Llamando a la Tierra

08 de julio 2026

Rafael FJ Ríos contrasta el tedio político con la gesta de la Voyager 1, que supera la distancia de un día luz en su agónico y solitario tránsito hacia los confines de la Vía Láctea

Temperaturas africanas demasiado atorrantes para unas meninges que parecen derretirse conforme avanza la canícula: cae sobre el hostigado cuerpo la pereza y surge el incordio y el aburrimiento con solo asomarse a las vicisitudes y berenjenales de la Orquesta Ferraz, ese pedazo de gran combo que va tocando todos los palos músicos, desde el censo, el mangue y el birle hasta el pucherazo, el tricornio y las puñetas, mapa de guaridas varias por donde surgen cada día timbaleros debajo de cualquier chiringo que se precie. Claque y director de orquesta a modo de Xavier Cugat siguen tocando merengue, bachata y chachachá con piña tropical en la cabeza mientras a su izquierda coros y danzas acompañan batiendo maracas. Suena el son, la pista se va despoblando y por el barranco abajo despéñase la cloaca, el partido, el Estado y la democracia, todo junto, totum revolutum, que nos lleva al In taedium sui, desperationem adductus, ese profundo rechazo y hastío con solo mover alguna neurona en tal dirección: para otro día han de guardarse aquellos oráculos de la sibila a los que obligados estamos.

En este mismo instante el único artefacto terrestre en toda la historia de la humanidad que cruza el espacio exterior interestelar está navegando más allá de Plutón: el objeto más alejado de la Tierra está fuera de la influencia gravitatoria del sistema solar y se encamina hacia la Vía Láctea. Es la Voyager 1. La misión despegó de la superficie terrestre en 1977 con la tecnología de 1977: el almacenamiento a bordo que procesa los datos científicos consta de grabadoras digitales que poseen menos memoria que un teléfono móvil convencional de hoy en día. Los datos de la sonda espacial representan la única fuente de información directa obtenida por el ser humano fuera de la influencia directa de la heliosfera solar.

Estamos en tiempos de eclipses irrepetibles. La Voyager 1 en el mes de noviembre también va a cruzar una frontera invisible cumpliendo su travesía astronómica colosal: alcanzará una distancia de 26.000 millones de km respecto a nuestro planeta y en este punto las comunicaciones de ida y vuelta entre la sonda y el equipo científico de control traspasará el umbral de un día luz. Cualquier comando enviado por los ingenieros tardará un día entero en llegar a la antena del explorador automático y un lapso idéntico van a requerir las respuestas robóticas de la sonda para retornar hacia las estaciones receptoras de la NASA.

Mantener la sonda operativa es la tarea primordial de los equipos técnicos que la supervisan y dirigen: ha sufrido fallos de comunicación importantes por la degradación de sus sistemas electrónicos principales y motores auxiliares, mientras el suministro eléctrico disminuye de forma constante debido al desgaste natural del combustible nuclear de sus generadores. Poco a poco se verán obligados a ir apagando de manera progresiva los instrumentos de medición remota y los calentadores térmicos vitales para la estructura. Es una carrera contra el tiempo antes del apagón energético definitivo que silenciará para siempre la nave: se sumergirá silenciosamente en la inmensidad de la Vía Láctea con desplazamiento inercial por el vacío absoluto, flotando de forma perpetua entre las estrellas vecinas durante los próximos milenios. Los astrónomos calculan que el próximo gran encuentro cercano con otro sistema estelar tardará en producirse unos 40.000 años terrestres.

He visto una luz / Hace tiempo Venus se apagó / He visto morir / Una estrella en el cielo de Orión / No hay señal / No hay señal de vida humana y yo / Perdido en el tiempo / Perdido en otra dimensión. MClan