Los incendios forestales, además de la devastación ambiental y social que provocan, dejan tras de sí un humo denso que nubla también el debate público. Resulta inevitable constatar cómo, a la par que las llamas consumen monte y vida, las disputas políticas y mediáticas generan un fuego paralelo, igual de tóxico, que dificulta cualquier intento de serenidad y reflexión.
A lo largo de mis casi cinco décadas de servicio en la Guardia Civil, muchos de esos años dedicados a investigar causas y procedimientos de ignición, aprendí que un incendio rara vez es fruto de un único factor: detrás de cada chispa, además de intencionalidad, suele haber negligencia, descuido, codicia o simplemente desidia. Pero lo que más me sorprende hoy no es tanto la naturaleza de los incendios en sí —que siguen siendo terribles y complejos— sino la incapacidad de quienes ostentan la responsabilidad de afrontarlos de forma conjunta, más allá de la diferencia de colores políticos.
Es indudable que los operativos de extinción hacen gala de una entrega encomiable: hombres y mujeres que literalmente se juegan la vida en el monte. A ellos no se les puede reprochar nada. Lo preocupante es el ruido que se genera después, cuando las llamas aún no se han apagado y ya se encienden las disputas por ver quién carga con la culpa y quién capitaliza el rédito político.
La ciudadanía percibe con claridad la falta de coordinación entre administraciones, como si los cortafuegos que deberían frenar las llamas se hubieran trasladado al terreno de la política. Una falta de entendimiento que no parece fruto de la casualidad, sino consecuencia de los diferentes colores políticos que las gobiernan. Y lo más preocupante es que lo asumimos como si fuese algo natural, mientras quienes habitan en la llamada "España vaciada" —agricultores, ganaderos, vecinos de pueblos y aldeas— siguen enfrentándose a trámites farragosos, a la escasez de recursos y a la persistente sensación de abandono.
No se trata de idealizar el pasado: sería un error pensar que "antes esto no pasaba". Hemos avanzado mucho en técnicas, en medios y en conocimiento. Pero sí conviene recordar la sabiduría práctica que, con sencillez, servía de guía en otros tiempos. Como aquel chiste del burro que trazaba el camino más corto y seguro para construir una carretera, mientras que, en su ausencia, era el ingeniero quien dictaba el trazado. Tal vez hoy nos falte escuchar un poco más al “burro”, es decir, al sentido común, al conocimiento cercano del terreno y a la experiencia acumulada en los pueblos.
Un incendio no entiende de ideologías. La prevención y la coordinación tampoco deberían hacerlo. Tal vez haya llegado el momento de dejar de levantar cortafuegos políticos y empezar a levantar, de verdad, los que salvan montes, vidas y futuro.