Devastación (4ª parte)

10 de febrero 2026

El escritor Kabalcanty ofrece la cuarta entrega de esta historia protagonizada por el poeta y el veterinario

En esta ocasión la comida fue menos multitudinaria y alegre. Cenaron en una habitación más reducida, sin ventanas al exterior, con la lideresa y con los cuatro milicianos de graduación que había en el Baluarte como únicos invitados. El poeta y el veterinario pronto hicieron saber a Almira de su descontento por el trato recibido por el soldado y el sargento Unnobo.

— Nos da la sensación que somos cautivos, señora Almira.

Dijo Rasto quejoso.

Los cuatro militares la observaron unos instantes con un gesto contenido. Daba la impresión que esperaban una réplica iracunda de la lideresa. Se equivocaron.

— ¿Cautivos? Por favor, señores, son ustedes nuestros más preciados invitados.

Enunció dedicándoles a los llegados una amplia sonrisa. Después, mientras les servían los platos unas camareras con uniformes castrenses, sus ojos se estiraron aún más sobre su rostro y adelantó el cuerpo en la mesa.

— Queridos camaradas, esperábamos su visita impacientes porque han sido los últimos de los asentamientos limítrofes que se han unido a nuestra causa. ¿Me equivoco al decir que se han unido a nosotros?

El veterinario y el poeta intercambiaron una mirada dubitativa.

— En términos generales se puede decir que sí, pero tendríamos que someterlo a votación con los nuestros. -dijo el veterinario vacilante- Pensamos emprender viaje de vuelta mañana para ese cometido.

Los cuatro militares comentaron entre ellos algo en voz baja y terminaron esperando las palabras de Almira con cierta aprensión. A ella o no pareció gustarle la contestación de Rasto o la posible disquisición de sus milicianos, o incluso las dos cosas.

— ¡Señores, me gustaría disfrutar de la cena sin lucubraciones! -dijo ella apoyando las manos sobre la mesa. Hizo una pausa tensa y escrutadora, y continuó- En efecto, mañana sin más tardanza, uno de nuestros emisarios, junto con los instructores de campaña, llevará a vuestro asentamiento el acuerdo, debidamente firmado por vosotros y por mí. Lo mismo que el resto de los embajadores de los demás asentamientos de la zona sur y limítrofe de la nación que habitan el edificio donde os hemos alojado, esperando el desencadenamiento de la ofensiva, necesitamos que vosotros permanezcáis en el Baluarte hasta nueva orden. Nuestra unión tiene que ser literal, ¿comprenden? La ofensiva, según la hemos diseñado los países asiáticos no invadidos y yo misma, no debe tener resquicio alguno. Juntos y en el mismo lugar nos seréis y os seréis más útiles. No hablo de ninguna cárcel ni de ningún sometimiento, sino de cohesión y conformidad para lograr una victoria histórica. ¿Queda claro mi mensaje?

El poeta y el veterinario quedaron mudos, sin procesar por entero todo lo dicho por la lideresa. En unos minutos la mujer al mando había pasado de llamarles de usted a tutearles, se dijo el poeta. Mientras Rasto oscilaba la cabeza y se mordía los labios en un signo de cavilación, Klatus soslayaba a Almira y a sus subordinados. Podría haberles dicho lo que se le pasaba por la cabeza, pero con el riesgo al tedio que le produciría, calló. En ese momento lo que más le dolía era haber acompañado al veterinario, sin embargo lo hubiera vuelto a hacer si retrocedieran en el tiempo.

— Ahora cenemos en paz y armonía, compañeros. –añadió severa Almira, dedicándose a su plato.

Cuando llegaron a su cuarto, el veterinario y el poeta llegaron a la conclusión más que fehaciente de que eran poco menos que prisioneros. Rasto clamó por su familia y allegados y hasta tuvo que enjugarse algunas lágrimas que derramó en silencio.

