27 días: Lo que perdí no era mío

19 de xullo 2026

Jeannette Ramos Vega analiza el desapego como una herramienta de crecimiento emocional y subraya que la superación de las pérdidas fortalece la identidad y la lealtad hacia uno mismo

¡Qué tonta fui! Cuántas lágrimas derramé por personas y situaciones que solo llegaron a mi vida de paso, como viajeros que hacen una breve parada antes de continuar su propio camino.

Con el tiempo entendí que todo tiene un propósito. Esa simple verdad basta para comprender que no todo está destinado a quedarse contigo, ni en ti. Hoy escribo desde la experiencia, porque el camino enseña… aunque a veces sus lecciones duelen profundamente.

El desapego deja heridas, caídas, frustraciones e inseguridades. Y no ayuda que hayamos crecido rodeados de canciones que prometen amores eternos o que aseguran que no se puede vivir sin alguien (hermosas canciones, claro que sí). Podemos leer cientos de libros sobre el tema, escuchar consejos de amigas y familiares o repetir frases de superación, pero sentir siempre será una experiencia profundamente personal. Por eso, aunque conozcamos la teoría, terminamos entregándonos con el corazón abierto, como si no existiera un mañana y como si tuviéramos el control de todo.

Este es otro escrito sobre las despedidas, pero hoy quiero decirte algo que a mí me costó mucho aprender: aquello que perdiste nunca fue realmente tuyo. Solo vino de visita. Se sentó a tu mesa, se alimentó de tu cariño, recibió tus abrazos, tu tiempo y tu cuidado. Cumplió el propósito que tenía en tu historia y, cuando llegó el momento, encontró una puerta abierta para marcharse y eso está bien.

No te castigues por eso. Al contrario. Qué privilegio haber vivido experiencias que moldearon la persona que eres hoy, que te enseñaron que eres un ser único, a quererte y, sobre todo, a reconocer quién no quieres volver a ser.

El problema es que hemos aprendido a ver los finales como fracasos. Convertimos el adiós en sinónimo de derrota, tristeza o rencor, cuando muchas veces solo representa el cierre de un capítulo.

Las pérdidas nos obligan a hacer algo que casi nunca queremos: abrir las manos y soltar. Y soltar también es vivir. Nos fortalece. Nos devuelve el control sobre nosotros mismos y nos enseña que nuestra paz no puede depender de aquello que decidió irse.

Siempre he pensado que debemos escoger nuestras batallas. También debemos aprender cuándo es sano llorar y, más importante aún, cuándo es momento de dejar de hacerlo. Llora si lo necesitas, pero no conviertas el dolor en una residencia permanente. Recoge los pedazos de ti que aún brillan, vuelve a unirlos con amor y continúa caminando.

El amor, como las estaciones del año, cambia, aunque no lo deseemos. Llega, florece, se transforma, a veces nos regala los días más hermosos y otras nos enfrenta a las tormentas más intensas. Pero nada permanece exactamente igual para siempre.

Y quizás ahí está la verdadera paz: entender que algunas personas no llegan para quedarse, sino para enseñarte que eres tú quien siempre debes permanecer leal a ti misma, dispuesta a sanar, continuar y volver a sonreír.

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