Sueño reparador (Parte 1ª)

13 de maio 2025

Se fijó en ella desde el primer día. La caja 7, su cabello rubio sujeto en una coleta, su semblante serio, su naricilla respingona, su manía de guardar el monedero y el móvil en el cajoncito lateral

Tiró del traspalé hasta colocarlo cerca del lineal de leche semidesnatada. El hipermercado todavía no había abierto las puertas al público por lo que podía trabajar sin agobios y sin que nadie le preguntara donde estaba esto o aquello. Mientras reponía las cajas de leche, miraba a hurtadillas cómo Rosaura colocaba sus cosas personales junto a la caja de cobro número 7. La veía todas las mañanas desde hacía un año, el tiempo que llevaba ella trabajando en la empresa. Se fijó en ella desde el primer día. La caja 7, su cabello rubio sujeto en una coleta, su semblante serio, su naricilla respingona, su manía de guardar el monedero y el móvil en el cajoncito lateral donde se guardaban los tickets de descuento de los clientes. Rosaura le gustaba. Algunos días, a la hora de tomar el bocadillo, se había hecho el encontradizo en una de las mesas de la cafetería del personal. "¿Puedo sentarme?", le preguntó, haciendo un ademán con la manos para mostrarle que el resto de las mesas estaban ocupadas. Ella podía haberle contestado que, al igual que con ella, podía sentarse con otros compañeros, pero no lo hizo y eso le creció a él. "Claro, puedes sentarte, sí", le dijo sonriéndole de forma encantadora. Luego, en los quince minutos que tenían de asueto, las palabras fueron escasas e insustanciales: que si el tiempo iba a mejorar o a empeorar; que si ese fin de semana se preveía un aluvión de clientes por las ofertas nuevas del viernes que multiplicaría el trabajo; que si lo cansado que llegaba uno a casa…… Banalidades.

Rosaura era más joven que él, que ya cumplió los cuarenta, y eso, en cierta manera, le incomodaba, pues se decía que una jovencita como ella era difícil que se fijara en un tarra como él. "Además, medio calvo ya", se decía mesándose las pronunciadas entradas en la cabeza.

Hablaban sin mirarse a los ojos, tal vez de refilón, sin detenerse en el otro, oteando el movimiento en las mesas de alrededor o el ajetreo en la barra de la cafetería. "Yo me llamo Daniel", le confío el primer día, esbozando una media sonrisa vaporosa, y después de que ella le dijera su nombre. Fueron tres o cuatro veces en un año, sobre todo los viernes que era cuando la cafetería se llenaba.

Eso sí, Daniel colocaba todos los días estratégicamente el traspalé para verla llegar a la caja 7. Muchas veces pensó decirle algo para quedar los días que libraban, sin embargo nunca lo hizo. Maldecía a su timidez, como en otras ocasiones, porque odiaba ese miedo atenazador que le vencía.

— Vamos, compi, que se te va a quedar la leche agria.

Le dijo Orozco al pasar con otro traspalé cargado de yogures y flanes. Le hizo una mueca de burla y soltó una risotada meneando la cabeza.

A Daniel le enfermaban las bromitas reiteradas de Orozco pero callaba, pues estaba más que acostumbrado a que los demás hicieran mofa de él. Le ocurría desde niño, en el colegio, luego en el instituto, después en el trabajo, su retraimiento y su físico (muy alto y desgarbado y unos ojos saltones, ridículamente melancólicos) parecían jugar una baza decisiva para la burla de los que le rodeaban.

Fue entonces, esa mañana, cuando vio que uno de los técnicos de mantenimiento se acercaba a Rosaura con toda desenvoltura. Comentaban algo mientras ella se reía de buena gana. Daniel sostenía un paquete de seis litros de leche sin dejar de mirar a la pareja. Parapetaba su cuerpo tras el traspalé pero su cabeza sobresalía inmóvil y cada vez más confusa. Rosaura se apoyaba en la mano del técnico diciéndole algo mientras el hombre asentía risueño.

