¿Ha leído usted algo de los últimos Premios Nobel de Literatura, digamos, de los diez últimos años…? Dirá usted con razón que "hay tanta información cultural en el mundo..."
Uno debe aceptar que se está haciendo mayor; podemos poner el adjetivo que queramos: tercera edad, jubilación, etc. ¿Por qué expreso esto? Porque me he dado cuenta de que de los cinco o seis últimos Premios Nobel de Literatura, a algunos me cuesta recordar el nombre; de la mayoría no sé si habré leído una página, o dos, o tres, o alguna entrevista, o algo semejante. No mucho más. Sé que decir, pensar y, más aún, escribir esto, en un texto —en este caso un artículo de opinión literaria— es como una pequeña inmolación en el altar de las letras. Nadie diría o escribiría lo que acabo de hacer.
Pero si admitimos que las letras, la literatura, deben ser un espejo de la realidad y de la verdad, debo confesarlo. Lo que muestra y demuestra que puedo equivocarme en esto o en mil temas, pero que no deseo engañar ni mentir al/ a la lector/a, posible o hipotético. Alguno quizá diga –no sólo yo, en soledad, soy el que no ha leído a tantos nombres famosos–. Pero también nos enseña que la producción literaria en todos los géneros es casi ilimitada, y eso sin contar los clásicos en todas las culturas y lenguas. No tenemos vida suficiente para leer, pensar y preguntarnos sobre una parte ínfima de la producción literaria... Esta es la realidad que nadie se atreve casi a expresar...
Por tanto, abrimos la posibilidad de que miles de autores, decenas de miles de autores y autoras en el mundo de las letras puedan tener valor, pero no llegan a los oídos de la industria cultural del libro, y por tanto tampoco al mundo académico y universitario, y por tanto tampoco a la sociedad y, salvo excepciones, tampoco perdurarán en el futuro. Es cierto que pueden tener una gran parte de su obra publicada, hecha pública, mostrada al público en Internet, en todas las formas existentes...
Pero no nos engañemos: en la ingente cantidad, cardumen de voces, ¿cuántas serán de valor y se perderán?, ¿cuántas quedarán?, ¿cuántas se fijarán los mundos de la cultura, los que antes hemos citado? No quiero que un escritor o escritora literaria se desanime. Es mejor redactar páginas, en el género que sea, que no hincharse de güisqui o de jugar a las cartas o de los mil errores morales que puedan existir… Debe continuar escribiendo y observando y pensando y publicando, aunque sea en Internet, aunque sólo tenga veinte suscriptores…
Pero no podemos negar la realidad: apenas sé nada, ni he leído nada o casi nada de Ham Kang, Jon Fosse, Ernaux, Glück, por citar unos cuantos de los seis o siete últimos años. Lo que muestra y demuestra que no sólo estoy en la tercera edad, como antes he indicado, sino que si yo no los conozco, la mayoría tampoco conocemos a los premios Nobel de Literatura; menos van a conocer mis letras, que no existo y no existen mis palabras en el mundo de las letras, ni de la cultura. Es una enorme cura de humildad.
Pero eso también nos lleva a pensar que quizá existan Dickinson, Kafka, Pessoa, algunos, varios o muchos, metidos en edificios de cualquier lugar del mundo, sea de Asia, del Pacífico, de Australia, de América o de África, que hayan producido o podrían producir obras que serían notables, excelsas, maestras, geniales… Y que no se harán, o que, si se hacen, hay mucho peligro de que se pierdan. Alguien puede negarme la tesis conceptual y matemática de que exista un autor o autora en las letras —aplicable también a otros saberes, en mayor o menor medida—, uno entre un millón, que duerma en su casa, vivienda, piso, haya hecho una obra maestra y esté desconocida, y continúe desconocida e incluso se pierda… ¿Alguien, en su sano juicio, puede negar dicha posibilidad o dicha probabilidad…?
Terminemos pidiendo otra vez a las estrellas: creen en museos, archivos, bibliotecas, fundaciones, departamentos universitarios, la posibilidad de que autores y autoras en todas las especialidades puedan enviar sus obras, publicadas o no, para que se conserven para el futuro. Se puede hacer por geografías territoriales, por temáticas, por saberes o por artes. Creo que es una cuestión de justicia, de sentido común y de prudencia. Una persona puede dedicar un año a producir un libro equis o zeta… Puede ser de mayor calidad o de menos, pero es un año, un año al menos. Creo que deberíamos tener la prudencia, la filantropía, la solidaridad y la humanidad y la caridad de que ese libro no se pierda, que quede el manuscrito para generaciones futuras, al menos dentro de la legalidad y moralidad mínimas…
¡Cansado y agobiado estoy de escribir esta sugerencia, esta paloma en forma de palabras…! ¡Paz y bien…!
