Las que nunca se rinden

16 de xuño 2025

Compartí con ellas un poco, y al hacerlo, se quedaron cerca, casi al alcance de la mano. Fue entonces cuando un hombre que paseaba por la zona se me acercó y comentó, entre sorprendido y divertido, que nunca las había visto “confiar así en alguien”

Era uno de esos días tranquilos de playa: el sol alto, el mar en calma y el apetito que llega puntual. Saqué el tupper, partí el pan, y entonces aparecieron.

Primero fue una, sigilosa pero decidida. Luego llegaron dos más, y al cabo de unos minutos, ya eran seis las gaviotas que se habían acercado a curiosear mi comida. No chillaban, no exigían: simplemente estaban ahí, observando, esperando.

Compartí con ellas un poco, y al hacerlo, se quedaron cerca, casi al alcance de la mano. Fue entonces cuando un hombre que paseaba por la zona se me acercó y comentó, entre sorprendido y divertido, que nunca las había visto "confiar así en alguien".

Yo no sé si era confianza. Quizá sí, quizá no me vieron como una amenaza. Pero lo que vi en sus ojos, en su forma de moverse, de aguantar la espera y lanzarse en el momento justo, fue otra cosa: instinto de supervivencia. Una urgencia serena, afinada por generaciones que han aprendido a resistir peleando cada migaja. No me eligieron a mí. Eligieron la posibilidad de seguir un día más.

Pensé en ellas durante un buen rato. En lo cerca que estuvieron, en lo poco que necesitaban para mantenerse vivas. Y pensé también en lo mucho que se las odia. En cuántas veces he oído que son ruidosas, sucias, agresivas. Que "son una plaga", que "habría que hacer algo con ellas".

Y, sin embargo, hay otra historia. En las islas Cíes, lugar emblemático para estas gaviotas, la población se ha desplomado más de un 90 % en apenas dos décadas.

Aun así, algunas siguen criando entre las rocas y el salitre. Defienden sus nidos con una fiereza que impone. Alimentan a sus pollos con lo que encuentran, con lo que pueden. Cazan, roban, improvisan. Sobreviven.

Gaivota patiamarela
Gaviota patiamarilla Aida García

Las seguimos viendo cerca, pero su presencia es mucho más frágil de lo que parece.

No piden permiso ni agradan a todos, pero hay algo admirable en esa forma de insistir. De seguir. De no rendirse incluso cuando muchos en el mundo parecen desear que desaparezcan.

Pienso que encarnan justo eso: la incomodidad de lo que no se deja domesticar. Están demasiado cerca, demasiado presentes. Se atreven a ocupar espacios que creíamos nuestros, a mirarnos de frente, a alzar la voz. No temen el conflicto. No bajan la mirada.

Y quizá por eso molestan tanto. Porque sobreviven donde otras habrían desistido. Porque hacen ruido. Porque exigen. Porque no se esconden.

Yo, que no siempre encajo, que a veces también peleo por mi sitio, he aprendido a mirarlas de otra manera. A reconocer en su vuelo —insistente, lleno de fuerza— una forma de estar en el mundo. No perfecta, pero valiente.

Puede que, a veces, roben pan. Puede que molesten a quien solo busca silencio.

Pero son el eco de una lucha que no cesa.

Y nos recuerdan que seguir aquí, a pesar de todo, es una forma de resiliencia.

Gaivota patiamarela observando
Gaviota patiamarilla observando Aida García