Sonó la sintonía de la apertura al público y se despidieron mandándose un beso con las manos.

— Oye tú, Dani, que ya entra la gente y todavía no has repuesto toda la entrega de leche. ¡Vamos, hostias, espabila!

Le dijo en encargado con un vozarrón.

Daniel se sobresaltó pero no reaccionó hasta pasados unos segundos. Sentía el sabor ácido en la boca, ese que tan bien conocía, y emprendió una frenética actividad colocando las cajas de leche. No quería pensar, ni evaluar nada de nada, sólo moverse desenfrenado haciendo esa labor mecánica.

A las tres volvió a casa. Cogió el mismo autobús interurbano de todos los días para recorrer el mismo trayecto. Esa mañana ni siquiera comió el bocadillo, empleó sus quince minutos sentado en la plaza del centro comercial escudriñando el ir y venir del público. Se concentró en pensar en el juego del móvil. Las verticales rojas cayendo y volteándolas hasta que encajaran en la construcción del muro rojo; las horizontales rojas desplazándolas hasta encajarlas; el siguiente nivel estaba a su alcance y sólo bastaba un poco de rapidez en sus dedos para conseguirlo. Al llegar a casa, después de comer algo, volvería a intentarlo. El nivel 38, todo un reto; alcanzar el 40 tocar la gloria.

Cuando llegó a casa tuvo que apartar de un puntapié una camiseta que se había encajado bajo la puerta de entrada. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para que le puerta cediera. Luego fue apartando con los pies trastos por el suelo hasta llegar a la cocina, sucia y atestada de cacharros sin fregar. Resopló, dejó en el suelo la mochila y fue hasta el comedor para dejarse caer en el sofá. Se hincó un táper en la zona baja de la espalda pero no importó, cerrar los ojos unos minutos era prioritario.

Después de la siesta breve, buscó en el frigorífico algo comestible. Dio con unos calamares que su madre le preparó la semana pasada. Estaban algo tiesos pero olían bien. Los calentó y se los comió con un poco de pan del día anterior y un vaso de agua. Luego volvió al sofá y se puso con el juego en el móvil. Se le resistía el nivel 38 y lo dejó por ese día. Había oscurecido. Desde la ventana del comedor, que daba a un patinillo lóbrego, sintió el tufo enmohecido de la humedad y del sumidero del patio. Todas las ventanas que daban al patio estaban cerradas a cal y canto y, en algunas de ellas, se distinguía la luz tenue de una lámpara. Bostezó un par de veces. Cuando encontró el mando del televisor, entre todo el desorden, puso el aparato. Pasó indolente cinco o seis canales y optó por dejarlo en uno que echaban balonmano. En general, no le gustaba la televisión pero el ruido del aparato llenaba en parte su soledad. Sacó un yogur y una pera del frigorífico y se los cenó frente a unos jugadores azules y otros rojiblancos. Había muchos goles que el comentarista celebraba como si fuesen auténticos regalos celestiales.

Eran más de las diez y media cuando apagó la televisión. Se cepilló los dientes en el baño y, después, de un armario pequeño, insólitamente pulcro, sacó un envase de Temazepam. Tras el tarro había cuatro más alineados con esmero. Extrajo una cápsula y la ingirió con delectación: cerrando los ojos varios segundos y tragando la pastilla como si se tratase de un bebedizo mágico. Fue hasta el comedor y se desvistió dejando la ropa sobre el sofá. Se puso una camiseta vieja que encontró entre los cojines del mueble. Parecía urgido, apresurado dentro de una liturgia bien aprendida y practicada.

Entonces fue hasta la única puerta de la casa que permanecía cerrada. Era una puerta como las demás, pintadas de blanco y de escasa calidad, pero su singularidad radicaba en su clausura. Al abrirla inhaló un perfume a ambientador de jazmín. Se detuvo en el umbral e hizo la técnica respiratoria 4-7-8 un par de veces. A continuación, pasó al cuarto y cerró la puerta con cuidado.