Les invitaron a una gran comilona a base de una crema de zanahorias y un ragú con una carne que los convidados prefirieron obviar su procedencia. Estaba tierna y de sabor aceptable pero su aspecto en el plato era poco menos que asqueroso. Participaron en el ágape la mayor parte de los que poblaban el sitio de Almira. En varias mesas largas, distribuidas en un hangar en el que se apilaban cientos y cientos de cajas de amunicionamiento, se juntaban milicianos, rangos altos y medios de la tropa comandada por Almira y el resto de pobladores del lugar. Todos comían con apetito y alborozados sin dejar de escudriñar a hurtadillas a los llegados.
— Deseo presentaros a todos, camaradas revolucionarios, a Rasto y Klatus, embajadores de uno de los asentamientos cercanos a El límite 5. Demos gracias a su llegada porque han venido para apoyar nuestra causa y hacerla común para gloria del Futuro Estado Libertario. ¡¡Viva el FEL!! ¡¡Viva la libertad!!
Un atronador aplauso, salpicado de vítores, removió los cimientos de la nave.
Tras la comida, la líder, junto con un séquito de milicianos de graduación, les sugirió que la acompañaran en una visita al Baluarte, tal y como llamaban ellos al sitio. Pronto el veterinario y el poeta se vieron asombrados por la modernidad y la exuberancia del lugar, como ya les ocurrió en un primer vistazo, pero ahora con mucha mayor fascinación. No sólo los edificios contaban con casi todas las comodidades de antes de la guerra, sino que poseían extensiones con campos agrícolas y pequeñas fábricas para confeccionar utensilios cotidianos y piezas básicas para el funcionamiento de su aparataje bélico. Hasta tenían, según les indico el comandante Bertolo, un tipo fuerte y grande que tenía una amplia cicatriz que le cruzaba la frente, una protección antimisiles que, puesta en funcionamiento, hacía de techumbre del Baluarte.
— Perdonen por mi indiscreción, pero ¿quién les financió todo este magnífico bienestar en estas tierras tan paupérrimas tras la contienda?
Preguntó Rasto sin saber a quién mirar de la comitiva.
Almira dio un paso adelante y se plantó altiva frente al veterinario.
— Ya les dije antes, compañeros, que son varios países del eje oriental no invadido los que secundan nuestra causa libertaria. -hablaba con voz de mando y señalando a la lejanía como si todo proviniese de una fuente más cercana a lo imaginable- En la actualidad, listos para el enfrentamiento con los invasores, sus fuerzas militares y las nuestras son una sola. Y con único fin: la libertad para un nuevo orden mundial sin desigualdades.
El sequito aplaudió las palabras de Almira y convidó, con ademanes y miradas inquisitivas, para que los recién llegados les imitaran. De tal modo que el poeta y el veterinario se pusieron a aplaudir hasta que cesó la ovación.
Mediada la tarde, les acomodaron en unas habitaciones de un bloque elevado en cuatro plantas. Subieron en un elevador en el que los pulsadores para dirigirse al piso se activaban con una llave. Un sargento militar metió la llave en la cerradura del cuarto piso. Como era de esperar, las habitaciones eran confortables y aclimatadas con una temperatura óptima. “Placas solares por sistema, aprovechando los numerosos días tórridos de nuestra posición”, les comentó el sargento Unnobo, un hombre de color, de mirada apagada y con los galones de sargento luciendo sobre los hombros de su guerrera, a quien destinaron para que les instalara.
— Mañana pensamos salir hacia nuestro asentamiento, sargento, así que, desgraciadamente, poco podremos disfrutar de tanto confort olvidado.
El hombre de color bajó los ojos e hizo un gesto contrariado.
— La ilustre venida de las tierras asiáticas está más que convencida que su estancia será bastante más larga. -dijo Unnobo lacónico, yendo hacia la puerta- La ofensiva que se avecina necesitará de muchos sacrificios, señores.
