De un tiempo a esta parte (sintagma ambiguo donde los haya) se han puesto de moda dos vocablos como si los hubiesen sacado del horno hace nada. Me refiero a "polarización" y "equidistancia". Y ahora todos sabemos que estamos hablando de política. Cuando se usan palabras elusivas con machaconería estamos hablando de política. Cuando se lanzan como ladrillos para ver cuanto escuece el chichón, estamos hablando de política. Evidentemente, se trata de eufemismos. La política usa y abusa del eufemismo porque en realidad ella misma es un eufemismo. Es el brazo armado de la economía, del poder del más poderosos de los villanos (se equivocaba Quevedo llamándole "caballero" al dinero, pero lo hizo por la rima).
En el ámbito político patrio (donde patrio es otro eufemismo, evidentemente) el insulto se ha posicionado como moneda de cambio, de modo que el intercambio de insultos ha generado un intercambio de mercancías lingüísticas de escaso valor pero que dan para llenar titulares. No dudaré en remontarme a Alfonso Guerra como precursor de la actual moda. E incluso me atreveré a establecer cierta coherencia entre el fenotipo del insultador y la calidad de su producto: el susodicho Guerra, Rafael Hernando, Cuca Gamarra, Óscar Puente. Es que los ves y ves el insulto, mordaz, de kilo y medio de peso, fresco, recién sacado del mar. Igual que en la mirada de Ayuso a veces descubro el rastro de la mirada de Alvise y lo sé porque me corre un escalofrío por la espalda.
El insulto es un recurso basto pero eficaz, al menos en este país. Lo prodigamos mucho, en especial en situaciones relacionadas con el manejo de vehículos automóviles. Es como una cosa que llevamos dentro y que tarde o temprano se va a manifestar, como una tenia con mala leche o un abceso que terminará soltando pus. Aunque también hay que decir que valoramos mucho el empeño de los ingeniosos, de quienes han hecho de twitter (sí, he puesto twitter) la pizarra en la que reparten bofetadas de golpe seco. Me refiero, claro, a Gabriel Rufián, cuya trayectoria política está ya ligada a las afiladas sentencias con las que pone las cosas en su sitio, generalmente de forma jocosa.
Otra gente en su curriculum poco más tienen que haber ejercido de community manager de un chucho, perdón por repetir aludida, pero todos tenemos nuestras obsesiones. Y nuestras pesadillas.