Fue una mañana infernal. No sólo porque la primavera finalizaba y amenazaba un verano de mortífero calor, sino que, además, habíamos tenido una bronca de las que hacen época. Esa mañana nos tocaba escribir, bueno, eso siempre lo decidía él en función de su estado de ánimo (inspiración lo llamaba él), y nos dedicamos a la tarea desde primera hora. En poco tiempo el cuarto fue un horno. El sol entraba por la ventana y se enroscaba de tal manera en las aspas del ventilador que éste despedía fuego en forma de aire pesado. No había rellenado ni media página, cuando él alegó que necesitaba un descanso para seguir.
— ¡Joder, ni media hoja, tío! -exclamé, irritado por la calorina y su intolerable gandulería- Déjame seguir a mí mientras tú te fumas hasta la chimenea de As Pontes.
Él, provocador, se colocó en medio del teclado del ordenador. Me escudriñaba, bajo el ala baja de su sombrero, con una flama que supuraba iracundia.
— Ni se te ocurra poner tus pezuñas encima.
Nos arrimamos retadores, oliéndonos el aliento tabacoso con un ligero toque a café con leche y galletas de avena, sintiendo la respiración agitada.
— Te vuelvo a recordar que me pertenece lo que escribes. -le escupí, notando cómo trepidaban las palabras en mi boca.
— Te pertenece el seudónimo que, por cierto, es mi nombre.
— ¿Tu nombre? -argüí festivo- ¿Recuerdas el premio Adonáis? 1982, mi seudónimo en un sobre guardando la plica. ¿No te acuerdas, impostor de los cojones?
Tuvo una especie de sacudida que le separó un poco de mí. Luego, se colocó un cigarrillo en la comisura de los labios, muy lentamente, como si quisiera ganar tiempo o que yo lo tuviese para recapacitar en lo dicho, y volvió a juntarse.
— Ese año fue el de mi nacimiento, colega -dijo, con un tenue moviendo de cabeza y achinando los ojos- Supongo que ahí me invocaste, si es que eso se puede llamar así, y desde ese momento ya no has podido prescindir de mí.
Era increíble su desvergüenza. Y, encima, lo decía como si fuese una verdad absoluta. Creo que llegué a cogerle por la tela de la camisa y juntármele hasta que mi rabia cedió empujándole bajo la ventana. El sombrero rodó por el suelo y su figura se hizo un guiñapo contra la pared. Por unos instantes pensé que podía haberle matado, que mi brete se solucionaba con un simple empujón, pero me equivocaba. Poco a poco, como si el manchón de una sombra se fuese recolocando hasta tener apariencia humana, se irguió, se puso el sombrero y al pasar a mi lado me dijo: “Lo que más te jode es que sabes de sobra que no eres ni serás escritor sin mí, inútil.”
Cuando salió del cuarto, me acerqué al ordenador y me senté frente al teclado. En la pantalla, estático como el cartel de una norma en una puerta de un vagón del metro, el texto relucía cubriendo media página. Toqué la tecla de las mayúsculas y coloqué la primera letra. Dejé pasar unos minutos, supongo que el tiempo que estimé que dura un pitillo. Comprobé que nadie había a mis espaldas. Después borré la letra.
Si deseaba contarle a Ana mi propósito, creí oportuno envolver la cita con papel crepé. Algo innovador, fuera de mi rutina, que le agradara a ella. No soy un tipo detallista de esos de regalos explosivos, viajes románticos o veladas a la luz de las velas, siempre me persiguió mi endémica situación económica y ese egoísmo que cuando tenía algo de sobra me lo ventilaba en copas. Sin excusas, la pura verdad. Sin embargo, esta vez, y debido a que consideraba la reunión como algo vital y transcendente para mi futura vida y la de la familia, debía cambiar el chip.
De tal modo que reservé una mesa en un restaurante italiano, los que más le gustaban a ella. Estaba en el barrio pero contaba con un cierto prestigio, a pesar de que la comida italiana ya no estaba tan de moda como tiempo atrás. Me sobresalté cuando vi los precios por internet, pero en el fondo y en la forma que más daba si al final sería Ana la que pagara la cuenta. Mi peculio era tan ínfimo que unas simples cañas de cerveza acumulaban una deuda en el bar de Ulpiano que era más que conveniente que Ana se enterara pasada la cita.
Llegamos a la pizzería pasadas las nueve. Como era una noche de diario, había muchas mesas libres y los camareros se relajaban a un lado de la barra comentando entre ellos. Ni que decir tiene que Ana estaba encantada. Sonreía mucho disfrutando del entorno del local y me agarró las manos dos veces para besarme en los labios. “Es un detalle precioso. Algo imprevisto en ti, ahora que andas tan parco en to-do” Para no caer en lo sensiblero y no vestirme de santo, le comuniqué que a pesar del detalle la cuenta la tendría que pagar ella.
— Eso lo suponía, todo no podía ser tan perfecto.
Dijo, sin que su sonrisa decayese.
Pedí unas jarritas de cerveza aprovechando el regocijo de ella; seguro que esa noche podía propasarme sin censura. Cenamos distrayéndonos con recuerdos del pasado y alguna que otra alusión al momento turbio que vivía la política. Teníamos la misma ideología por lo que los obstáculos por los que pasaba nuestro partido los compartíamos como si fuesen nuestros. Todo estaba en orden y la velada transcurría por los cauces supuestos.
Pedimos unos digestivos para culminar la cena. Ese era el momento elegido para comenzar. Estábamos felices, ilusionados, bien comidos y bien bebidos, con lo cual mi revelación tenía el horizonte despejado.
— Creo que ha llegado el momento de confesarte algo importante.
Me salió un tono solemne, inapropiado que intenté rectificar emulando que imitaba a cierto actor de cine en una película determinada. Ella captó la improvisada broma y rio de buena gana.
Había empezado mal. Lo sabía y me maldecía para mis adentros. Seguí alargando la broma mientras pensaba algo que me llevara al buen camino.
— A veces, me has visto hablar solo. -dejé caer tensando mi rostro.
— Sí, bueno, cuando andas dándole vueltas a algo y no quieres hablarlo claro. Otra manía de las tuyas. Pero que….
— Es algo más que una manía.
Vaya, parecía ser que mi tono y mi cara esta vez habían elegido bien. Ella fue aflojando la sonrisa y se despejó el flequillo del rostro para apoyarlo en las manos. Sonaba ligeramente una canción napolitana en una garganta sedosa.
— Necesito matar ese alguien con el que hablo y cuanto antes mejor.
Se lo dije sin respirar, vomitándolo casi. Bajé los parpados instintivamente y no deseaba abrirlos hasta que no sonara su voz. La canción seguía, pero ahora me parecía empalagosa e irritante. Estaba oscuro y ella no decía ni pio.
— ¡Estás como una puñetera cabra!
Exclamó, rompiendo a reír como una alienada hiena. Los pocos clientes y los camareros colocaron sus miradas en la diana de nuestra mesa. Abrí los ojos.