientras asentía varias veces en silencio.
Sabían que el tiempo de esparcimiento se estaba terminando. En el cielo ya relampagueaban los látigos rojizos ablandando la coraza de los nubarrones. Naira se frotó los ojos varias veces pues comenzaban a llorarle. Era el primer síntoma.
Acabaron una última ronda del aguardiente especial de Unnobo y comenzaron a llamar a los demás para recogerse en los agujeros. Cada uno de los tres hacia el recuento de los suyos de manera concienzuda. Fue en ese ínterin cuando escucharon alarmados un sonido estruendoso que provenía de entre las nubes. Rugía un potente motor invisible entre el cielo adoquinado. Todos miraban expectantes y temerosos y, sin embargo, a todos les podía la curiosidad por descubrir el motivo del zumbido.
— ¡¡Ehhh, mirad allí!! -exclamó un hombre alto, morador del agujero de Naira- ¡¡Hacia el oeste!!
Una nave flotaba inmensa bajo la cortina de nubarrones. Tenía una forma redondeada y una doble y larga cola por la que salían borbotones de combustible quemado.
— ¡Es muy parecida a la que pilotaba Han Solo! –gritó entusiasmada una mujer anciana.
— El Halcón Milenario. -corroboró un hombre a su lado.
La nave flotaba sobre sus cabezas a gran altura. Emitía unas luces intermitentes en su parte circular como si fuese un mensaje cifrado.