Un sol inclemente caía sobre la hilera de personas como el azote bíblico de un dios que dormitaba custodiando un mundo desigual. Ancianos, niños y mujeres caminaban despaciosos sobre la tierra quebrada por la sequedad. Les cubría un firmamento azulino y rutilante que parecía infinito en lontananza y losa insufrible sobre ellos. Las mujeres, con los rostros cubiertos por velos opacos, dejaban entrever una franja a la altura de los ojos esculpida con estrías prematuras que contaban de una existencia dura, ajena a cualquier comodidad. Cargaban algunas, en un atadillo a la espalda, bebés lloriqueantes y famélicos, bañados en mocos resecos y con los ojos muy abiertos anhelantes de algo que jamás hallaban. Los niños, arrastrando los pies como si llevaran cadenas, hacían visera con sus manos para escudriñar la silueta de algún poblado o asentamiento donde poder comer pasta de arroz o mondas de patatas cocidas; no correteaban, ni reían porque su deseo de jugar estaba atrofiado en un pasado remoto que no recordaban. Unos y otros, jóvenes y menos jóvenes, huían de una guerra que asolaba el país desde hacía más de cinco años. La facción revolucionaria que tenía en jaque a las fuerzas gubernamentales prometía al pueblo lo mismo que tiempo atrás prometió el oligarca que detentaba el poder. Las promesas se repetían y quedaban aparcadas cuando el gobierno de turno alcanzaba el poder. Islámicos, tribales, comunistas o prooccidentales se convertían en gobiernos omnipotentes y despiadados una vez que habitaban el Palacio Presidencial. En un islote quedaban los clérigos, los elegidos para difundir la palabra de Dios, que solían adaptarse al gobierno de turno, al igual que a su Dios, y predicar de manera plácida y siempre de espaldas a las necesidades y atropellos que vivía el pueblo llano. Estaban solos y lo peor es que ellos lo sabían.
Gerdy se detuvo en lo alto del promontorio después de alzar la mano para detener la marcha de la recua. Su rostro sarmentoso se tensó divisando una lejanía que reverberaba inconsistente. Tenía los ojos con una pincelada verdosa rodeados de una blancura amarillenta. Su edad era indescifrable: si tenias en cuenta la sinuosidad de su piel era un anciano, sin embargo su planta erguida y sus músculos nervudos, que se marcaban aún por debajo de sus ropajes, te decían que era un hombre de mediana edad. Llevaba casi una década llevando personas a las ciudades costeras que huían de las endémicas guerras, gentes con todo perdido, desheredados, desplazados de su vida mísera hacia existencia peor.
— ¿Qué ves de esperanzador?
Le preguntó Alban, una especie de anacoreta muy anciano que llevaba atado a un lado de su cuerpo un grueso libro de pastas áureas muy gastadas.
— Pasaremos la noche allí abajo, junto a la arboleda del arroyo seco.
Contestó secamente Gerdy sin mirarle.
— Algunas mujeres ancianas puede que no lleguen, Gerdy. Llevamos caminando sin parar desde que salimos de la ciudad.
Un soplo ocasional de viento sofocante removió las barbas de los hombres. Detrás de ellos, el murmullo del grupo se fue volviendo un lamento.
— Esas mujeres nunca llegaran a la costa, viejo Alban -dijo Gerdy soslayando la cadera del otro- Nunca todos los que salimos de la ciudad llegamos a ver el mar.
— ¿Y si descansásemos aquí mismo? Es un buen lugar. Mira, acamparíamos al amparo de esas rocas.
Gerdy trazó un amago de sonrisa que descubrió unos dientes albos, casi deslumbrantes en la tez de su piel curtida.
— ¿No nombra el mejor lugar para instalarse tu libro sagrado?
Alban levantó sus ojos y movió los labios sin decir nada.
— ¡Sigamos, tenemos que llegar abajo! ¡En pie todos!
Gritó el guía alzando su knobkerrie y dando un paso adelante.
Se escuchó un quejido compartido pero todos reanudaron la marcha.
No habrían descendido una hora cuando Karelle se acercó urgida a Gerdy. Cargaba un infante a la espalda y una especie de colchón deshilachado.
— Debemos detenernos, tutor Gerdy. Mi madre apenas puede tenerse en pie.
Dijo apremiada, tirando de la manga del guía.
Él desvió su mirada hacia la mujer y apretó los labios en una mueca característica.
— Debemos seguir, mujer. Si los piratas nos asaltaran en la bajada caeríamos todos. Ya os advertí que los ancianos tienen muchas dificultades para completar la ruta.
Karelle se colocó de costado mostrándole el bebé a sus espaldas.
— ¿Le dejarás sin su abuela? -dijo, sin poder ocultar su irritación- Bastante familia dejamos atrás, tutor Gerdy, como para perder más.
El grupo bajaba la pendiente agarrándose algunos a los matojos que delimitaban el sendero. Sus frentes sudorosas y sus ojos clavados en la tierra reseca sin querer escudriñar el dudoso horizonte.
— Sigamos hasta la planicie.
Musitó Gerdy hincando su knobkerrie en el siguiente paso.
La mujer regresó hasta el lugar donde se hallaba su madre. Tenía apoyada la espalda sobre una roca monumental respirando con dificultad y con los parpados entornados.
— No parará, madre.
Los otros dos hijos de Karelle fueron hasta las mujeres y las observaron silenciosos.
— Seguid vosotros, hija. De todas formas ¿en qué lugar encontraría acomodo una vieja como yo? Hazme caso, continuad. Este es un buen sitio para que me acoja Dios.
Una bandada de cigüeñas marabú barrió el cielo y la mayoría del grupo elevó los ojos protegiéndose con una mano del sol. Emigraban hacia la costa, posiblemente hacia los enormes vertederos que poseían las empresas de reciclaje europeas y norteamericanas.
Karelle arracimó a sus hijos en derredor de sus faldas y les volvió la cabeza para que no vieran la soledad mortal en la que dejaban a su abuela.
— ¿Se queda sola la abuela? -dijo la niña sorbiendo un conglomerado de mucosidad.
La mujer no contestó, ni siquiera volvió la mirada hacia su madre. Caminaron más deprisa hasta alcanzar la cola del grupo. Cuando alcanzaran la llanura estaría en declive la tarde.