Cansa ver cómo cambian los gobiernos, cambian las caras... pero los escándalos siguen apareciendo. Da igual quién esté al mando. Siempre hay un caso nuevo, un titular más, una explicación que no convence.
Durante décadas, los dos grandes partidos que han gobernado España, PSOE y PP, han acumulado casos de corrupción política, financiera y administrativa. Y mientras se culpan unos a otros, los ciudadanos seguimos viendo lo mismo: nada cambia de verdad.
Preguntar "¿quién ha robado más?" no sirve. Es perder el tiempo. Los unos recuerdan los casos del otro. Los otros devuelven el golpe. Y así seguimos, atrapados en un ciclo que desgasta la confianza de todos.
Mientras tanto, uno se pregunta cosas muy simples:
¿Es normal que entren sacos de dinero en la sede de un partido y que nadie actúe de verdad?
¿Es normal que las explicaciones siempre estén, pero las responsabilidades nunca?
En Galicia decimos, con retranca, "haber, hainas". Y con la corrupción pasa igual: todos saben que está ahí, aunque muchos miren para otro lado.
Los hechos son contundentes: según un estudio de la Universidad de Gotemburgo, elaborado con 4.000 expertos en el marco del proyecto V-Dem, la corrupción del Ejecutivo español alcanza su peor nivel desde 1977, situando a nuestro país en el peor lugar de toda la democracia en este índice. No son percepciones, son datos: el Gobierno está marcando récords... y no para bien.
Casos como Filesa, los GAL o los ERE de Andalucía, por un lado, y Gürtel, Bárcenas o la Púnica, por otro, no son cuentos ni teorías: son hechos. Y sus consecuencias son reales.
Y lo peor no es lo que pasó. Es lo que pasa después: explicaciones a medias, silencios, responsabilidades que se diluyen... y todo sigue como si nada.
Como decía Montesquieu: "Todo hombre que tiene poder se inclina a abusar de él".
Y, viendo lo que llevamos años viendo en España, no parece que fuera un mal consejo.
Gobernar no es aguantar en el cargo. Gobernar es hacer las cosas bien. No con palabras. Con hechos. Mientras eso no pase, el mensaje es claro: aquí se puede fallar y no pasa nada.
Eso no es política. Eso es impunidad. Y la impunidad tiene un coste.
No solo en dinero. En confianza.
Y cuando un país pierde la confianza en quienes lo gobiernan, pierde mucho más que elecciones: pierde futuro.