Hay actos que empiezan mucho antes de que alguien coja un micrófono.
Empiezan cuando una voluntaria llama por teléfono para vender una entrada y escucha un "apúntame dos" o cuando alguien dona un regalo para la tómbola sin pedir que su nombre aparezca en ningún sitio.
Por eso la Cena Baile Tómbola de la Asociación Española Contra el Cáncer no es solo una cena. Es el momento del año en el que Pontevedra deja de ser una suma de apellidos, profesiones o ideologías para convertirse, simplemente, en una ciudad.
El Liceo Casino estaba lleno. Pero no era solo una cuestión de aforo. Estaba lleno de esa rara sensación de que todo el mundo sabía por qué estaba allí. En tiempos en los que cada semana parece haber una excusa nueva para dividirnos, resulta reconfortante comprobar que todavía existen causas capaces de sentar en la misma mesa a personas que probablemente no coincidirían en ningún otro lugar y eso nunca sucede por casualidad.
Hay una injusticia con quienes organizan actos así. Si algo falla, todo el mundo lo comenta. Si todo sale bien, parece que era lo normal. Como si llenar un Casino, coordinar a decenas de voluntarios y conseguir que una noche tan compleja transcurra con absoluta naturalidad fuera tan sencillo como colocar unos manteles.
Detrás hay meses de trabajo silencioso. Y ahí aparece Blanca Ana García con esa forma tan suya de hacer bien las cosas, junto a su maravilloso equipo. Su reciente nombramiento como representante de la Asociación Española Contra el Cáncer en Galicia no hace más importante a quien ya lo era. Al contrario: hay personas cuyo prestigio engrandece el cargo que ocupan. Este es, sin duda, uno de esos casos.
Hubo un instante que resumió la noche mejor que cualquier discurso.
Al pasar junto a la mesa presidencial, me fijé en que todos escuchaban con mucha atención a Iván Puentes. Me pareció una buena noticia. No porque conseguir silencio en una cena de cientos de personas sea tarea fácil, que ya tiene mérito, sino porque escuchar a quien tiene algo interesante que decir sigue siendo una costumbre que conviene conservar. Iván tiene una cualidad poco frecuente: la de escuchar antes de responder y la de pensar antes de hablar. En un momento en el que demasiada gente espera únicamente su turno para intervenir, encontrarse una mesa entera pendiente de las palabras de otro invita, al menos, a un cierto optimismo.
Después la noche siguió como siguen las noches que merecen la pena: conversaciones que se alargan más de lo previsto, saludos que empiezan con un "¿cuánto tiempo?" y terminan prometiendo un café que esta vez, quién sabe, quizá sí llegue. Nadie recordará dentro de unos meses qué cenó. Probablemente tampoco el número premiado de la rifa. Pero sí permanecerá la sensación de haber formado parte de algo que importaba.
A veces nos empeñamos en medir una ciudad por las obras que inaugura o por los titulares que consigue. Yo empiezo a pensar que hay una medida mucho más fiable: observar cómo responde cuando alguien necesita ayuda.
Pontevedra volvió a responder.
Y mientras siga haciéndolo, seguirá siendo una ciudad de la que merece la pena sentirse parte.
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