La cultura como tratamiento

04 de xullo 2026

Miguel Mora Morandeira analiza el arte como refugio ante el sufrimiento humano, contrastándolo con el uso de la hegemonía cultural como herramienta de control y manipulación social

Habría que empezar por definir qué es la cultura, en qué consiste. Pero es muy difícil encontrar una definición adecuada de la misma. Hay lenguaje, normas, sistema de valores… pero además incluye las artes, la manera de vivir. Y existen grupos humanos que tienen conocimientos o normas culturales diferentes, muy distintos en ocasiones. Se transmite de generación en generación y las religiones aportan también esas normas y creencias que condicionan, a veces, toda una vida. Sin olvidar la cultura material: la arquitectura, la manera de vestir, los objetos físicos. E indudablemente, hay que insistir: el arte.

La Organización Mundial de la Salud en 2019 objetivaba de alguna manera que la música, las artes visuales y escénicas, reducen el estrés, mejoran el bienestar y alivian algunos síntomas de la depresión. Hay médicos que prescriben visitas a museos o ir al teatro. He asistido recientemente a dos representaciones teatrales magníficas, una titulada "Escenas de la vida conyugal", adaptación de una obra de Ingmar Bergman con interpretación fuera de lo común de Andrea Pietra y Ricardo Darín y otra de "Moura Teatro" titulada "Pronóstico reservado". Esta última teatro aficionado, itinerante y gratuito. Seguramente, desde el punto de vista del propio tratamiento de los actores, de su mejoría psicológica en la preparación y representación, los dos casos son distintos. Pero las podemos englobar en ese poder de la cultura, el teatro en esta circunstancia, para mejorar al espectador y también a los actores. Bergman, en su cine y también en esta obra, estaba en una situación de sufrimiento, de afectación de su estado de ánimo. Constatando que artistas (en cualquier ámbito) y escritores son más propensos a sufrir estados de ánimos. Existen al parecer estudios que aseguran que hasta el 50% de escritores y artistas experimentan en algún momento de su vida estados de depresión importante. Y que ese dolor, ese vacío ha constituido a lo largo de la historia el motor de sus obras. Diríase que las personas más sensibles tienen más creatividad y son más proclives a la depresión. Para el eminente psiquiatra suizo Carl Jung la depresión, aún más que un mero trastorno, constituiría una especie de señal de que la psique exigiría una transformación. Freud llamó a la depresión, melancolía. No sólo es tristeza sino una reacción ante una pérdida. Aquí, a diferencia del duelo normal, la persona no solo pierde a un ser querido o un ideal, más bien experimenta inconscientemente un conflicto donde las personas nos convertiríamos en nuestro propio agresor. El excelente psiquiatra y profesor vallisoletano Fernando Colina en su libro "La belleza de la locura" asegura que la belleza está en la dignidad y profundidad y que la locura no cura ni empeora como un medicamento sino que actúa como un marco de valores, de significados y prejuicios que da forma al sufrimiento.

La religión católica a lo largo de los siglos nos ha transmitido – incluso inoculado – en muchas ocasiones conceptos culturales que, para los creyentes, han podido ser al mismo tiempo sanadores y conservadores a base de divulgarlos a "sangre y fuego" , aunque estudiosos de Mateo, el evangelista, aseveran que según él, Jesucristo abordó el sufrimiento y que él mismo experimentó tristeza y angustia: es fácil comprender que sí , teniendo en cuenta que fue perseguido y ajusticiado como un rebelde.

El hecho de que, a lo largo de los siglos, se hayan conservado obras maestras de la arquitectura, la pintura, la música y recientemente de la imagen a través del cine, nos permite seguir disfrutando de J. S. Bach o de "La Nouvelle vague". Y pronto, las nuevas tecnologías harán que desde una butaca o unas gradas disfrutemos de recitales de Leonard Cohen (y tantos otros) como si estuviesen vivos. La literatura no nos transmite más imagen que la que nosotros recreamos a través de nuestra lectura como individuos. Nos dice, por lo tanto – al representarlas con nuestra particular psique- cosas distintas a cada uno. Algo formidable, pues.

Para Emil Cioran el escritor que no está loco es casi un tipo de segundo orden. Y un psicoanalista neoyorquino dijo un día a Luis Buñuel que su cine era propio de un enfermo y algún psiquiatra destacado manifiesta que la psiquiatría era de poca ayuda para comprender la naturaleza humana, dándole la razón a Barthes cuando opinaba que la literatura contiene todos los saberes y ayudaba mejor que la psiquiatría a entender la naturaleza humana.

En estos tiempos que corren Antonio Gramsci resulta más actual que nadie cuando manifestaba que todos los hombres son intelectuales. Y su concepto de hegemonía cultural demoledoramente cierto, nunca como hasta ahora la clase dominante mantiene el poder no solo con la fuerza sino a través del consenso manipulando la cultura, la educación y los valores para imponer su visión del mundo. ¿Cómo si no explicarse que los explotados voten a sus explotadores? A ello también contribuye que ( hay excepciones , claro que sí ) puedan existir famosos intelectuales y divulgadores muy promocionados que no han leído a Carlos Marx.