Desplazados (2ª parte)

07 de xullo 2026

Un guía y un anciano interpretan señales celestiales en un campamento de desplazados, donde visiones familiares y profecías culminan en una advertencia contra el rumbo al noroeste

A medida que oscurecía, el calorazo diurno se convertía en viento zumbón y gélido. Eran los primeros días de primavera pero las noches seguían siendo invernales. Comieron algo, los niños sobre todo, y luego se fueron juntando por familiaridad en una especie de comuna, arracimándose sobre unos maltrechos colchones y cubriéndose con unas deshilachadas mantas. Los pocos que viajaban solos, como el anciano Alban, se embutían en una tela tosca. Todos se cubrían las cabezas y sólo la lucecita de la pantalla de algún teléfono móvil destacaba en la profunda oscuridad de la planicie.

Gerdy se apoyaba en el tronco de una acacia. Su copa plana y extensa se ondulaba con el viento frío. El guía fumaba en su pipa las hierbas que le compraba a la vieja Maguy. Todas las noches lo hacía con el fin de acoger el sueño en su plenitud. De lo contrario, su mente no paraba de dar vueltas y más vueltas y recordar una y mil veces la familia que perdió cuatro años antes. Era lo peor de la vida de Gerdy y que jamás contaba a nadie. Era su tesoro secreto y su secreta tortura. Su mujer y sus dos hijos varones muertos por un misil de guerra. Sólo las hierbas de la vieja Maguy le permitían descansar hasta la siguiente jornada. Fumaba con caladas profundas, sentidas, concentrando su vigor para negar todos los espectros del sueño.

Al escuchar un arrastrar de pies, irguió la cabeza y se mantuvo en guardia hasta que reconoció la figura que se le acercaba. La sombra se difuminó cuando se adentró bajo la plataforma de la acacia.

— ¿Qué mierdas haces levantado, viejo Alban? Mañana te quejarás de la marcha y de tus huesos raídos.

Dijo el guía, saliendo a la espalda del anciano.

Alban le hizo una seña para que se sentara bajo el árbol de cara al firmamento.

— Hay que dormir. -indicó Gerdy con tono autoritario.

El viejo señaló el cielo, mientras los dos hombres se sentaban, e hizo una advertencia de silencio llevándose el dedo índice a los labios.

— Hace cuatro noches acaeció la noche pétrea, ¿recuerdas? -dijo Alban susurrando.

— Claro. El eclipse de luna.

— Pues bien. Según el profeta a la noche íntegra tres mil quinientos treinta y cinco lucirá el camino de la salvación marcado en las estrellas. Lucirá sólo para los elegidos porque sólo los elegidos sabrán dilucidarlo. Si he venido en este viaje es sólo para descifrar esto, créeme.

Gerdy lo escuchó atento, escudriñando el cielo como si se tratase de una pizarra luminosa repleta de claves. Tras ese breve lapsus al guía le sobrevino una ráfaga de irritación.

— ¡Qué podrida invención me cuentas, viejo loco! ¡Seguro que eso lo sacas del libraco que acarreas como si fuese una parte de tu cuerpo! Anda a dormir y déjate de cuentos. Y ni se te ocurra despertar a nadie con tus chismes.

Alban se mesó la barba y le clavó sus ojos carbón.

— Mira tan sólo un minuto al cielo, te pido un minuto sólo Gerdy.

El guía hizo intención de incorporarse, pero el anciano lo sujetó con mano firme y le indico el lienzo celeste.

— ¡Un minuto! ¡Uno! –le dijo Gerdy enfurecido, sacando el móvil de su descolorido dashiki- Después todos a dormir y te juro que te llevaré a rastras si no lo haces.

El firmamento era una bóveda diáfana e inmensa repleta de luminosidades intermitentes. Las estrellas titilaban de forma que parecían diminutos botones flotando sobre sus cabezas, inalcanzables y asequibles a la vez. Su luz pálida bañaba la lejanía y el campamento como si lo distante y lo cercano fuesen una senda por la que poder discurrir. A pesar de la lógica que le pesaba a Gerdy, todo parecía acorde para la observación detallada y la introspección más profunda. El silencio sobrecogedor, sólo roto por el ocasional silbido de los pájaros escardadores ocultos entre las cinco acacias que bordeaban un arroyo desecado, y la losa colosal del firmamento cobijándoles en un núcleo privilegiado, hacían del momento una unidad que, inconscientemente, te atrapaba. Cuando el guía sintió el estremecimiento del anciano, no pudo quitar los ojos del cielo por más que el minuto tocó a su fin.

Ninguno dijo nada, sólo escudriñando el cielo comenzaron a presentir un mensaje que se configuraba insólito frente a ellos. El guía, que trató de regresar a la realidad tras un parpadeo y una mirada henchida de perplejidad hacia el asceta, volvió a quedarse petrificado al escuchar el eco de la voz de su mujer. Pequeña, reconocible y luminosa, como una de las miles de estrellas del cielo, su perdida esposa le hablaba con dulzura. No entendía su mensaje, confuso por lejano, sin embargo le embargó una emoción incontenible, que le provocaron unas lágrimas que jamás había derramado, al ver a su lado a sus dos hijos varones. Todos sonreían y agitaban sus manitas como si le indicaran el camino para encontrarse con ellos.

— Esto no puede ser cierto, viejo Alban. -musitó, preso de un arrobo que le mantenía tan expectante como desubicado.

El santón dibujó una amplia sonrisa que sobresalió de su barba, pero no habló sino que indicó, extendiendo su dedo índice con potestad, un lugar entre las estrellas.

Gerdy alargó el cuello queriendo descifrar la indicación del anciano, mientras su malograda familia seguía llamándole. Flotaban en el firmamento y, por momentos, se perdían, confundidos entre las colas de meteoros, y volvían a aparecer antojadizamente en otra ubicación del firmamento.

— ¿No aprecio nada, viejo Alban, excepto a mi desaparecida familia y esos destellos fugaces?

— Nos señalan el camino a seguir, Gerdy -dijo el anciano con voz calma y los ojos desorbitados- Todo está claro, tal y como anunció el profeta en el libro sagrado. Si tú no lo descifras, yo lo haré por todos nosotros.

El guía escrutó la figura encorvada del anciano y comprobó su éxtasis en su fogosa mirada al cielo. Su quietud imponía y su sombra parecía agrandada como si fuese la de un gigante. Fue entonces cuando de la boca del anacoreta salió un murmullo apenas audible e incognoscible a la vez que se incorporaba con sorprendente agilidad y abría los brazos sin quitar la vista del cielo. La salmodia apenas duró un minuto. Después, como si regresara de un viaje mayúsculo, regresó a su figura mermada pero grabada en su rostro una mueca de felicidad plena.

— ¿Qué has visto, viejo? -le preguntó Gerdy, levantándose e interponiéndose en su camino.

El anciano respondió conciso, sin detener su dirección hacia el campamento.

— Está al noroeste, en la ciudad portuaria.

Contestó con irrevocable clarividencia.

Acto seguido, elevó los brazos y comenzó a gritar: ¡Aleluya, aleluya, somos los elegidos para habitar el vergel sagrado! ¡Despertad, benditos, porque el profeta nos ha elegido!

El guía no tuvo tiempo de reaccionar. Aferrado al tronco de la acacia, cautivo de un sueño profundo, fue cayendo hasta el árido suelo. En la antesala de ese sueño penetrante farfulló: Nunca al noroeste.