Aquella noche nadie durmió. Nadie menos Gerdy que cayó en el sueño más profundo que jamás recordaba fomentado tanto por las hierbas de la vieja Maguy como por las visiones celestiales de la madrugada. Al despertar comprobó que el campamento vivía una euforia desenfrenada en la que todos, niños, ancianos, mujeres y jóvenes, se abrazaban lanzando loas al cielo en señal de agradecimiento. Cuando se fue acercando al grupo, Karelle fue a su encuentro eufórica. Sus dos hijos saltaban a su lado presos de un incontenible alborozo.
— ¡Mi madre también se salvará, tutor Gerdy! -le dijo, tomándole por el dashiki- Seguro que ha visto como nosotros el camino sagrado y seguirá su senda superando su enfermedad.
El guía apartó a la joven interponiendo su knobkerrie.
— ¡¡Estáis todos locos!! -gritó desaforado buscando el centro del campamento- El noroeste conduce al paso del Cañón Fish, obligado camino para llegar a la ciudad portuaria. En ese cañón en donde los piratas y los saqueadores actúan a sus anchas. ¡Me niego a ir al noroeste por la vida de vosotros y la mía!
El murmullo fue subiendo de tono en derredor del anciano Alban, al cual pedían explicaciones sobre la exhortación del guía.
— Calmaos, calmaos, hermanos. -comenzó el anciano agitando sus manos con melosa armonía- No es la voluntad de ningún hombre la que nos muestra el camino a la gloria. ¡Es la palabra del profeta en nombre de Dios la que nos ha marcado la ruta en las estrellas! ¡Todos la visteis anoche y todos comprobasteis que la predicción se marcó en el cielo! ¡¡Ningún hombre nos puede decir lo contrario porque esas palabras de los mortales son falacias en el Reino donde mora el Creador!! ¡Iremos hacia el noroeste tal y como nos mostró la señal divina!
Gerdy agitó su knobkerrie por encima de su cabeza.
— ¡No iré con vosotros entonces! Si deseáis ser pasto de los ladrones, seguid ese camino. Yo regresaré a la ciudad.
El anciano Alban fue retirando al grupo para que comenzasen a enfardar sus escasas pertenencias con vistas a partir hacia el noroeste. Les pedía prudencia, abnegación y una convicción férrea en el sagrado destino otorgado, pues sólo Dios, con su inmensa sabiduría y en la predicción del profeta, conoce el lugar idóneo para los elegidos.
Después el santón se acercó al guía, apartado del grupo junto al conjunto de acacias. Apoyaba ambas manos sobre su knobkerrie y escrutaba la lejanía con los pliegues de su frente relucientes por la tensión. Tenía el kufi muy echado hacia atrás, casi en la coronilla, lo que daba a su perfil, a la sombra de las dilatadas ramas de las acacias, el aspecto de un macho cabrío en impecable quietud (su nariz aguileña y su barba en punta).
— No acabo de comprender tu cambio de actitud, tutor Gerdy. -dijo Alban al llegar- Tú mismo apreciaste el mensaje del profeta, ese que ahora niegas.
Gerdy posó sus ojos en la tierra reseca y se aferró al nudo añoso de la empuñadura de su bastón. Carraspeó un par de veces antes de hablar.
— No lo niego, incluso ando perturbado por lo que vi o creí ver en el cielo, viejo Alban. Hasta el mismo dormir intenso que he tenido esta pasada noche lo desconocía hasta ahora.
El asceta puso ante ambos el libro que llevaba atado a su cintura y colocó su mano derecha sobre su deslucido lomo. Su estropeado kufi mostraba unas nebulosas e imágenes sacras, quizá extraídas del libro.
— Ocurrió todo lo que aquí dice el profeta. -dijo palmeando el libro- No puedes negar la sagrada profecía.
— Pero mi razón me obliga a contradecirte. Por mucho que viera reflejado en el cielo a mis seres queridos…. Mi responsabilidad como guía vuestro es negarme a llevaros al matadero.
— Tampoco te pagarán por el viaje -añadió el viejo.
— Y bien sabes, viejo, que necesito el dinero, pero mi deber es mi deber.
Alban quedó pensativo, hurgando vericuetos para convencer al guía.
— No has pensado que, como somos los elegidos para habitar el vergel sagrado, la gracia divina obrará a nuestro favor siempre. ¿Qué Dios nos conduciría directos a la muerte? No te mientas, Gerdy, tu alma desea venir con nosotros y sólo es tu lógica humana la que te lo impide. Ese raciocinio no es el divino y quien te mostró el camino del firmamento es Dios. Si no fuese tu amigo, pensaría que estas anteponiendo tu vanidad humana a la palabra sagrada. Serías un apóstata.
El guía, con la cabeza hincada en el agrietado suelo, amasaba la empuñadura de su bastón con sus manos robustas. Las palabras del anacoreta entraban en su cabeza y se posaban como en un líquido hirviente fraguando un condimento de sabores dispares. Tan pronto bullía como se enfriaba derramándose por su subjetividad en un mar de sensaciones. Su decisión de abandonar al grupo, la más sensata que consideró nunca, se tambaleaba cuando recordaba las apariciones de la madrugada pasada. Su sentir y su razón luchaban por hallar una decisión….. ¿acertada?
— Te voy a hacer una última pregunta -le dijo el anciano llegando hasta sus manos- ¿Y no merece la pena encontrarte con los tuyos y vivir de nuevo que regresar a tu existencia solitaria y llena de amargura? No es una decisión tuya, ¡el profeta decidió por nosotros eligiéndonos por mandato divino!
Gerdy sintió aflorar las lágrimas en sus ojos pero se rehízo en un instante para mirar de frente al anciano.
— Iré con vosotros -dijo en voz baja- Aunque no tengas razón, posiblemente, merece la pena intentarlo.
Se incorporaron y fueron hasta el grupo anunciándoles la determinación del guía, lo que todos festejaron con vítores y parabienes.
Anduvieron todo el día, parando únicamente una vez para comer con frugalidad. Dos ancianos, los más longevos del grupo, quedaron relegados en el camino. Cuando divisaron las rocosas e inmensas paredes que jalonaban el cauce del Cañón del río Fish, Gerdy ordenó acampar para iniciar el trayecto con las primeras luces.
— Tardaremos al menos tres o cuatro días en atravesarlo y necesitaremos de toda nuestra fortaleza. Lo único bueno que os puede decir es que tendremos agua. El río está muy mermado pero sigue teniendo caudal. Así que descansemos y preparémonos para la travesía.
Resguardados por rocas desprendidas de las paredes del Cañón, se acomodaron. El guía, después de comer algo, se alejó del grupo, como era habitual, asentándose sobre una roca alta en la que crecía una vegetación de hojas gruesas y duras entre sus fisuras.
— ¿Necesitas algo, tutor Gerdy?
Era la voz de Sanza, una mujer madura que llevaba una sarta de siete hijos. El guía conoció a su marido que murió, como tantos otros hombres, en la guerra.
— No, mujer. Duerme y descansa para mañana, lo necesitaremos.
— ¿Llegaremos al paraíso anunciado por el profeta?
Preguntó ella, descubriendo su boca bajo el velo.
— Claro. Es Dios quien nos guía.
Contestó Gerdy, aparentando sosiego hasta que desapareció la mujer. Luego, inclinado sobre sus piernas cruzadas, sollozó como jamás lo hizo en su vida. Ni siquiera cuando perdió a su familia había llorado así.
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