Klatus, por el contrario, apenas comentó nada. Se mostró afligido sí, sin embargo era de los que pensaban que el auténtico mal comenzó al estallar la guerra. Lo posterior era puro sufrimiento encaminado a una sobrevivencia que pasaba por ser una especie de rutina agónica. Que amaba a Bella y a sus dos hijos era obvio, pero el poeta también conocía que el futuro que podía ofrecerles era una quimera envuelta en papel espinoso. Si desde que acabó la contienda, apartados en aquellos asentamientos que no eran otra cosa que un goteo hacia la exterminación, barajó la posibilidad del suicidio, dejó de hacerlo porque el sentimentalismo hacia su familia se lo impidió. ¿Qué sería de ellos sin él? ¿Aceptarían de buen grado su abandono? ¿Les abochornaría? Las palabras que tiempo atrás le cautivaron tanto, sus versos, sus poemarios, ahora se le antojaban todas faltas de sentido, inútiles. Algunas veces, como ya le ocurrió junto al buen Rasto, se dejaba llevar por una sorpresiva esperanza, sin ningún asidero, y parecía creerla plausible. Pero eran sucintos fogonazos que, al poco, naufragaban en el inconmensurable mar de su desaliento. Antes de la contienda ya vivió el completo menosprecio hacia su profesión, o sea la poesía, que le llevó a malvivir siempre y a que la sociedad de entonces le viera como algo similar a un paria o a un cómico sin gracia, pero ahora era él mismo y nadie más quien orillaba los versos y los negaba, ya que no hallaba significado en escribir en la mismísima caldera del infierno. ¿Quiénes leerían sus lamentos poéticos hartos de sobrevivir en el meollo del desánimo? Se quedarían cortos sus poemas, sin duda. Eso pensaba Klatus y en eso se basaba su subsistencia. Su escepticismo era parte esencial en él, incluso de la misma carne que revestía su cuerpo.

Rasto lloriqueaba en un rincón junto a la ventana de la habitación. Trataba de ocultarse de cara a la pared, aunque sus acallados sollozos sacudieran sus hombros una y otra vez. El poeta fue hasta él para ponerle una mano sobre la espalda.

— ¡Oh, buen amigo poeta! -masculló lloroso Rasto- ¿Puede ser tan cruel el destino con nosotros?

Klatus calló. Aferró su mano a la espalda de su amigo y le trajo hacia él a modo de consuelo.

Pasaron los días viendo por la ventana de la habitación cómo se pertrechaba el Baluarte para la ofensiva. Cada día había más actividad bélica. Las personas vestidas de paisano escaseaban y sólo los uniformes configuraban el diario de la fortificación. Fueron llegando armamento del exterior y soldados y más soldados, unos de ojos rasgados y otros de vistosos cabellos rubios.

También conocieron a los diversos embajadores de los demás asentamientos limítrofes con la frontera de los vencedores. Eran casos similares a los suyos: unos y otros, invitados o meros embajadores preocupados por escalada armamentística del FEL, acudieron al Baluarte y no volvieron a salir. Los más antiguos eran más conformistas, sumisos a que la única opción ofensiva era la militar; el resto, los que llevaban menos tiempo bajo custodia, conservaban todavía algo de indignación por esa manera de “convencerles”. Pero a diferencia de Klatus, todos convenían, incluso ahora Rasto, que la ocasión para doblegar a los vencedores era la idónea, a tenor de la adhesión de los países asiáticos libres.

— Sin embargo, debieron confiar en nuestra palabra y dejarnos exponerlo a los moradores de nuestros asentamientos. -dijo un embajador reciente de aspecto rudo y con el pelo ensortijado y largo.

— Tuvieron miedo de que lo rechazaran los nuestros.-dijo un embajador anciano, el más antiguo en el Baluarte- Y Almira llevaba parte de razón: no podía darse ni la más mínima fisura en el plan ofensivo. ¡Tenían que estar completamente seguros, carajo!

Comían en la planta sótano todos y siempre vigilados por unos soldados de trato afable pero inflexible.

Una madrugada, en menos de un mes, oyeron unas lejanas y repetidas detonaciones que les advirtieron que la ofensiva había comenzado.