Las dos novelas de las que de aquí en adelante se habla poseen un rasgo común que, creo, debería condicionar la opinión que se acabe formando de ellas: sus autoras son debutantes. Y eso lo debe tener en cuenta el lector, más si cabe el lector que reseña o sencillamente el que comparte sus impresiones sobre ambas obras.
Ellas son Lana Corujo y Florence Knapp y desde ese carácter primerizo se entiende la apuesta de ambas por arriesgarse en lo formal para hablar de temas ya muy trillados en la literatura contemporánea: el dolor, la culpa, la memoria y la búsqueda de la redención personal. Esa experimentación, la resistencia a deambular por estilos clásicos y la adopción de lenguajes y usos propios, las iguala y refuerza la valía de dos libros notables por su emoción, sensibilidad y personalidad.
En Han cantado bingo (Reservoir Books, 2025), primera novela de la canaria Lana Corujo, lo experimental –capítulos cortos de apenas algo más de una página, algunos de poco más de un párrafo, otros limitados a una frase, a un pensamiento, salpicados por ilustraciones de la propia autora– marca una narración plagada de situaciones que no se cuentan ni se cierran, exigente de lectores atentos que desentrañen silencios y elipsis en un vaivén de idas y venidas por las diferentes edades de la protagonista, de los juegos infantiles a los despertares adolescentes, de la adultez que requiere explicaciones a la senectud y la desmemoria, siempre condicionadas por la posesión de un don, una herencia familiar que le permite ver a personas que no están y por un medio natural (una población rural al pie de un volcán, amenazante en el imaginario infantil y mucho menos peligroso que otras naturalezas, las humanas) que limitan y supeditan decisiones y vidas.
Puede resultar paradójico que en una novela que hace de los silencios y la escasez de palabras el rasgo más acusado –junto a otros que no debemos obviar: el lirismo, la calidez del lenguaje isleño, la ingenuidad infantil que parece no abandonar jamás sus páginas, siempre presente a través de la herencia– existan personajes tan bien definidos como el de la Abuela, mujer seca, resignada, mantenedora de las tradiciones y sabedora de los pecados ocultos del pasado. Brilla Lana Corujo al describirla sin plantearse hacerlo, también con las figuras paternas y su diferente acatamiento del drama que alza un tabique entre ellos. Y deja algunas escenas de una calidez humana extraordinaria como esa del final del reencuentro de la protagonista con la antigua amistad perdida, emocionante en pocas líneas.
En la otra novela primeriza, la de la inglesa Florence Knapp, Los nombres (Salamandra, 2025), es el planteamiento argumental el que supone un desafío narrativo, un reto para encajar piezas en una hipótesis por triplicado.
Los nombres es una historia de lo que pudo haber pasado, de los tantos y si que cuelgan como estalactitas en el techo de nuestras vidas, cuchillos amenazantes que no llegan a desprenderse. Pero en esta novela, y esta es la apuesta de su autora, las suposiciones se alejan de la pregunta retórica y se desarrollan como alternativas para mitigar el dolor y el silencio de la mujer que es maltratada.
Del mismo modo que en esos retos en los que se ha de escoger la puerta buena y desechar la que se cree conduce al infierno, Knapp idea tres itinerarios para Cora, la protagonista de la obra, tras el acto de rebeldía que supone no inscribir a su hijo con el nombre de su marido, Gordon, tal y como la tradición paterna obliga generación tras generación.
La rebeldía de Cora nos conduce a tres vidas diferentes y tres conductas alternativas. La trayectoria de Gordon, Jules o Bear, los nombres escogidos para cada uno de los caminos, el oficial y los dos alternativos, está condicionada por la figura del padre. El hijo, en cualquiera de sus tres versiones y su hermana Maia, son sus otras víctimas, herederas de un dolor que les atraviesa desde la infancia hasta la edad adulta.
Les queda la huida, real y física, a Irlanda en busca de raíces familiares que se conviertan en la red que amortigüe la caída y permita empezar de nuevo. Cada una de las historias, cualquiera de las tres posibilidades que el lector encuentra, siempre entrelazadas y atravesadas por otras historias que se tejen próximas (es conmovedora la verdad de la del amor entre Sílbhe y Cian, reencontrados cuando las ilusiones ya se desvanecen), por amores de adolescencia, por amistades que reaparecen, todas ellas están narradas con el aplomo de una escritora que ciertamente no parece ser debutante.
Tanto ella como Lana Corujo nos regalan dos libros maravillosos, cada uno con su estilo propio, ambos con la primorosa exquisitez de quien sabe narrar lo próximo, lo que de verdad importa y nos remueve.