Cuando se quedaron solos, que se remontaba a cuando vieron aquella nube de polvo que envolvía al vehículo blindado, Klatus y Rasto intercambiaron impresiones sobre el lugar. Después de mencionar los avances inusitados de aquella comunidad y la afabilidad de las gentes que lo habitaban, tocaron el tema en torno a las últimas palabras del sargento.
— Tengo que decir -comenzó el veterinario- que la líder me ha cautivado y hasta he cambiado de opinión respecto a la misión que nos trajo hasta aquí. Sin embargo, no acabo de entender lo que nos ha dicho el sargento. ¿Quedarnos aquí? ¿A fin de qué? Tendríamos que avisar a los nuestros y votar en consenso nuestra participación en la ofensiva. ¿No crees?
Klatus se fue hasta una pequeña ventana con vistas al patio central del baluarte. Tenía los ojos enrojecidos y deseaba darse una ducha tras mucho tiempo sin hacerlo.
— Sí, claro que lo creo -contestó enigmáticamente, puesto que después hizo una pausa demasiado larga- Pero…..la seguridad de ella…. ¿De dónde emana? Está claro que, dadas las abominables circunstancias, es mejor luchar que quedarse quieto. Pero, no sé, Rasto, me abruman las situaciones extremas, ya me conoces.
El veterinario afirmó con la cabeza.
— Tomemos una buena ducha con agua caliente, amigo mío, que, seguro, nos despejará la mente. -dijo ofreciéndole que pasara primero al aseo- Esto es un lujo que no podemos desperdiciar y que atesoraremos en nuestra memoria.
Una vez limpios, se pusieron las modestas ropas que llevaban en sus mochilas. Afeitados, vestidos con ropa limpia y milagrosamente aseados, se observaron el uno al otro como salidos de una ficción onírica. Pensaron en sus familias en silencio, sentados sobre unas sillas de plástico que imitaban a la madera, al tiempo que miraban el anochecer por la ventana de la habitación. Aunque aquel lugar les ofrecía unas comodidades que ellos creían perdidas, se sentían demasiado distantes de sus familias. Las añoraban y ni siquiera había pasado un día.
— En este tiempo despiadado y habitando esta pobreza extrema, el cariño de los nuestros es nuestra única fe. ¿No te parece, Klatus?
El poeta asintió inmerso en sus pensamientos. Escudriñaba el avance de la noche, se le antojaba que un manto negro iba cubriendo su vida y la del resto de los suyos. Lo achacó a su persistente pesimismo y trató de alejarlo ciñéndose a Bella y a sus hijos nada más. Por la ventana comprobaba un frenético ir y venir de blindados y gente uniformada, incluso le pareció ver cómo se repartían atuendos militares desde un furgón en el que colgaba la bandera que vieron en el vehículo que los recogió. La bandera del FEL, supuso. Aunque tratase de evitarlo, el frenético trasiego le traía malos presagios.
— Almira es más poderosa de lo que creemos, Rasto. Hay algo más.
Dijo como si el pensamiento se le escapase entre los labios.
— Lo dices por las fuerzas externas que les apoyan. No sé, pero podemos preguntárselo yendo a esa cena de despedida que nos prometió. Vamos, poeta, acerquémonos.
Cuando intentaron atravesar el umbral de la puerta del cuarto, un soldado armado salió a impedirles el paso.
— ¡¿Acaso estamos presos?! -gritó malhumorado el veterinario.
— Debo de recibir órdenes de la lideresa, la ilustre venida de las tierras asiáticas, para que ustedes salgan de su habitación.
Antes de que pudieran protestar ante el soldado, el sargento Unnobo apareció en escena. Les sopesó algo apesadumbrado y meneó la cabeza negativamente.
— En el baluarte todo se mueve al son de la ilustre Almira, señores. Hagan caso al soldado y esperen en su cuarto a ser llamados, por favor.
Les dijo con mesura y con su mirada mustia.