Asomó la nariz por el portillo, sujetándolo con dificultad pues, debido a su sistema hermético, pesaba bastante, y volvió a bajar al agujero 2 apoyando los pies con cuidado sobre los pates. Al llegar al firme, se sacudió la tierra adherida a la ropa y sacudió la cabeza con airada pesadumbre.
— ¿Hoy tampoco? -masculló su hijo, dejando escapar un silbido de abatimiento.
El poeta fue hasta el infiernillo y movió enérgicamente la pequeña batería. Luego, movió la clavija dos o tres veces hasta que respondió la resistencia y puso a calentar un cazo considerable en el que flotaban unas hierbas. Desde la oscuridad fueron apareciendo varias docenas de cabezas. Escudriñaban el trajín del poeta como si esperasen de él un grandioso milagro.
— Lloran los ojos con sólo abrir la tronera, ¿sabéis? Así que otra vez puré ¡No hay otra cosa, joder!
Exclamó de mal talante, mientras removía el brebaje del cazo.
Dándole vueltas y más vueltas con el cucharón de madera, como todos los días desde hacía ya más de veinte años, a Klatus se le precipitaba la memoria como si fuese un tormento que, de tanto y tanto angustiar, había acabado por parecer llevadero, incluso podía decirse como un fin entre tanto cataclismo. No pudiendo evadir los recuerdos nefastos, el poeta los desmenuzaba en silencio colocándolos en un lugar seguro y sin vuelta.
Pocos días después de que muriera Rasto, se cumplieron veinte años desde la finalización de la Gran Ofensiva. Con el armisticio, lo que quedaba de mundo se había dividido en dos grandes bloques: los antiguos vencedores, llamados Nación Progresista Unida (NAPU) y los antiguos sublevados de Almira, nombrados como Estado Libertario Oriental (ELIO). Con la contienda nadie en realidad ganó nada, simplemente, sin objetivos a los que destruir, se firmó un alto el fuego irreversible. Los dos bandos lo celebraron como una victoria particular como siempre ocurre cuando nunca hay nada que ganar.
Los dos contendientes emplearon, a medida que la guerra avanzaba, todo su arsenal nuclear con lo cual la vida sobre la tierra fue haciéndose inviable. El aire se convirtió en un bien tan preciado como irrespirable. Los asentamientos limítrofes fueron los primeros en caer. Se convirtieron en escudos humanos para que los ejércitos de Almira y los países orientales atacaran por otros flancos y, en un principio, avanzaran victoriosos. Pero ese espejismo duró poco tiempo ya que los antiguos vencedores contraatacaron con escarnio dirigiendo sus misiles nucleares a las naciones orientales causando una carnicería entre la población civil. El Baluarte duró algo más, considerándolo como adversario menor, sin embargo acabó cayendo no sin antes dirigir toda su carga nuclear hacia las ciudades adversarias. En menos de seis meses el planeta quedó reducido a una bárbara devastación. Los pocos que quedaron para recordar la anterior guerra y su destrucción, quedaron atónitos ante la inimaginable desolación que les rodeaba. En grandes cráteres chamuscados se convirtieron montañas y urbes, y el cielo se tiñó brumoso e iluminado de fortuitos resplandores cobrizos. El río Marganza, el más caudaloso del sur que, antiguamente, abastecía de agua a los asentamientos limítrofes y al mismísimo Baluarte, ahora era una costrosa cicatriz reseca y salpicada de un vidriado sarampión de mineral henchido de radiación.
Los auténticos damnificados de esa guerra total fue la población civil y concretamente la gente con menos recursos económicos. Los pocos sobrevivientes, en comparación con los millones de fallecidos durante la contienda y los que contrajeron las numerosas enfermedades causadas por la radiación después de ella, mal vivían en especies de búnkeres construidos por ellos mismos. Por lo general eran minas, con una tronera o portón estanco, que les preservaban del contacto con el aire pútrido del exterior. Obviamente, no eran todo impenetrables que requería la situación y, paulatinamente, fallecían a causa del envenenamiento del aire que acababa emanando de la tierra. Sin nada con que alimentarse, a pesar de las raciones insuficientes de agua y comida que los drones-nodriza repartían, se hicieron populares unas hierbas que crecían en el perímetro de los cráteres y antiguos arroyos y ríos. Poseían un sabor medianamente agradable y, trituradas, podían pasar por unas nutritivas espinacas, sin embargo su infección radioactiva era más que probable, mas no había elección. Si la existencia antes de la Gran Ofensiva era menesterosa e inclemente, después del armisticio era sencillamente cruel.
