Devastación (7ª y última parte)

03 de marzo 2026

El escritor Kabalcanty finaliza esta historia con la séptima parte de "Devastación"

Naira cogió entre sus brazos al niño más pequeño de la comunidad. Tendría unos cinco o seis años. Señalaba la misteriosa nave con su dedo índice extendido. La hindú le besó en la mejilla y le apretó contra su pecho. Aunque acuciada por el resquemor, que todos compartían silenciosos, la aparición sideral le procuraba una especie de esperanza de futuro, un mensaje prometedor de un mundo nuevo. Su hermoso perfil tostado se recortaba, en paralelo al del niño, entre el celaje gríseo salpicado de destellos rojizos.

En torno al ex sargento Unnobo se arracimaban los moradores de su agujero sin pestañear. Sintiendo la protección del hombre de color, escudriñaban la quietud del artefacto. Oían atentos el fragor de los motores y dilucidaban peregrinas comunicaciones desde el trajín de las lucecitas exteriores. Unnobo levantó varias veces la mano en señal de saludo sin obtener respuesta desde la nave.

A pesar de que el aire comenzaba a inundarles los pulmones de radiación y a arrasar los ojos de lágrimas, nadie se movía del terreno yermo. Las placas solares, enclavadas en una pequeña loma de tierra reseca, reflejaban la danza de las lucecitas de la nave como un abrir y cerrar de ojillos diminutos y resabiados.

El poeta se había alejado del grupo y estaba sentado sobre una roca muy erosionada. Sentía la dificultad respiratoria y soslayaba la resistencia de los demás moradores. “No duraremos más de un cuarto de hora”, se dijo con convicción, al tiempo que ladeaba la cabeza y volvía a mirar a la nave visitante de pasada. Súbitamente le vino a la memoria su buen amigo Rasto, el veterinario del asentamiento, el hombre que salvaba vidas a diario con el mínimo de medios a su alcance. Un hombre piadoso que confiaba todavía. Le recordó porque (en una imagen que se detuvo en su mente como una figura volátil y a la vez espesa) aglutinó a todos aquellos que escudriñaban el cielo con la estela de su huella. La figura de Rasto concordaba con la de todos.

— Saben que morirán si siguen observándolo y, sin embargo, no dejan de contemplar el espejismo. Están esperanzados.

Como tantas veces, Klatus dejó escapar sus pensamientos.

Él, que tanto esquivó la palabrería, la lucha del hombre por explicar el caos que engendró, poeta que se nutría de las palabras en sus poemas de juventud, despilfarraba esas mismas palabras hacia afuera desde el conciliábulo de su pensamiento. Tal vez sólo deseaba escucharse a sí mismo; la verdad inserta en su interior que tan poco cunde externa.

Fue entonces cuando Klatus perdió toda la curiosidad por la aparición de la nave. Creyó comprender el mensaje de aquel aparato parecido al Halcón Milenario. Sopesó el recado y dedujo su simpleza evadiendo la mirada hacia el cielo. Era cuestión de unos instantes más. El poeta se arrellanó como pudo sobre la piedra y se concentró en las pequeñas cárcavas que se deslizaban desde el antiguo cauce del río Marganza. Una leve sonrisa se pintó en sus labios mientras recorría con sus dedos la cavidad de las diminutas zanjas. Iba hacia delante y hacia atrás como si escribiese algo en sus lechos. Deseaba distraerse porque no quería contemplar nada más.

 

La nave estaba silenciosa. Ningún pasajero, ningún sonido discordante, ninguna evidencia de vida. Sólo se escuchaba un muy leve y armónico bordoneo proveniente de una pantalla en la sala de mando del artefacto. Bajo una panorámica cristalera con vistas al exterior, se alojaba esa máquina de monitor rectangular que delimitaba de forma muy precisa, envuelta entre una serie de guarismos que ascendían y descendían de manera intensa, las figuras de los que miraban la nave desde el suelo. Parecía escanearlos, uno a uno con vehemencia, con la demora necesaria para fijarlos en el guarismo que, de alguna manera recóndita, les nombraba. El aire era fresco, puro, salido de unos conductos que recorrían la nave y que no mejoraban la respiración de nadie. Eso sí, una esfera luminosa y transparente, con una nebulosa fluorescente en su interior que palpitaba como si fuese un corazón, rodaba por la sala de mando deteniéndose unos instantes en algunas localizaciones supuestamente importantes. Llevaba un tiempo considerable parada frente al monitor donde figuraban los habitantes terrestres. El rosetón interior trepidaba más de lo habitual cuando más figuras se numeraban.

Cuando comenzaron a caer desvanecidos los primeros moradores terrestres, la esfera traslúcida rodó bajo el monitor y lanzó un tibio haz de luz violácea que hizo estremecerse a la nave muy sutilmente. El aparato cambiaba de posición con un viraje despacioso que acabó cuando se inclinó ligeramente. Por el ventanal surgió otra perspectiva aunque muy similar. La esfera regresó a su antigua posición y retrocedió como si quisiera coger vista de lo que aparecía tras los cristales. El último en desplomarse fue un hombre negro, un habitante terrestre vetusto que trataba de mandar un saludo con una de sus manos, la cual terminó por abatirse sobre el terreno. Poco después, la nave regresó a su horizontalidad y se introdujo entre las nubes pardas a una velocidad vertiginosa.