En la playa

06 de xuño 2026

En la playa, María e Irene, dos niñas de diferentes edades, descubren la alegría de jugar e imaginar juntas construyendo castillos de arena y creando historias, en contraste con el mundo digital y la indiferencia adulta

En la playa, entre las rocas, cerca de la orilla donde van a parar las olas que como encajes se encrespan y rompen, allí estaba María, era una niña dulce de ojos color de miel y ensortijado cabello que hoy llevaba recogido en una trenza.

Había bajado a la playa cansada de jugar en el ordenador, su abuela le había contado que antes no existían los ordenadores y los niños se divertían de distintas formas, bien jugando en la calle con los amigos, atentos siempre a la llamada materna, o bien en los jardines cercanos y en verano en la playa, hacían pozos y puentes que comunicaban con el amigo, la mayoría de las veces se rompían y había que volver a empezar, pero si se lograba hacer un castillo o una "escultura" se sentían muy contentos, era otra forma de pasar el rato, ella sólo sabía sentarse delante del ordenador y jugar en solitario a los juegos programados o a chatear con otros niños de su edad.

Hoy ha bajado a la playa para ver qué se siente haciendo lo que su abuela le ha contado, ¿qué pasará esta tarde?

María no está sóla en la playa, hay más niños, unos se echan agua, otros juegan a la pelota y hay una niña, más pequeña que ella, que está cerca de su mamá y lloriquea porque dice que se aburre y quiere irse a casa.

María se acerca e intenta hablar con ella, para ver si le apetece hacer un castillo o un puente con arena, la otra niña la mira como si le hubiese dicho una cosa rara ¿hacer un castillo con arena? ¡se romperá!.

Bueno, dice María, no lo sabremos hasta intentarlo, ¿vienes?, la pequeña se animó y corrieron cerca de la orilla donde la arena estaba más húmeda y se podía trabajar mejor. Poco a poco el castillo fue tomando forma, hicieron las almenas, la torre del homenaje, el puente levadizo y las ventanas donde se debía asomar una hermosa dama. Tan ensimismadas estaban que empezaron a inventar una historia donde los personajes entraban y salían, hablaban y discutían.

Había un caballero, el señor del Castillo, sus damas, los criados y hasta un perro guardián. Irene, que así se llamaba la pequeña, se fue animando y cada vez le preguntaba más cosas a María, quería saber cosas de los personajes ¿cómo se llamaban?, ¿qué trajes llevaban?, ¿cómo eran los peinados? y María pacientemente le contestaba a todo.

Mira Irene ahí está Gonzalo, viene del Campo de Batalla, ha ido a luchar contra sus enemigos, trae una armadura gris y algunas heridas.

- ¿Le duele mucho? pregunta Irene.

- No, porque es un noble caballero y es muy fuerte.

Un perro, un mastín, sale a recibirlo y se enreda entre las patas del caballo.

Irene está con los ojos muy abiertos, no se puede creer que con "nada" se pueda divertir tanto, se levanta y va corriendo a hablar con su madre, que sentada bajo la sombrilla lee una de esas revistas de prensa rosa, la madre la mira y sigue leyendo, parece que el chismorreo es interesante, Irene le tira de un brazo y le dice: Mamá, ven a ver el caballero de la armadura, viene un poco sucio pero es porque ha estado en la guerra.

La madre deja la revista sobre la toalla y por fin hace caso a su hija.

- A ver ¿qué le pasa a ese caballero?

- Ven mamá a verlo.

Pero mamá tiene pocas ganas de levantarse de su tumbona y dice que irá más tarde, la cabeza de esta mamá no está para fantasías de niñas.

Irene vuelve al castillo y encuentra a María ataviada al estilo de las damas de la corte, o al menos eso es lo que ella cree que ve, se sienta a su lado y le pregunta de dónde ha sacado ese lindo vestido.

- Yo quiero uno como el tuyo.

- ¿De qué color?

- Me gusta verde.

- Bueno, pues no te preocupes que ahora te lo traigo.

