Títeres con cabeza: vigilancias culturales. Número # 3, 2026

08 de febrero 2026

José Mª Cumbraos habla esta semana de la serie 'La sangre helada' y también sobre los embrutecidos que se extienden por las redes sociales

Esta semana hablamos de…

 

Una serie clásica en todas sus formas

En La sangre helada (BBC, 2021, disponible en Filmin) los malos lo son y lo parecen. Tienen sucios los dientes que tienen, cosas del escorbuto y las venéreas y la muerte siempre les ronda, en tierra firme o en el mar, en ambas se desarrolla esta fenomenal aventura de multiples formas, siempre clásica.

Como en La isla del tesoro, los malos aproximan su cara a la de sus enemigos para amedrentarlos, les exhalan su aliento a ron y traman quedarse con la mejor parte del botín o con el botín entero, traicionando y asesinando si es menester. Y como en la novela de Robert L. Stevenson, un barril del barco –un ballenero que navega hacia el Norte desde la inglesa Hull– oculta a un grumete, aunque aquí no haya manzanas en su interior.

El viaje, planteado para llenar la nave de grasa y carne de ballena y focas como en ningún periplo anterior, esconde otros objetivos que solo conocen el capitán Brownlee (solvente Stephen Graham, como siempre) y su contramaestre Cavendish, uno de esos malos. Nadie conoce tampoco las razones que llevan al doctor Saudner a participar de la travesía, aunque pronto sabremos de las huellas que su pasado como soldado en la India le ha dejado. En cambio, son muy claras las intenciones de Henry Drax (irreconocible, brutal Colin Farrell), asesino, ladrón y famoso arponero.

Camino de las aguas del norte (serie y libro original tienen como título en inglés el más esclarecedor de The North water) maldades, tormentos y tormentas crearán el caos. Juntas, convertirán lo que nace como una clásica historia de balleneros –con extraordinarias escenas de caza de ballenas y focas, rodadas en parajes naturales, tan difíciles por el clima y por las exigencias actuales– en un no menos clásico thriller en busca de un asesino para acabar desembocando en una epopeya en el mismo Ártico, una lucha fría y despiadada por la supervivencia en la que Saudner intentará renacer, abandonado por el láudano pero nunca por sus secretos.

La sangre helada
La sangre heladaBBC

 

El embrutecido, más que nunca

Cierran librerías (en Alicante, en Madrid) y hay embrutecidos que se alegran, que lo justifican. Son los de siempre, siempre han estado ahí, al acecho. Lo que sucede es que sus altavoces se han multiplicado y ellos se han desacomplejado. Recuperarían el Índice de Libros Prohibidos e, incluso, la quema de algunos títulos en plaza pública.

Del cine español, ahora que es tiempo de premios y balances, detestan todo. Siempre lo han odiado porque a sus creadores (creadoras hoy en día, las mejores) les interesa hablar de las pérdidas y del dolor, de intimidades y dudas y no de Blas de Lezo, ni de la evangelización de los indígenas ni de los gloriosos Tercios de Flandes. No entienden cómo no se hacen películas sobre las epopeyas de la Nación y en cambio hay dinero (las paguitas) para hacerlo sobre una niña que quiere ser monja, sobre unos desmembrados que bailan en el desierto o, por favor, sobre un pensionista homosexual y libre. Libre y gay, a su edad, gay.

El embrutecido siempre está ahí, cercano, incluso familiar. Ante un Miró o un Kandinsky dirá esto lo pinta mi hijo con 5 años; lo encontramos en nuestros teléfonos hablando de qué todo lo ve gratis porque los del cine ya tienen suficiente con las subvenciones que reciben; y si osamos afear su discurso o contradecirlo, intentará convencernos con que no tiene tiempo para culturizarse. Y posiblemente acabe por abandonar la conversación. Al embrutecido le duele el debate y el argumento bien construido, no tiene alternativas.

Nuestro embrutecido (imagino que el suizo o el neozelandés será por un estilo) siempre ha hecho escarnio de todos aquellos que optan desde su libertad creativa y su valor por escoger caminos diferentes para explicar las cosas o por hablar de temas no convencionales. Siempre ha renegado de ellos, de ellos duda y a ellos increpa.

Y ahora, para más inri, ha encontrado altavoces por doquier y se jacta todavía más de serlo y estarlo. En las tertulias, en las redes, en los Parlamentos siempre habrá un embrutecido como él, preocupado de que nadie se aparte de la línea recta, de que las cosas de valor son aquellas que se siguen haciendo como siempre, como Dios manda.

En esta sociedad cada día más atrincherada el embrutecido campa a sus anchas. Combatirlo es un deber.