Cuando se necesita a las masas desfavorecidas para adoctrinarlas ideológicamente

24 de abril 2026

Gustavo Olmedo analiza cómo individuos con posturas radicales manipulan y adoctrinan a las masas más vulnerables, utilizando el resentimiento, el populismo y la ideología para polarizar la sociedad

Los individuos resentidos utilizan a los débiles y vulnerables para defender, los primeros, sus posiciones radicales, insultando y no respetando a aquellos que, en una situación socioeconómica distinta, no piensan como ellos, para adoctrinar con su ideología radical a la parte de la sociedad más débil, con el único fin de lapidar las posiciones moderadas que, desde la izquierda o la derecha, con sus distintos matices y corrientes, son las que de forma mayoritaria gobernaron en los países occidentales y democráticos. Estos países, aunque incluyeron injusticias y desigualdades, consiguieron mejorías en la calidad de vida de la cual actualmente disfrutamos los europeos, a pesar de la actual situación geopolítica internacional y de los defectos de los sistemas democráticos.

Lo que está muy claro a día de hoy es que las naciones con un mayor nivel de desarrollo económico, cultural y menos desigualdades serían los países occidentales, mientras que aquellos sistemas políticos excesivamente ideologizados y con falta de libertades solo conllevan a la pobreza y al exilio de una parte importante de su población, no así sus dirigentes y sus partidarios, que utilizan las consignas consabidas como un viejo instrumento de propaganda —y nada novedoso—, en donde el individuo con posiciones radicales bebe de este y único caladero que tiene, utilizando a la vez la justicia social como recurso, no sin razón, eso sí, para reafirmarse en sí mismo.

No hay por qué tener una postura política determinada, pero los países con una democracia plena hacen que sus sociedades sean más participativas y plurales. China es un claro ejemplo atípico, que no de libertades, de la confluencia de dos sistemas: por un lado, una autocracia, y por el otro, una economía de mercado, pero occidental, y que podría estar cerca, en un futuro no muy lejano, de darle el sorpasso a los Estados Unidos.

Las posiciones radicales siempre existirán, pero son una minoría, ya que las poblaciones en su mayoría quieren un bienestar y una calidad de vida dentro de sistemas políticos estables y democráticos. No es ideología, es supervivencia, y los exilios masivos de ciudadanos de aquellos países sin libertades son un claro ejemplo de ello. Una cifra lo dice todo: en el área metropolitana de Miami-Fort Lauderdale, en el Estado de Florida, hay entre unos 900.000 y un millón de cubanos.

La Corea del Norte de Kim Jong-un o la Nicaragua de Daniel Ortega son una muestra de un populismo engañoso dirigido a unas masas y unas estructuras sociales débiles, en donde el trabajo gregario de la hormiga es santo y seña, populismo del que también se nutre Donald Trump —aquí hay para todos— en una sociedad, la estadounidense, eso sí, muy distinta a las anteriormente citadas. Utiliza su presidente al americano medio y blanco, el cual ve la inmigración como una amenaza, y cuyo apoyo electoral obtuvo de ambos sectores sociales para llegar a la Casa Blanca, con todas las consecuencias que ha traído a nivel geopolítico y mundial.

Muchas veces, no siempre, las personas con posiciones radicales o populistas alimentan todo lo contrario de aquello que persiguen, que sería la justicia social, fomentando el odio y el resentimiento incluso entre aquellas clases populares que dicen defender.

Las políticas sociales, en las que los sindicatos juegan un papel muy importante, los ecologistas o las organizaciones no gubernamentales, son el mejor ejemplo a seguir, pero sin radicalismos, en la defensa de los más desfavorecidos, y que estos no se sientan engañados ni utilizados, con el único fin de que aquellos otros vuelquen sus extremismos ideológicos y frustraciones hacia aquella parte de la población más vulnerable, pero más sana mentalmente. Defienden estas organizaciones anteriormente citadas, de manera clara, eso sí, los derechos de las gentes más necesitadas, pero sin resentimientos ideológicos, los cuales históricamente siempre acabaron en conflictos sociales o guerras, como así ocurrió en Europa a lo largo del siglo XX.

Cualquier tipo de ideología debe ser una elección individual, y nunca una imposición mediante el adoctrinamiento, venga de donde venga.