La institución del apellido «De Colón»: Un análisis administrativo y documental III

Guillermo García de la Riega Bellver defiende que la forma «de Colón» aparece de manera persistente en documentos y romances, lo que apuntaría a un origen gallego del apellido de Cristóbal Colón

En los dos artículos anteriores analizamos la presencia del apellido «de Colón» en documentos de la trascendencia del Mayorazgo de 1498 y la introducción de las Capitulaciones de Santa Fe de abril de 1492.

En esta tercera y última entrega dedicada a este apellido, cerraremos el círculo estudiando los otros tres testimonios donde aparece registrado. El último de ellos nos traslada a finales del siglo XVI a través de dos romances canarios. Para quien escribe estas líneas, la aparición de la fórmula «de Colón» en la tradición oral de las islas está muy lejos de ser una simple casualidad; se trata de un eslabón histórico clave al que, incomprensiblemente, la investigación académica actual sigue ignorando por completo.

Cédula, fechado en Toro en febrero de 1505, donde se señala:

«…ya sabéis como por otra mi cédula vos envié a mandar que vos junta sedes con el almirante don Cristóbal de Colon para averiguar los maravedis que se deben deste viaje».

 

Monasterio de las Cuevas, don Diego Luján.

Anotó en su protocolo (año 1506, pág. 360) el siguiente registro:

«A los veinte de mayo desde año falleció en Valladolid el heroyco y esclarecido don Cristóval de Colón y fueron sus huesos trasladados a este Monasterio».

Hay que tener en cuenta que Cristóbal Colón ya había depositado todo su archivo personal en el Monasterio de las Cuevas. Por lo tanto, resulta evidente que el prior conocía a la perfección estos papeles. Para asentar con tal seguridad la anotación en el protocolo, la fórmula «de Colón» debía de serle plenamente familiar. Es muy difícil que un hombre de su formación cometiera un error de esa naturaleza; para el prior, el apellido real y exacto tenía que ser «de Colón», y no Colón a secas.

Romances Canarios

Recuerden que estos romances, fueron descubiertos por Montes de Oca, cronista de Canarias, en 1925. La historia trata de un esclavo liberado por Diego Colón, que le dio su apellido «de Colón»

 Primer Romance:

«… Visita con devoción / vestido de peregrino / y en santa resignación / de Galicia, su Patrón / Santiago, ¡Apóstol divino! / y ante él hace oración. // Con firme y santa entereza / le ofrece, por ser cristiano / toda la vida que aprecia / vestir sayo franciscano / y cumplir esta promesa / con fervor de galiciano…»

 

Segundo Romance:

«… Aquel don Diego siguió / I antes de finar libró / A tuito el que era su isclavo / En la Isla que regió. // Y del, mi agüelo llevó / Su apéllido agallegado / De Colón, que a mi me dió. // En la orotava jace años / que vivo y allí casé…»

Los romances presentados rompen de manera definitiva la teoría de la casualidad al ofrecer una explicación explícita de la naturaleza del apellido:

En el derecho castellano e indiano, era costumbre legal y moral que el liberto adoptara el apellido del amo que le otorgaba la libertad, muchas veces como muestra de gratitud, lealtad o porque pasaba a formar parte de su "clientela" o red de protección económica. Si Diego Colón los liberó, lo natural es que adoptaran su apellido real.

Si ese apellido en el ámbito privado o familiar era «De Colón» (el apellido agallegado documentado en Pontevedra), el esclavo simplemente transmitió por vía oral el nombre exacto de la casa que lo liberó. Desde esta postura, el romance canario actúa como un «fósil lingüístico» que vendría a demostrar, especulativamente, que en el seno de la familia Colón se sabía perfectamente que su origen era gallego.

En el mundo hispánico de los siglos XVI y XVII, el apellido no era solo un nombre; era una carta de presentación social. Llevar el apellido de un gran señor, de un almirante o de una familia noble (como los Colón, que ostentaban el ducado de Veragua y el almirantazgo) otorgaba un estatus y, sobre todo, una capa de protección jurídica y social. Un liberto con un apellido ilustre o de resonancia gallego-castellana («de Colón») se distanciaba inmediatamente de su pasado esclavo y de los apellidos genéricos o étnicos.

La herencia legítima: Cuando este esclavo (el antepasado de Bernabé) es liberado, adopta el apellido real que escuchaba en su entorno. Él simplemente repite el nombre de sus amos tal y como ellos se llamaban o eran conocidos en su ámbito privado.

El romance como un fósil lingüístico

Bajo esta luz, el romance canario ("Su apellido agallegado / De Colón, que a mí me dio...") no es una ficción literaria ni una mentira de un esclavo que quería darse importancia. Es un fósil lingüístico de la tradición oral.

La documentación oficial (la Corona, los pleitos castellanos) tendía a uniformizar y castellanizar los nombres (dejándolo en "Colón"). Sin embargo, la tradición oral de los esclavos y las clases populares en Canarias conservó la forma original, íntima y real que habían escuchado: el apellido con la partícula «De» y con la conciencia explícita de que era un apellido «agallegado».

Por tanto, si el esclavo no pudo inventárselo por pura estadística, la única conclusión lógica es que el apellido ya estaba allí, en el entorno de Diego Colón. El esclavo solo fue el custodio de una verdad histórica a través del canto.

Conclusión:

El apellido «de Colón» no es el fruto de la imaginación popular ni una invención de la literatura. Su existencia es un hecho tozudo que ha quedado grabado a fuego en la historia escrita y cantada. Esta variante exacta aparece con total claridad tanto en los documentos notariales de Pontevedra (datados entre 1430 y 1519) como en los textos jurídicos más sagrados del Descubrimiento: las Capitulaciones de Santa Fe, el Mayorazgo de 1498, la Cédula de Toro y el protocolo del prior Luján. Por si fuera poco, a finales del siglo XVI, los esclavos liberados por la familia del Almirante en las islas Canarias seguían cantando en sus romances que portaban con orgullo ese mismo apellido «agallegado».

¿Es posible que estemos ante una gigantesca coincidencia? La estadística dice que no. Es humanamente imposible que un esclavo en Canarias, separado por miles de kilómetros y más de un siglo de distancia de los archivos gallegos, tuviera la "lucidez" o la puntería de inventarse un apellido coincidiendo milimétricamente con los registros oficiales de Pontevedra. Demasiados documentos, demasiadas fechas y demasiados lugares dispares apuntan en una misma dirección. Negar esta conexión ya no es escepticismo, es cerrar los ojos ante una evidencia que merece —y exige— ser investigada a fondo y sin prejuicios.

Estamos ante una persistencia documental que merece tomarse en serio. No suena a invención aislada de un escribano ni a una ocurrencia literaria tardía. Cuando una forma nominal reaparece en contextos jurídicos, familiares, institucionales y memoriales, lo normal es pensar que esa forma circulaba realmente y tenía algún grado de legitimidad social o legal.

 

Guillermo García de la Riega Bellver. Presidente de la Asocición Cultural Celso García de la Reiga