Decenas de coches llenan el aparcamiento, caminos y pasarelas hasta arriba de gente, disfrutando, pero también gritando, corriendo y sin prestar mucha atención a lo que hay alrededor.
Te preguntas cómo las aves siguen eligiendo ese espacio.
Este año, en las Tablas de Daimiel, el agua ha vuelto con una fuerza que hace tiempo que no se veía, y la imagen es más amable de lo que ha sido en otras temporadas.
Este humedal es uno de los más importantes de la península y también uno de los más frágiles. Los niveles de agua condicionan la presencia de especies muy sensibles, algunas de ellas entre las más vulnerables de Europa.
Aves como la cerceta pardilla, una de las anátidas más amenazadas de Europa occidental, muy vulnerable a la pérdida de hábitat. También el porrón pardo y la malvasía cabeciblanca, dos de las más escasas de la península.

A ellas se suman somormujos, zampullines, garzas y distintas anátidas que utilizan el humedal en paso o invernada.
Y, en medio de todo eso, está la parte menos amable de la visita.
En varios puntos del recorrido, es fácil ver cómo se nos olvida que estamos en un espacio protegido. Personas demasiado cerca de las aves, ruido constante en zonas de observación y escenas que llaman la atención, como ver a una familia alimentando porrones con pan, sin que nadie intervenga.
Hay cosas que no dependen del visitante. La distancia con un ave, el silencio en el recorrido o en un observatorio, no darle pan a un porrón... sí.

El respeto no exige un gran sacrificio; basta con ser consciente de que nosotros estamos allí unas horas y las aves se juegan la vida cada día. Algunas, además, se juegan su continuidad como especie.