Por otro lado, en contrapartida, los poderosos, acaudalados, militares de alta graduación y políticos encumbrados de uno y otro lado subsistían en búnkeres acorazados bien acondicionados, o en estaciones espaciales, o incluso, según la rumorología, pues nadie conocía a ciencia cierta su paradero, en el planeta Marte. Por alguna información recibida desde los drones-nodriza, Almira era la primer ministro de ELIO, junto a un presidente de nombre impronunciable, y el ahora general Bertolo, aquel militar de la cicatriz sobre la frente, actuaba como ministro bélico. Si poco se sabía de los dirigentes del bloque ELIO menos del contrario NAPU. Lo noticiable era pura especulación.
En cuanto a Klatus y su escepticismo no se puede decir otra cosa que había crecido hasta el límite de la indolencia, o mejor aún, se ladeó hacia una fraternidad apremiante. El hartazgo le embadurnaba con una capa inmune de solidaridad mecánica, digamos, que en su fuero interno le procuraba sosiego. Perdida a Bella, su esposa, uno de sus hijos, y la mayor parte de conocidos del asentamiento cercano al Límite número 5, se entretenía en ayudar a los que habitaban su agujero (nombre que daban a los hoyos donde se guarecían). Lo residían gentes variopintas, de edad y sexo alterno, que reunió la casualidad. Y es que, una vez destruido El Baluarte, algunos de aquellos embajadores lograron llegar hasta tierras menos devastadas. A ellos se les unió el sargento Unnobo tras desertar del ejército. Fueron hallando a gente errante que no sabía qué hacer ni a donde ir. Aunque muchos murieron en el intento, se las ingeniaron para construir esos agujeros, rastrear y reparar pequeñas placas fotovoltaicas y nutrirse con los hierbajos que retoñaban en el filo de los cráteres y ríos. Les bastó con fabricar cuatro agujeros para albergar a los que fueron recogiendo. Les nombraron simplemente con los números del uno al cuatro; en el uno habitaba Unnobo y los suyos, en el dos Klatus y otros tantos, mientras que en el tres lo llenaban Naira, una arquitecta hindú venida del asentamiento cercano al Límite 2, y el resto; Rasto habitaba el cuarto pero su fallecimiento obligó a repartirse a sus moradores entre los otros tres. Cuando el aire, el que no irritaba los ojos, era propicio se juntaban en el exterior bien para recoger lo depositado por los drones-nodriza, o bien para recoger hierbajos espinacas. A lo sumo podían disfrutar del encuentro un par de horas, lo recomendable para no enfermar, pero, sin lugar a dudas, era lo mejor de esa existencia marchita.
Al tiempo que removía los hierbajos en el cazo, el poeta soslayaba a su grupo, silencioso y expectante. Le seguían, tanto a él como a Unnobo y Naira, con una fe inquebrantable, como un único asidero, como la esperanza entre la destrucción. Reblandecido y fortalecido por esa dependencia desesperada, vivía para el día venidero nada más. Sí que era cierto que sacaba a relucir un mal humor antaño desconocido, pero era pasajero y para nada violento. Ni se acordaba ya de sus versos, ni de su vida pasada, por mucho que viera todos los días el cuerpo contrahecho de su hijo, merced a la primera ola de radioactividad.
— ¿Le falta mucho, padre?
Le preguntó él, trabajando su lengua con dificultad para hacer inteligibles sus palabras.
— En un pispás comemos todos. ¡Co-me-mos!
Dijo el poeta, aflautando la voz con donaire y volviéndose hacia todo el grupo.