Sucede a diario. El miedo planea cada amanecer y se intensifica al anochecer. A la espera de que la comunicación vuelva a producirse cuando en España ya se piensa en dormir y en Estados Unidos todavía queda la recta final de la jornada. Esas llamadas entre madres e hijas, entre familiares alejados por un destino injusto y caprichoso con poner océanos y kilómetros de por medio, registran una espera que desespera. Un sollozo anticipado, al especular con la posibilidad de que ese día se habrá registrado la temida captura abocada al destierro forzado.
En ocasiones resulta obsesivo, casi enfermizo, recibir un mensaje de respuesta que dé alivio al confirmar que todo está bien. Que, de momento, nada ha cambiado de manera abrupta pese a la sombra de la amenaza de las incisivas batidas contra personas migrantes que estila, con obscena prepotencia y psicopatía, la administración Trump y que convierte a seres humanos en un mero trofeo, en un simple número en los procesos de deportación, en un caso anónimo más de vulneración de los derechos humanos.
El reciente asesinato de Renne Nicole Good, en Minneapolis, con un disparo a bocajarro de un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), que entró con inclemente furia por el lado izquierdo del cristal de su parabrisas por el simple hecho de existir, de cruzar desarmada y desnuda de intenciones violentas por ese lado de la vida en la que se persigue la diferencia entre seres humanos y se criminaliza a quien aspira a una oportunidad, ha evidenciado la necesidad de protegerse de un Estado que obliga a sus ciudadanos a adoptar medidas excepcionales para conservar la vida ante la aplicación de un pésimo concepto de la seguridad colectiva.
El único delito de esta mujer de 37 años, activista de derechos humanos, de elevada vocación por las letras, la poesía, la artesanía y las manualidades, fue encontrarse en el lugar inadecuado a la hora menos apropiada cuando viajaba con su hijo de seis años en un traslado rutinario y, por desgracia, coincidir con un macrooperativo del ICE que se convirtió en su sentencia de muerte. A eso se resume su supuesto error. Es así de sencillo de entender. Y por ello ha pagado con lo más preciado: el patrimonio de la vida. Una situación irreversible que ahora diferentes funcionarios públicos tratan de justificar con repugnantes argumentos e inaceptables relatos que provocan convulsiones en el sistema digestivo.
Todo un ejemplo de la promoción del miedo. De que no hay nada más efectivo que fomentar el pánico, la sensación de vivir con una amenaza permanente o la idea de que el pensamiento crítico, la libertad y la solidaridad son caminos de difícil regreso para deteriorar y desactivar los principios de una democracia. Con la política del terror crónico se construyen sistemas de convivencia delirantes, enfermos, sin futuro, con pocas expectativas de éxito e innumerables posibilidades de fracasar por un precipicio que conduce a un oscuro abismo. Se abren las puertas a un sistema que con el paso del tiempo se va radicalizando y apoyando en medidas dogmáticas más extremas hasta desembocar en el totalitarismo real. La historia está llena de buenos ejemplos.
Y mientras asistimos al funeral y el luto provocado por el uso desmedido de la fuerza y la imposición de la ilegalidad con la muerte de Renne Nicole Good, las constantes vitales de las personas migrantes, residentes en Estados Unidos, y sus familiares se sitúan en el máximo nivel de lo soportable ante una posibilidad, cada vez más real y factible, de ser los siguientes en la lista de perseguidos por unas autoridades que, por momentos, recuerdan a otros tiempos vividos y padecidos en Europa.
Para quien no lo entienda, la deportación es sinónimo de fracaso, de ruina económica en muchos casos, de desastre para una red familiar, de pérdida de expectativa cuando se huye de la pobreza, de la cultura de violencia o de las desigualdades estructurales. De esta clase de contextos tan duros y difíciles de afrontar escapan una gran mayoría de seres humanos, hoy en día, convertidos en migrantes deshumanizados y despojados de dignidad al cruzar la frontera. Invisibilizados en los papeles y en la realidad social. Esos que tanto hoy, mañana o pasado seguirán llamando a sus hijas, padres, madres, abuelas como gesto de rebelión ante la adversidad y desafiando al yugo de la opresión del poderoso. Como síntoma de que todo continúa, y nada puede ni debe detenerse, pese a las amenazas. Como victoria de vida en fase de construcción, lejos de las raíces y de casa, aferrados a la esperanza.