Ni tanto ni tan poco. Una mañana de recuerdos en el Valle Inclán

11 de xullo 2025
Actualizado: 17:56

Los niños de mi generación teníamos diez años y nos enfrentábamos a pruebas duras, sí, pero lo hacíamos con la naturalidad de quien no conoce otra cosa. Hoy los niños viven otros retos

Hoy por la mañana, con esa calma que regalan los días de verano en Pontevedra, me detuve frente al Instituto Valle Inclán. No era la primera vez que pasaba por allí, claro está. Después de más de 60 años viviendo en esta ciudad, ya casi no me queda rincón que no tenga una historia o un recuerdo asociado. Pero algo me hizo pararme. Tal vez la reciente rehabilitación del edificio, tal vez la luz de la mañana. El caso es que me quedé observando, como si el tiempo se hubiese detenido un momento.

Entré. No pude ver el interior completo porque no había nadie que me autorizara a recorrerlo, pero logré llegar hasta las escalinatas que suben al salón de actos. Allí fue donde, hace casi 60 años, hice la prueba de Ingreso al Bachillerato. Y en ese instante, fue como si las paredes me hablaran.

Corría el año 1965. Tenía diez años y, aunque vivía en Riaño (León), una grave enfermedad de mi padre nos trajo a Pontevedra. Fue aquí donde me presenté, casi por azar del destino, a unas pruebas exigentes y formales, de esas que no solo te miden en conocimientos, sino también en entereza. A pesar de las dificultades personales y familiares, logré superarlas con la ayuda inestimable de mis primas, quienes se volcaron conmigo con una dedicación que aún hoy me conmueve.

No estaba bien preparado. La situación familiar había golpeado fuerte y mi rendimiento escolar se había resentido. Pero mis primas no lo dudaron: me ayudaron, me guiaron, se volcaron conmigo. Y gracias a ellas, en poco tiempo logré ponerme al día y presentarme al examen.

Recuerdo muchas cosas de aquella prueba. Algunas imágenes están borrosas, claro, pero otras siguen nítidas: el tribunal, serio, imponente; el sacerdote que nos hacía las preguntas de religión; el mapa mudo de la Península que teníamos que señalar con un puntero; los dictados, los análisis gramaticales, los problemas de matemáticas, las raíces cuadradas... Y también recuerdo el orgullo y el alivio de haber aprobado.

Por desgracia, la alegría no duró mucho. Mi padre falleció meses después. Pero ese día, ese examen, fue un punto de inflexión para mí. No solo desde lo académico, sino también como persona. Porque aprendí algo que sigue vigente: que uno puede salir adelante incluso en las circunstancias más difíciles, siempre que haya manos tendidas alrededor.

Y hoy, al mirar hacia atrás, no pretendo decir que antes todo era mejor. Ni mucho menos. Cada época tiene lo suyo. Los niños de mi generación teníamos diez años y nos enfrentábamos a pruebas duras, sí, pero lo hacíamos con la naturalidad de quien no conoce otra cosa. Hoy los niños viven otros retos. Distintos, no menores.

No soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero tampoco creo que todo lo anterior deba ser descartado. Las vivencias nos forman, nos enseñan, nos conectan. Y esta mañana, al volver por un rato a ese Instituto que tanto me marcó, me di cuenta de que, aunque muchas cosas han cambiado, hay otras que siguen intactas: el valor del esfuerzo, la importancia de la educación y el poder de la memoria.

Así que me quedo con una reflexión sencilla, pero sincera: ni tanto ni tan poco. Solo lo justo: memoria sin rencor, presente sin prejuicios y un profundo respeto por todo lo que nos ha traído hasta aquí.