Resulta sorprendente cómo muchos autores que abordan la figura de Colón, a menudo desvían su atención del objetivo primordial y único de su expedición a las Indias. En lugar de centrarse en la motivación principal del viaje, se enfocan en el origen de Colón, mezclando ambos aspectos. Esto lleva a que algunos investigadores se esfuercen en encontrar explicaciones sobre su origen, relacionándolo, por ejemplo, con un origen judío o incluso con la idea de que fuera el último templario. Esta aproximación, sin embargo, tiende a oscurecer el contexto histórico de la época y la verdadera razón por la cual Colón buscó una ruta más corta hacia las Indias.
Analicemos el Contexto de la Época
Hoy en día, para adquirir especias, basta con acercarse a los estantes de cualquier mercado y encontrar una amplia variedad: clavo, nuez moscada, canela, comino, jengibre, cúrcuma, cilantro, pimienta... Sin embargo, hace cinco siglos, la situación era muy diferente. La única especia que se cultivaba en Europa era el azafrán; el resto provenía de las regiones tropicales de Asia y de las islas Molucas, en Indonesia. Una vez que llegaban a Europa, tras pasar por numerosos intermediarios, sus precios se disparaban. La pimienta multiplicaba su valor por 30, y la nuez moscada, ¡hasta 600 veces! Esto nos da una idea de los enormes beneficios que generaban las especias y de su importancia en la época.
Las clases adineradas, en la Edad Media, basaban su dieta casi exclusivamente en carne, mientras que las verduras y legumbres eran el alimento de los más humildes. Con la llegada del invierno, el forraje escaseaba, lo que obligaba a sacrificar gran cantidad de ganado. La carne se salaba o ahumaba para conservarla durante los meses fríos. El problema surgía al cocinarla: era necesario desalarla e hidratarla, pero al hacerlo, perdía gran parte de su sabor.
En una mesa pudiente medianamente se servían varios platos de carne, lo que planteaba un problema: ¿cómo conseguir que la misma carne insípida adquiriera distintos sabores en sucesivos platos?
La solución consistía en adobar la carne con una variedad de salsas especiadas. La combinación de pimienta, clavo, canela, jengibre y nuez moscada en distintas proporciones permitía confeccionar cinco o seis recetas diferentes a partir de la misma carne.
Otro efecto de las salsas especiadas era el de disimular los sabores de una carne medio putrefacta, así como los de salvajina, ese olor que desprende la carne de caza mayor.
También se adobaban las bebidas: una cerveza mediocre se mejoraba con jengibre; el vino picado, con canela y clavo.
Las especias además tenían un uso medicinal: los galenos de la época quizás no alcanzaban a conocer sus propiedades bactericidas y fungicidas y algunas eran repelentes y tóxicas para los insectos. Cuando las especias que llevan tales sustancias se aplican a los alimentos, estas propiedades colaboran para reducir la actividad de los microorganismos y prevenir la acción de los insectos, lo que hace que los alimentos duren unas horas o días más.
Además de su valor culinario, las especias desempeñaron un papel crucial en la medicina medieval europea, incluso cuando se incorporaban a los alimentos. Se creía que las especias, por su carácter picante, ayudaban a restablecer el equilibrio de los humores corporales. Según la teoría humoral, que se remontaba a la antigüedad, la salud dependía del equilibrio entre los cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. En caso de enfermedad asociada a un exceso de "humores fríos", las especias, con su "calor", actuaban como correctivo. Por esta misma razón, el consumo de especias en invierno se consideraba beneficioso para prevenir desequilibrios y mantener el cuerpo cálido y saludable.
Los libros de cocina franceses de la época recomendaban el uso de especias junto con ácidos como el vinagre o jugos de frutas. Se creía que esta combinación facilitaba la distribución de las propiedades curativas de las especias por todo el cuerpo, llegando incluso a las zonas más estrechas. Asimismo, las especias, especialmente la pimienta, se recomendaban como remedio para la pérdida del vigor sexual.
En resumen, las especias de las Indias eran bienes indispensables. Aunque siempre habían sido costosas, su escasez en el siglo XV disparó aún más sus precios. En los últimos siglos de la Edad Media, el comercio de especias en Europa, a través del Mediterráneo (una ruta comercial establecida desde la época del Imperio Romano), se convirtió en un monopolio de Venecia. Ningún otro estado tenía la capacidad de desafiar su control. Las especias eran transportadas por galeras, grandes embarcaciones impulsadas por docenas de remeros, protegidas por la flota veneciana y financiadas por el estado. Ni siquiera los piratas, que habían sido comunes en estas aguas durante siglos, representaban una amenaza para la poderosa flota veneciana.
En la primera mitad del siglo XV, los portugueses ya se habían lanzado al océano, conquistando gradualmente 3.000 km de la costa atlántica de África, desde Ceuta (punto africano más cercano a Europa) hasta la desembocadura del río Senegal, incluidos los archipiélagos de Madeira, Azores y Cabo Verde. A partir de 1482, con la adhesión de Juan II al trono, la Corona portuguesa estableció su plan para llegar a las Indias sin pasar por el continente africano, tanto que, en 1487, Bartolomeu Dias logró la hazaña sin precedentes de cruzar el Cabo de Buena Esperanza en el extremo sur de África.
Fuentes: Rodrigo Braga y Juan Eslava Galán