Quitó con la pala la nieve de la puerta e hizo un camino hasta la acera. Luego se sentó junto a la puerta de la casa en el viejo sillón metálico que heredó de sus padres. Aunque había nevado, lucía el sol y la temperatura era agradable dentro de la frialdad invernal. Se entretuvo observando la miseria del barrio envuelto entre la nieve. Casitas bajas, como si fuesen las de un belén algo embrollado, salpicaban las calles angostas repletas de pequeñas tiendas de baratijas. Había un bar destartalado cuyo dueño fregoteaba el cristal de la puerta de entrada con un paño húmedo enganchado a un palo. Movía el trasero con gracia, como si fuese una foca de circo, moviendo la cabeza hacia los lados buscando unos potenciales clientes. Dos borrachines, conocidos por sus curdas en el barrio, se apoyaban junto a la puerta del bar sujetando unos botellines de cerveza y fumando tabaco de liar.
Meditó en los años que llevaba habitando esa casa. ¿Veinte, veinticinco, casi treinta? Eran muchos años más los que parecían acudirle a su recuerdo. Podía considerarse afortunado en poseer una casa en propiedad en los tiempos que corrían. ¿Afortunado? Se dibujó una sonrisita en su rostro y dijo algo ininteligible para sí.
Vio venir a su vecina Aurora por la calzada, donde los operarios del Ayuntamiento limpiaron la nieve, tirando de un carro de la compra color morado. Su cabello naranja destacaba sobremanera entre el reflejo del sol sobre la nieve.
— Ahora que te veo, Lauro, ¿te dieron el trabajo ese en el almacén?
Aurora tendría dos o tres años más que él. Era viuda desde hacía muchos años y a Lauro le daba la sensación que estaba interesada en él. Vivía dos portales contiguos al suyo y entabló mucha amistad con la madre de Lauro hasta que esta falleció. Les gustaba pegar la hebra, al atardecer de los veranos, sentadas a la puerta de una casa u otra contándose cosas de poca monta. Lauro entonces trabajaba en el Mercado General descargando camiones de madrugada. Tenía poca relación con Aurora porque dormía durante casi todo el día para estar fresco de noche. Luego su madre murió, dejó el trabajo porque le tenía más que harto y se acomodó a los quinientos euros que le daba el Estado como desempleado duradero.
No sabía qué responder a la pregunta de Aurora y para salir del paso le mintió.
— Bueno, ya estaba cubierto el puesto, así que me di el paseo en balde.
Ella torció la boca y chascó la lengua meneando la cabeza.
— ¿Y es así como quieren los mandamases que levantemos cabeza? -dijo ella, apoyadas las dos manos sobre el tirador del carro- Menos mal que tenemos un techo para cobijarnos que si no…..
Hizo un ademán brusco y trató de buscar la complicidad de él mirándole a los ojos.
Lauro asintió sin ganas y miró hacia otro lado.
— Que he pensado yo, no sé si con acierto, que te podías venir a comer a casa el sábado -dijo ella dando unos pasos hacia él y dejando el carro en la calzada- Si vienes hago paella con salchichas. Tu madre, que en paz descanse, me decía que te chiflaba.
Él echó el cuerpo hacia delante en el sillón metálico y abrió las manos como para dar auge a su disculpa.
— Gracias, Aurora, pero tengo planes para el sábado.
Ella se quedó parada, pensativa escudriñando un grumo de nieve que se derretía junto al escalón de entrada a la casa.
— También podemos dejarlo para el domingo.
— Dejémoslo para ese día.
Contestó él con fatiga.
Lo cierto es que la señora se conservaba muy bien y que su cara, triangular, con una barbilla elevada que le daba distinción, conjugaba perfectamente con el color de su pelo.
Aurora sonrió resuelta y se giró para ir hasta el carro. No cabía duda que estaba contenta con la respuesta. Le saludó varias veces, moviendo la mano que liberaba del carro enérgicamente, antes de perderse en el camino hacia su portal.
Hubo un tiempo, cuando sus padres vivían en otro barrio, que Lauro tuvo una pareja. Una chica menuda, de sonrisa angelical, que conoció en su trabajo, pues ella era la empleada de una pollería del Mercado General. Abría pronto el negocio y él, que a esas horas ya había terminado su faena, se tomaba el primer café mientras ella arreglaba la tienda para la venida del público. Se cayeron bien desde el principio y no tardaron en irse a vivir a casa de él. Pasaban los dos de los treinta años, los dos solteros, sin compromiso alguno, con poca familia a la que rendir cuentas, con lo que vivir bajo el mismo techo les pareció la mejor idea. Fueron felices unos años, los justos antes de morir el amor, para romper el compromiso de una manera amistosa.
Luego Lauro regresó a la soledad que siempre caracterizó su vida. Murió su padre y cuando su madre comenzó a sentir los achaques de una enfermedad degenerativa, se mudó a casa de él. A Lauro no le agradó en exceso que su madre husmeara en su vida de soltero, sin embargo, al cabo de unos meses, cambió de opinión. Le ayudaba mucho en las odiosas tareas cotidianas de la casa, máxime cuando él trabajaba de noche y dedicaba parte del día en dormir, y, sobre todo, su alimentación mejoró un cien por cien.
Fallecida su madre, Lauro tiró por la calle de en medio y dejó su trabajo al poco. Asqueado de su trabajo rutinario y sin muchas deudas que cumplir, consiguió un emolumento por desempleado que le permitía vivir sin grandes pretensiones. Su día a día no era muy variado, incluso tan rutinario como lo fue su trabajo, pero hacia lo que le venía en gana sin tener que obedecer órdenes ni tener que soportar un estricto horario. Era el momento para comenzar su gran sueño aparcado: escribir una novela.
Siempre fue un lector empedernido que leía en el transporte público, en los descansos del trabajo o en los ratos que le dejaban los quehaceres de la casa, aunque algunos de ellos se quedaran sin hacer. Le encantaba leer porque le transportaba a mundos desconocidos, conocía a personajes interesantes y le ayudaba a comprender una existencia insulsa que hallaba su razón en aquellas páginas. Más tarde le acudieron las ansias de emular a sus escritores favoritos y poder crear, algún día, una novela. Lo consideraba como si fuese un testamento, una obra que explicara su paso por la vida, sus porqués y cómos, sus dudas y un puñado de certezas. Sin duda, esa fue la razón primordial para abandonar su trabajo y tener el tiempo necesario para dedicarlo a la escritura.
Lauro se desperezó al levantarse del sillón metálico levantando los brazos al cielo despejado. Después se quedó parado en el umbral de la casa. Desde la puerta escudriñó el monitor encendido y el teclado inmóvil y cerró los ojos después de suspirar.