El malvado Ruano

16 de xullo 2014
Actualizado: 18 de xuño 2024

Un lugar común dice que con buenas intenciones no se puede hacer buena literatura. El arte al parecer exige ser algo canallesco. Si fuera así, aunque a mí me parece una tontería ese "malditismo", nadie gana a César González-Ruano en el panorama peninsular. La mala fama le acompañaba ya cuando vivía (murió en 1965) e incluso sirvió luego para dorar el mito. Pero después de leer la biografía que le han dedicado Rosa Sala y Plàcid Garcia-Planas (El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado, Anagrama 2014), el asco que produce es irreprimible. Vendió su pluma a los nazis, a los fascistas italianos, despreciaba a Franco "por judío" y saqueó todo lo que pudo a los judíos atrapados en el París ocupado por los alemanes, e incluso pudo venderles falsos salvoconductos que los debían llevar a la frontera española, aunque acababan con un tiro en la espalda en los Pirineos para robarles lo que llevaban en su huida.

Todo le valía para mantener su aristocrática vida y sus pretensiones de falso marqués de Cagigal a este corresponsal de ABC y otros diarios que mereció incluso el desprecio de los nazis y de los fascistas. Su vileza era también demasiada para ellos. Y sin embargo, hasta hace unos días uno de los premios más importantes de periodismo en España llevaba su nombre y era el más generoso en dinero de todos: 30.000 euros a la columna premiada. Lo financiaba la Fundación Mapfre, que solo ahora, tras la salida del libro y después de haber negado a los autores de la biografía sus archivos para la investigación, ha decidido retirar el nombre del escritor madrileño al premio. Pero aún puedes pasearte por una calle Ruano en Madrid o Cuenca, y es posible que hasta en alguna ciudad más, y no me extrañaría que lleve su nombre algún instituto o colegio.

Algo así sería inconcebible, por ejemplo, en Francia: ninguna calle ni premio literario ni reconocimiento público lleva el nombre de Louis-Ferdinand Céline, el antisemita y colaborador con los nazis, aun siendo un hombre de un talento inmenso que mantenía un compromiso profundo con lo que escribía, a diferencia de Ruano, como dijo hace unos días Antonio Muñoz Molina en su columna de Babelia. Y eso es lo que más cuesta de entender: ¿por qué aquí somos incapaces de ponernos de acuerdo sobre lo que merece reconocimiento ciudadano y lo que no?

Como escritor, a algunos Ruano les puede parecer magnífico: tiene esa prosa hinchada que en España siempre ha contado con admiradores y que no pocos columnistas han imitado o intentado secundar. Incluso hoy es posible seguir su rastro en esos autores que se jactan de levantarse la crónica o lo que sea solo con la pluma, sin contenido, a base de artificios y descalificaciones. Allá ellos. Afortunadamente también hay de los otros. Y en el libro dedicado a Ruano aparece un magnífico ejemplo: Bermúdez Cañete, el corresponsal en Berlín del diario derechista El Debate. Estaba no menos intoxicado por la ideología nazi que Ruano y el régimen alemán lo consideraba un "amigo", hasta que la bárbara realidad se fue imponiendo a sus ojos y de allí la trasladó a sus crónicas; acabó siendo expulsado. Era un derechista atrapado en un tiempo extremo, y su ideología tiene que ser repudiada sin miramientos, pero él no: reaccionó como un hombre decente. Algo que de ninguna manera se puede decir de Ruano.

Pero aquí, lamentablemente, seguimos confundiendo las obras y los días. Las obras están ahí, para ser valoradas, y el tiempo sin duda ayuda a mirarlas con menos crispación y mayor objetividad. Pero los días, la vida, son otra cosa. En eso el tamiz de la historia debería ser implacable.