Una mañana despertaba con un ligero dolor de cabeza. No era nada extraño porque el intenso calor de esas fechas solía provocarle molestias a primera y última hora del día. Pero, en aquella ocasión, se trataba del anuncio de algo más grave, el anticipo de una nueva situación. De una nueva etapa para Camila, una joven salvadoreña invidente.
Pasaron los días y la intensidad del dolor de cabeza le fue en aumento hasta que acabó por incapacitarle para hacer casi cualquier cosa: comer, beber, leer o revisar el móvil. Una incomprensible tortura para una mujer que apenas superaba los 20 años, y había tratado de hacer las cosas bien y ahora estaba saliendo todo mal. Y no le faltaba razón cuando maldecía su existencia: un buen día la vista deja de funcionar y el asunto empeora aún más. Se complica. Unos problemas neuronales dañan las capacidades de su nervio óptico y la oscuridad se impone, de forma permanente. Definitiva.
El shock personal y familiar es de proporciones incalculables porque quedarse ciega en un país como El Salvador no presenta un buen pronóstico en la atención a diferentes niveles: médico, asistencial, pedagógico, formativo, emocional… Los recursos son muy limitados y la sensibilidad colectiva parece escasa en materia de integración social y laboral para las personas ciegas. De la noche a la mañana, la autonomía personal y los sueños de convertirse en una excelente sanitaria quedan truncados en medio del camino, apeados por una severa discapacidad visual.
Toca reconfigurar la vida cuando una tenía otros planes diferentes a quedarse incapacitada para disfrutar de los colores y matices de un amanecer o de un atardecer. El asunto se torna muy complejo de asimilar en los compases iniciales. Horas y días de frustración, de indignación, de no entender nada dieron finalmente paso a la aceptación. A la búsqueda de una alternativa a la nueva situación.
En un país como El Salvador, casi el 28% de la población vive con alguna discapacidad. De ellos, un 17% son menores de edad. Sin embargo, la capacidad de respuesta del sistema público registra unos límites desesperantes; tantos que muchos casos carecen de tratamiento integral y no disponen de unas terapias y metodologías adecuadas para emprender el camino de la integración con un mínimo de garantías. Otros se quedan en un mero intento, y poco más. Y con el paso del tiempo acaban aislados en un minúsculo mundo e invisibilizados por la inexistencia de recursos.
Entre los pocos espacios de referencia nacional está el ISRI (Centro de Rehabilitación de Ciegos ‘Eugenia de Dueñas’). Un lugar donde las personas sin vista reciben una formación específica para recuperar – en parte – las riendas de su propia existencia, además de ser atendidas por especialistas en psicología. «Una mente positiva tiene el potencial de superar las mayores barreras del mundo. De lo contrario, se perderá en un laberinto de difícil salida».
Al entrar por primera vez en las instalaciones de una institución como el ISRI, uno percibe un extraño y extraordinario sosiego en el ambiente, como si tratase de un espacio seguro en un país donde la seguridad cotiza a la baja ante la violencia causada por el efecto de las pandillas y la severa pobreza estructural. A primera hora de una mañana de un lunes del mes de octubre, el centro recibe a cuentagotas a varios de los usuarios que llegan con el deseo de seguir avanzando en su desarrollo personal. O eso parece.
Las historias vitales en este cruce de caminos son de lo más dispar; no hay una igual o similar. Cada persona ciega vive sus circunstancias de forma diferente. Y el objetivo de ver sin ver es común pero cada cual lo plantea con una mentalidad y perspectiva muy distinta. Desde las comunidades más recónditas van llegando antes de la hora (07.00AM). Por norma, lo hacen acompañados de algún familiar o amigo. Aunque, existen casos en los que las habilidades y competencias individuales permiten asistir a una nueva sesión en el centro sin necesidad de una persona de apoyo. Es el caso de Carlos, un usuario a punto de licenciarse que sufre el rechazo más absoluto de su familia y de su entorno más próximo. Aun así, demuestra una envidiable autoconfianza y una seguridad en sí mismo que no pasa desapercibida. Decide detenerse antes de iniciar sus formaciones en la zona de acceso para intercambiar impresiones, comentar algún detalle y jugar con la ironía con extrema maestría. Se expresa con una alegría cautivadora, con un magnetismo extraordinario.
Los acompañantes deben esperar horas y horas a que terminen todas las fases de la sesión de una intensa jornada de trabajo. Mediodía aguardando a que todo concluya. Mientras, hablan y comentan los pequeños avances de sus seres queridos. Lo más mínimos detalles son de gran ayuda para aferrarse a la esperanza. Y la gran mayoría de los comentarios discurren en un tono muy positivo. Tanto que, a veces, sorprende y asusta.
Poco a poco se acaban las clases, las formaciones, la distintas terapías. Las aulas van quedando vacías. Y ese día, el psicólogo no puede atender a nadie porque ha sufrido un accidente de circulación. A lo largo del fin de semana había sido atropellado en medio de la jungla del tráfico de la capital (San Salvador). Él tampoco ve la vida con la misma claridad de una gran mayoría. Comparte con sus pacientes la invidencia. Y esa mañana es el principal protagonista de las conversaciones ante su forzada ausencia.
Todo finaliza y renace el ritual de las despedidas y los buenos deseos. En cuestión de una semana o quince días habrá un nuevo reencuentro, si nada falla. Si hay dinero para el transporte. Si alguien dispone del tiempo necesario para llevar a cabo el debido acompañamiento. Mientras tanto, cada una o uno busca las coordenadas de su humilde comunidad y proseguir con su vida en medio de una sociedad ‘a oscuras’ ante el obligado reto de integrar a las personas con cualquier clase de discapacidad. Una indeseada realidad en la que no faltan en una larga lista las personas ciegas.
*(Los nombres mencionados son ficticios con el fin de preservar la identidad de las personas aludidas en el relato)