8M, Heroínas anónimas

Paloma Castro
08 de marzo 2025

Cada año, por estas fechas, ponemos en valor a mujeres referentes de nuestra historia, cuya lucha supuso un avance hacia una sociedad más igualitaria, ya sea por ser pioneras en sus áreas, por romper límites o líneas rojas o por defender derechos de los que históricamente hemos sido privadas.

Muchos son los nombres que se nos vienen a la cabeza, desde Emilia Pardo Bazán o Clara Campoamor, pasando por Marie Curie, Carme Chacón o Gisèle Pelicot, que representan a una pequeña parte de todas ellas. Pero también es de justicia acordarse de todas aquellas que, a pesar de no conseguir ningún hito internacionalmente relevante, deben formar parte de nuestros referentes por su fuerza y valentía.

Hoy, celebrando el 8M, va para ellas mi pequeño homenaje, y en concreto, para una mujer que conocí hace ya muchos años y que también dejó huella en el pequeño universo que la rodeaba.

Una mujer muy joven que, hace ya 45 años, eligió Pontevedra como lugar para criar ella sola a sus 3 hijos, sin ayuda de nadie, compaginando la crianza con su trabajo en el ámbito sanitario de turnos de 8 horas, y haciendo (imagino) malabares, para que a ellos nunca les faltara de nada. Malabares o milagros!

Echando la vista atrás y ahora que soy consciente de lo que cuesta sobrellevar la carga mental y física que supone el trabajo profesional diario, la crianza de los hijos, la economía familiar y el bienestar personal, crece mi admiración a personas como ella, porque a pesar de que su vida no fue fácil, siempre la afrontaba y nunca perdía la sonrisa ni las ganas de disfrutarla.

Nunca le importó que su casa se llenara los fines de semana de adolescentes que hacíamos de su salón el lugar de reunión para compartir risas, hacer algún disfraz, intercambiarnos la ropa o convertir en pitillo algún pantalón vaquero.

Acompañó a cada uno de sus hijos en todas sus etapas, siendo su principal apoyo en los momentos más difíciles y consiguiendo que no les faltara de nada. Creó una gran familia de la que puede estar súper orgullosa, porque deja un maravilloso legado.

Y en el mejor momento, cuando por fin se disponía a disfrutar de lo cosechado, de su jubilación y de sus nietas, el destino, tantas veces injusto, le puso otra piedra en el camino. Fueron cuatro años de lucha contra una enfermedad que no da tregua y que finalmente se salió con la suya, provocando que el pasado viernes nos tuviéramos que despedir de ella, justo la víspera de carnaval, una de sus fiestas favoritas.

Pero en nuestros recuerdos permanecerá siempre esa voz ronca con acento vallisoletano que nos enseñó que, a pesar de que la vida puede ser dura, siempre hay que disfrutarla.

Mi 8M va hoy por ti, Belén, y por todas las mujeres anónimas que con su esfuerzo diario van construyendo referentes.