Cuando el viejo papa expiró, en una de las habitaciones de la Casa de Santa Marta, en la cual se había alojado desde su nombramiento, sus labios se quedaron entreabiertos y su mirada baja como si mirase a sus pies. En la austera habitación se encontraban cuatro personas en el momento del fallecimiento: el cardenal camarlengo Espinoza, el secretario personal Berger, el cardenal decano Bufassa y sor Tadea, monja benedictina de la Abadía de Santa Escolástica de la Victoria.
Mientras los tres hombres religiosos charlaban ultimando los preparativos post mortem, la monja escudriñaba arrodillada el cuerpo inerte del Papa con las manos cruzadas y los ojos acuosos. Parecía no escuchar el murmullo de los otros tres abducida por la contemplación del cadáver. Decía algo entre dientes, una plegaria, un rezo, al tiempo que asentía a un ritmo sincopado. En ocasiones, se apoyaba levemente con una de sus manos en el bastidor de madera, donde se asentaba la cama del fallecido, y rozaba el Anillo como si le faltase el resuello para continuar su salmodia.
— Necesitamos doce horas para hacer público el fallecimiento -dijo el camarlengo Espinoza con autoridad- Tengo que hacérselo saber antes a los cardenales afines, ya sabéis.
En su rostro afilado, culminado por una perilla minúscula y puntiaguda, sus ojos relampagueaban como si con su mirada fulminara a quien osara fijación.
— Ni se destruirá el Anillo del Pescador ni se sellará la habitación hasta ese tiempo. El papa no ha muerto todavía.
El cardenal decano Bufassa compartía el razonamiento abriendo los brazos con vagancia mientras que el secretario personal Berger se dejaba ir con la postración de la monja.
— Llevamos preparando varios meses el cónclave, como sabéis, desde que la enfermedad del santo padre se encaminaba al fatal desenlace, y doy por sentado que vosotros tres sois partidarios de que todo vuelva al cauce que predica la Iglesia desde hace más de dos mil años. La regeneración. ¿Estáis de acuerdo?
Bufassa participó del acuerdo dándole unos toquecitos sobre la mano del camarlengo. Este le desafió inclinando la mirada ya que las manos del cardenal estaban sudorosas.
— Por supuesto que estamos de acuerdo, eminentísimo y reverendísimo cardenal Espinoza. -dijo azorado Bufassa.
Berger no dijo nada, se pasó varias veces la lengua por los labios y mostró inquietud apoyándose alternativamente sobre sus pies.
La parquedad de la habitación se componía del lecho, un armario de dos puertas, un escritorio sobre el que se erigía una pequeña estantería con libros llenos de marcapáginas, un espejo con un marco sencillo y una puerta que conducía al aseo. A la derecha del cabecero del lecho, donde yacía el papa, había una estampa de san José, sujeta por dos chinchetas a la pared, observando un cielo encapotado. Los muebles eran de madera de nogal y lucían resplandecientes a pesar de su antigüedad. También el suelo, en madera de roble, brillaba espectacular reflejando las figuras de los presentes como vaporosas prolongaciones invertidas.
Sor Tadea se fue levantando trabajosamente y se acercó cautelosa a los tres hombres. Dudó unos segundos y optó por dirigir sus palabras al camarlengo Espinoza.
— Perdonen ustedes, eminentísimos y reverendísimos señores, -dijo con la mirada fija en el suelo- las hermanas y yo deberíamos vestir al papa con los hábitos papales antes de que…..
— ¡El Papa no ha muerto, Tadea! -exclamó Espinoza dando un respingo.
La monja benedictina dio un paso atrás espantada, comprobando cómo las venitas rojizas de los ojos del camarlengo refulgían al compás de la fiereza de su mirada.
— Por favor, su tono cardenal Espinoza….
Terció Berger tomando al camarlengo por el antebrazo.
— Acompañe a sor Tadea con el resto de las hermanas, señor secretario -contestó Espinoza examinándole de arribabajo y desasiéndose de su mano con brusquedad. Luego, distanciado de todos, frente al espejo de marco sencillo, tomó aire, soslayó el cuerpo postrado del papa y compuso un gesto contenido- Después vaya a rezar a la capilla hasta que le hagamos llamar.
La monja y el secretario personal se miraron mudos e hicieron una ligera reverencia a los prelados.
Antes de que salieran, el camarlengo Espinoza se cruzó en la puerta de salida del cuarto. Les observó riguroso unos segundos antes de decirles.
— Ni que decir tiene que ustedes, sor Tadea y reverendo Berger, tiene la orden solemne de no comunicar a nadie, absolutamente a nadie, que el papa ha fallecido. ¡A nadie!
La mujer y el hombre inclinaron la cabeza obedientes.
— Mañana sobre las… -consultó su reloj de pulsera con un ademán sobrio- 11 horas comunicaré personalmente el luctuoso acontecimiento para que sea público.
Sor Tadea y el reverendo Berger abrieron la puerta de la habitación papal para salir y fue entonces cuando ambos, petrificados en el umbral, escudriñaron que la figura del camarlengo no se reflejaba en el espejo que tenían enfrente. Veían con nitidez la espalda del cardenal decano Bufassa pero el contorno de Espinoza, en ese momento dándoles la espalda, no se apreciaba. Cambiaron unas miradas aterradas, inmóviles junto al marco de la puerta del cuarto, sin saber qué decir ni qué hacer.
Bufassa, desde el fondo de la habitación, les observaba expectante, intercambiando un gesto indeterminado con el camarlengo.
— ¡¿Acaso no me han escuchado?! -gritó Espinoza volviéndose.
Cuando se cerró la puerta del cuarto, el camarlengo sacudió la cabeza con cansancio y se acercó al cardenal decano.
— Todavía hay entre nosotros elementos discordantes, querido Bufassa -dijo, apoyándose con afecto sobre el brazo del cardenal acólito- No tienes nada más que ver la actitud de estos dos sirvientes de la Iglesia para comprender que nuestra labor a partir de ahora será ardua.
Bufassa afirmaba meneando la cabeza y entornando los ojos.
— Me imagino que sí se lo comunicarás inmediatamente a los cardenales Vetto y Zimmermann. Son esenciales para inclinar la balanza del cónclave. Sabes de su peso.
El camarlengo caminaba por la habitación frente al otro religioso.
— Por supuesto -afirmó contundente- Además quiero que el cardenal Davis participe de forma muy activa. Él es tan regeneracionista como nosotros pero, además, tiene mucha influencia entre los prelados latinoamericanos. Le necesitamos.
Bufassa tomó asiento en la silla junto al escritorio y se llevó la mano a la barbilla pensativo. No se percató de la ausencia de reflejo del camarlengo en el espejo de marco sencillo cuando este se excusó, cruzándolo, para ir al pequeño aseo de la habitación papal.