Dos hermanos y el estanque de nenúfares (2ª parte)

17 de marzo 2026

Segunda entrega de esta historia que narra el escritor Kabalcanty en la que Hula conversa con el viejo tendero Melquiades sobre los pequeños lujos cotidiano

Cuando el talón de Hula desapareció en el umbral de la tienda del señor Melquiades, ella irguió su espigada figura para dirigirse al mostrador. No era lo que se conoce como una belleza despampanante, pero sus labios elevados (el superior suavemente arqueado y pronunciado en el centro), sus ojos verdosos y su sonrisa franca, ancha, que resaltaba encantadoramente sus pómulos, hacían de ella una mujer que no pasaba desapercibida. Rondaría los cuarenta y cinco años, cuatro por encima de su hermano, y su piel todavía era tersa y de tonalidad saludable.

El viejo Melquiades, sentado en el fondo de la trastienda masticando con dedicación unos garbanzos torraos, siempre se alegraba cuando ella aparecía por los ultramarinos, que era cómo él quería que reconociesen a su comercio, aunque su empeño era francamente infructuoso en aquel barrio. Se incorporó no sin esfuerzo y arrastró los pies hasta el mostrador.

— Buenos días, señor Melquiades -dijo Hula risueña- Me vendría muy bien un poco de aceite.

El tendero se pasó varias veces las manos por el mugriento delantal como hacia siempre que una exigencia del cliente estaba alejada de sus deseos de agradar.

— Mi niña que más quisiera yo -contestó apenado, recolocándose las gafitas de alambre sobre la nariz- ¿Necesitas mucha cantidad?

La mujer negó. Era sólo para acompañar a las judías verdes que comería con su hermano.

— Con un dedal me apañaría. -apuntilló pinzando sus dedos índice y pulgar.

Melquiades movió la cabeza y le hizo un signo de paciencia.

Hula escuchó un trajinar enigmático en la trastienda que culminó con el regreso del tendero con una pequeña botella en la mano. Al trasluz escudriñaba satisfecho el líquido verdoso de la botella como si se tratase de un milagro.

— He exprimido unas cuantas aceitunas picual y mira qué maravilla.

Le dijo gozoso mostrándole la base de la botella.

Apenas había medio dedo de aceite pero a Hula le pareció más que suficiente.

— En estos tiempos que corren y por este sector de la ciudad esto es casi un lujo.

Comentó Melquiades, fijándose en el rostro de la mujer.

— Usted que habrá conocido la abundancia de la zona insigne, nosotros no sabemos de lujos.

La tienda era una disparidad de alimentos enlatados, dulces, cestos, escobas, cubos, en mezcolanza con unas cajas de frutas, legumbres y verduras lánguidas expuestas arriba, abajo, a izquierda o a derecha del mostrador o en repisas vencidas de madera avejentada. Había un olor dulzón que parecía intensificarse cuando se metía la nariz hacia el pasillo que conducía a la trastienda. En un rincón, a uno de los lados del mostrador, se amontonaba un nutrido montón de desperdicios y pelusas fruto de varias y antiguas barreduras al local.

— Apenas recuerdo aquel tiempo, muchacha. Los insignes suelen ser desagradecidos y olvidadizos….Cuando no les sirves, te espurrean.

Dijo el anciano con disgusto al tiempo que le envolvía la botella de aceite en un papel de periódico.

— Pues a mí me gustaría probar suerte allí -agregó Hula, echándose el cabello tras los hombros y entornando los ojos- Tener un trabajo en la zona insigne, uff.

El viejo sonrió bonachón y algo pensativo.

— Ah, la juventud. ¿Y tu hermano? -le preguntó tendiéndole el envoltorio- Sale poco de casa y yo por lo menos hace que no le veo una eternidad.

Ella suspiró pesarosa. Se apoyó sobre el mostrador para acercarse al tendero en un signo de intimidad.

En ese momento dos gatos saltaron casi a la vez sobre el tablero. Dos mininos deslustrados de rabo carcomido que les miraron indolentes. Hula se detuvo para observarlos unos segundos, los justos para que ellos olisquearan su alrededor y se ovillaran perezosos.

— Sigue erre que erre con el estanque de nenúfares -continuó a un par de palmos de la cara del tendero- Me tiene frita. Sólo le apetece salir de casa si el motivo es el estanque.

— Humm -musitó pensativo- Es un asunto serio, Hula. Tal vez, poco a poco, tendrías que convencerle que el lugar está demasiado lejos.

La mujer cabeceó afirmativamente varias veces.

— Y lo hago, pero sigue encabezonado. Le digo que espere porque todo llega, incluso el camino para llegar a ese sitio. ¿Conoce usted a alguien que haya ido y vuelto para contarlo, señor Melquiades?

El tendero volvió a ajustar sus gafas mientras negaba lentamente con la cabeza.

— Casi todos los días se embarcan algunos en dirección a ese lugar pero nunca regresan. Lo cierto, te lo digo desde mi montón de años, es que vivir con esa comezón te arruina. Escucha, en mis tiempos mozos, cuando habitaba la zona insigne, nadie, absolutamente nadie, pensaba ni mencionaba el estanque. En contadas ocasiones, se comentaba que era un cuento de Maricastaña.

Apareció por la puerta de la tienda don Urgilio, el secretario del ministerio. Se detuvo un momento al verles tan confianzudos sobre el mostrador y carraspeó un par de veces para no interrumpir nada.

— ¡Buenos días tengan ustedes! -exclamó jovial, moviendo en círculos su elegante bastón- Me preguntaba si en el colmado del señor Melquiades habría mojicones. Tengo un antojo incontrolable por ese bollo.

Cuando estuvo muy cerca del mostrador, los gatos huyeron emitiendo unos fusss y corriendo hacia la trastienda.

Urgilio era un cincuentón muy pulido. Gastaba bigotillo fino y unas patillas que se enroscaban graciosamente al extremo de su bigote. Llevaba el cabello engominado, pobre sobre la frente, y una sempiterna flor mustia en la solapa de su chaqueta negra. Cuando se topaba con una mujer joven, como pasaba en ese instante, su proverbial galantería se tornaba babosa.

— Un placer saludarla hermosa joven Hula. -dijo inclinándose- Pena que no tenga estudios superiores, de lo contrario tendría un trabajo en mi ministerio. Y mi lado si usted quisiera.

Hula hizo un mohín tratando de sonreír.

El tendero cruzó una rápida mirada con el cliente recién llegado y caviló brevemente.

— Los mojicones que me quedan son algo antiguos -comenzó diciendo con cierto apuro- Necesitará una buena taza de café con leche para ablandarlos. De lo contrario se le atravesarán en la garganta como una espada.

— ¡Equilicuá! Marchando ese conjunto. -exclamó encantado el secretario.

— Pero don Urgilio, este modesto ultramarinos no dispone de máquina de café. Puedo envolverle los mojicones y que los deguste usted en la cafetería Boston.

— Además, allí seguro que encontrará a muchos de sus subordinados.

Hula se dirigió al secretario con marcado retintín.