María se da la vuelta y como por arte de magia aparece un vestido verde con un cinturón dorado, de la talla exacta de Irene.

- ¿Cómo lo haces?

- Es que soy un poco bruja y cuando quiero hago aparecer cosas, pero siempre cosas buenas.

Irene está asombrada, nunca pensó que en una tarde que pensaba pasar sola, su madre, como siempre, se pondría a leer tonterías y no lo haría caso ninguno, le estuvieran pasando cosas tan maravillosas.

Siguieron jugando las dos amigas ahora ya con la confianza de una buena amistad, y siguieron inventando historias de caballeros, damas, criados y perros.

¡Qué bien lo estaban pasando!. De repente, pasó por la orilla una de esas motos de agua, que tanto ruido hacen y se acercó demasiado a la playa, hizo levantar un oleaje desproporcionado, de tal forma que llegó al castillo y todo quedó destruido, de manera que no se pudo aprovechar nada de todo el trabajo que llevó horas construir.

Se miraron las dos niñas, empapadas sus ropas de agua y no se les ocurrió algo mejor que echarse a reír, lo hicieron con tal fuerza que la "madre lectora" no tuvo más remedio que levantarse de donde estaba y llegar corriendo hasta donde se encontraban las niñas.

- ¿Qué os pasa?, preguntó.

- Mamá, ¿no has visto la ola gigante que se ha llevado el castillo? Dijo Irene.

- ¿Qué ola Irene? yo no he visto ninguna ola y... ¿Qué haces tan mojada?

- Pues ha sido una pena que no vinieras cuando te fui a buscar porque hubieses visto el castillo con todos sus habitantes y a Gonzalo, el caballero, que venía de la Guerra.

- Vamos Irene, deja de fantasear que nos iremos pronto para casa, estás muy mojada y te puedes enfriar.

La madre volvió a su lectura, seguramente era más interesante que fantasear con las historias de la niña, pasa con frecuencia. Las dos niñas se tumbaron en la arena para que la ropa se secara y comenzaron a hablar, así supieron que María era tres años mayor que Irene, que iban a Colegios de monjas y que a María le gustaba mucho el Inglés, mientras a Irene lo que le encantaba eran las Matemáticas, así fue pasando el tiempo hasta que el astro rey se fue ocultando poco a poco por el horizonte, primero unas nubes de color rosa hicieron su aparición, después el sol tomó la forma de la yema de un huevo frito y poco a poco quedó convertido en una línea amarilla - rosa - naranja para desaparecer al fin.

- Bueno, dijo María, ahora sí que me tengo que ir pues mi madre me ha dicho que puedo estar en la playa hasta que se vaya el sol, así que tengo que subir a casa, la abuela estará inquieta.

Irene quedó con cara de pena pues no sabía si volvería a ver a su amiga o no, pero María que era una gran chica le dijo que al día siguiente volvería y seguirían inventando historias.

Cuando Irene volvió a donde estaba su madre la encontró en compañía de un perro igualito al que salió a recibir al caballero de la armadura, no se lo podía creer, ¿de dónde ha venido este perro? preguntó Irene, su madre le contestó que era de Gonzalo, un amigo suyo que había ido al coche a buscar unos papeles que le traía de la oficina.

Irene cerró la boca, no era capaz de pensar sobre lo que estaba pasando. Al poco llegó Gonzalo con unos papeles enrollados, que a Irene le pareció una lanza, venía vestido con una sudadera gris y un pantalón de chándal del mismo color que a Irene se le figuró la armadura, la niña se acercó a él y le pregunto: caballero ¿dónde has dejado el caballo?, él para seguirle la corriente le contestó: pastando en el prado cerca de tu casa.

Irene se levantó y empezó a correr en dirección a su chalet, llegó allí y lo único que encontró fue un Mercedes rojo que nada tenía parecido al hermoso corcel, ¡qué desilusión!. Y es que a los once años la fantasía hace ver que la realidad no es tan bonita como parece. Recordó a su nueva amiga y pensó que esta tarde había sido la mejor de su vida.