La pérdida de dos agentes del Servicio Marítimo de la Guardia Civil, Jerónimo y Germán, cuan perseguían una narcolancha en aguas de Huelva, no es solo una noticia trágica; es un recordatorio del costo humano que supone mantener la seguridad en nuestras costas. Sin embargo, en días recientes, hemos visto cómo este sacrificio es analizado bajo una lupa que, pretendiendo ser «imparcial», termina resultando hiriente para quienes visten el uniforme y para sus familias.
El riesgo como vocación
A diferencia de una persecución en carretera por una infracción administrativa, la lucha contra el narcotráfico en el mar sitúa a los agentes frente a una amenaza criminal que no respeta leyes ni vidas humanas. Los compañeros no se lanzaron al límite por una cuestión de azar:
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Protección ciudadana: Su objetivo era retirar de las costas un alijo de droga que, de haber llegado a su destino, habría segado incontables vidas.
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Entrega absoluta: En ese momento crítico, no se piensa en el riesgo personal, sino en el cumplimiento del deber hacia los ciudadanos.
Respuesta a una visión «desconcertada»
En un artículo de opinión que pude leer en un periódico de ámbito autonómico, la autora sugiere que este trágico siniestro se debió simplemente a un «error humano» o a un «fallo de los conductores», especulando incluso con que pudieran estar cansados.
Resulta doloroso que alguien que presume de «fama de persona rigurosa e imparcial» cierre una reflexión sobre la muerte de dos servidores públicos con una frase tan desoladora:
«As lanchas chocaron entre si e os narcos marcharon tan contentos. A vida, ás veces, é así de p....».
Reducir la muerte de Jerónimo y Germán a un choque fortuito donde los criminales «se van contentos» ignora la esencia del servicio de protección y seguridad ciudadana en una emergencia. No fue el cansancio lo que los llevó allí; fue el compromiso de poner fuera de circulación el veneno que destruye nuestras comunidades.
Honor y Gratitud
La vida no es simplemente «así de dura» por azar. Es dura porque hay hombres y mujeres dispuestos a ponerse en el camino del peligro para que los demás no tengan que hacerlo.
Jerónimo y Germán no cometieron un «error»; cumplieron con su deber hasta las últimas consecuencias.
Debemos a sus familias, y a todos los miembros del Servicio Marítimo de la Guardia Civil, algo más que un encogimiento de hombros literario. Les debemos el reconocimiento de que su trabajo es el escudo que nos protege, y que su pérdida es una herida en el corazón de toda la sociedad.
Descansen en paz compañeros. Honor y gratitud, siempre.