Cada vez es más difícil ponerse de acuerdo en las definiciones de conceptos y conocimientos elementales. Recientemente me he encontrado con una opinión de nuestro célebre escritor Antonio Gala: se puede ser culto y analfabeto, decía. Aseverando como prueba evidente de ello que la cultura puede transmitirse por vías no escritas. Recuerdo un diálogo con un poeta cercano en el que concluimos que – de alguna forma- es a través de las matemáticas que se introduce la música en la poesía, por medio del ritmo, del juego del tiempo. Sería la inevitable síntesis a que están abocadas cosas que parecen contrapuestas: la racionalidad matemática y lo inmaterial – quizás sólo aparente - del aliento poético. Es un misterio como comunican música y poesía pero es evidente que se puede gozar de la música sin conocer las nociones musicales más elementales. Y también que para disfrutar de un poema no hace falta saber leer, basta escucharlo. La cultura, ese conjunto de conocimientos, creencias, valores y hábitos, se transmiten generacionalmente y la adquirimos con la socialización y el aprendizaje. Y si la naturaleza no ha sido creada en su origen por el hombre, la cultura sí. La cultura abarcaría también los fenómenos humanos que no son resultado total de la genética. La difusión cultural se consigue con la propagación de rasgos culturales de una cultura a otra y dicen los textos que es gracias al comercio, al matrimonio, a los medios de comunicación – a través de la propaganda – e incluso de manera forzosa a través de las conquistas.
La cultura nos perdura, da sentido a pertenencias populares pero también puede perderse por fenómenos de globalización. La imposición del modelo económico ( capitalista,por ejemplo) nos hace homogéneos. O, por lo menos, lo pretende.
Parece ser que el primer anuncio publicitario podría datarse - 3000 años antes de Cristo – en un papiro de las Ruinas de Tebas, en Egipto. Desde entonces, han cambiado mucho las cosas, la publicidad actúa como un agente que moldea estilos de vida, tendencias en el consumo y valores culturales. El arte siempre ha sido fuente de inspiración para los publicistas. Actualmente el desarrollo de la tecnología (impresos, televisión, vídeos etc.) facilita las cosas a tal efecto.
Hace ya bastantes años (1993) en un programa de televisión Francisco Umbral interrumpió a la presentadora afirmando con acritud : "yo he venido aquí a hablar de mi libro”. Tuvo que recurrir a la autopublicidad para que se prestase atención a una obra literaria que acababa de publicar. Hace dos o tres años se paseaba por Madrid un autobús todo él "envuelto” en publicidad de una obra de Pérez Reverte. Siempre ha habido en los Premios literarios más prestigiosos, grandes autores que han sido relegados por otros menores como consecuencia de que éstos tenían protección de editores, políticos relevantes e influyentes, afectos de cualquier tipo. Se habla con frecuencia de que Carlos Barral no valoró para su publicación nada menos que a García Márquez y sus "Cien años de soledad”. Y en el caso de Barral es difícil que influyesen motivos ideológicos o animadversiones personales. El Realismo mágico surge, en buena medida, con Juan Rulfo y Elena Garro. Rulfo, con obra corta, quizá consideró que Pedro Páramo era difícilmente mejorable y su carácter tímido y poco expansivo le orientó más hacía la fotografía. Y a Garro le perjudicó ser mujer y, por si fuera poco, que su marido Octavio Paz en lugar de facilitar su obra la dificultara.
La publicidad ha existido desde los tiempos más remotos – inscripciones en piedra, anuncios en paredes o -en la Edad Media- la aparición de pregoneros. Con la revolución industrial los carteles, folletos, y la prensa, por supuesto. En la actualidad las redes sociales, los influencers etc. consiguen con facilidad la interpretación de los propios consumidores.
A pesar de todos estos aspectos -o quizás como consecuencia de ello también – ha habido siempre casos de excelentes artistas o escritores de una importancia extraordinaria que vivieron en el más absoluto fracaso y alcanzaron gran relevancia después de muertos. Van Gogh vendió un solo cuadro en vida a pesar de tener un hermano marchante de arte. Grandes clásicos de la literatura fueron en algún momento rechazados: Nabokov, Joyce, Andrè Gide…
En el mundo del cine el formidable director Michel Haneke opina que "la estética dominante es la estética de la publicidad y de las películas de acción, en realidad son la misma cosa”. De la Premio Nobel Elfriade Jelinek, autora precisamente del texto en que se basa la película "La pianista "de Haneke ,puede decirse que " escribe a navajazos y que el nuevo fascismo se alimenta de la envidia, el odio y el miedo”.
Chomsky explica muy bien que para dominar - el poder político, los sistemas políticos sobre todo si son dictaduras - no basta con la violencia, se requiere otra justificación, la de "hacer el bien” para los dominados, para ello la publicidad estatal, lo que se ha llegado a llamar "lavado de cerebro” es la mejor manera de controlar el pensamiento y comportamiento poblacional. La publicidad suavizada por la cultura participaría evidentemente en este proceso. Por eso se han censurado durante épocas, o largos períodos, obras literarias o artísticas. En esos ambientes de prohibiciones, se han producido buena parte de las mejores obras, que cuando aparecen, o reaparecen, nos descubren la importancia de no dejarse dominar por cualquier tipo de poder o intentos de dominación. En muy buena parte hoy nos sentimos satisfechos de aquellos que han sabido resistir. La cultura como resistencia.