El mayor apagón de nuestra historia

30 de abril 2025

Durante el apagón eléctrico del pasado lunes todos tuvimos pensamientos muy parecidos. Ideaciones. Flashes. Fogonazos. Elucubraciones. Sospechas. Conjeturas. Suposiciones.

Al principio, la sorpresa: "vaya, qué pasa con internet. ¡Quién me mandaría cambiarme a Digi!"

Los diferenciales, intactos. La luz de emergencia en las escaleras, en todas las escaleras. En toda la calle. En todas las calles. Y la cabeza que no para. Con ella a toda máquina, me bajo al portal porque lo primero que hay que hacer en una situación extraña como esta es bajar al portal, a ver si se puede colectivizar la desgracia. Una vecina informa de que no hay electricidad en toda España y Portugal. La cabeza hierve. A ver si el kit de marras era por algo, en realidad. A ver si alguien sabía algo que los demás no sabían.

A través del móvil, corroborar (lo maravilloso que es corroborar) que la caída es casi total en la península. Un grupo de whatsapp familiar que empieza a palpitar, más por buscar el contacto exterior que porque nadie sepa nada. La gata, a su bola, vomitando por otro ataque de glotonería.

Debe haber sido un ciberataque. Debe haber sido Putin. O los chinos. O el de Corea del Norte. O Trump. O el hijo adoptivo del charcutero de la esquina, que es un cerebrito y tiene muy mala milk.

Dejar la luz del salón prendida, para saber cuando vuelve. Coger un libro y arrimarse a una ventana.

Pensar en qué fregado habrá montado en todos los hospitales.

Durante un apagón eléctrico prolongado, la sensación de irrealidad, que siempre está ahí en circunstancias normales, se hace gigantesca. Se convierte en Saturno devorando a sus hijos. La sensación de irrealidad te empieza a comer por los cordenes de las deportivas y sientes el frío aliento de la inseguridad en los pelillos de la nuca. Recuerdas "¿Quién me ha robado el mes de abril?", la canción de Sabina que fomentaba el consumo de antidepresivos. Recuerdas a los hermanos Malasombra de tu infancia, porque hay cosas que se han quedado ahí, grabadas a fuego o yo ya no sé. Lo cierto es que no deja de tener su aprovechamiento que el mundo se tambalee un poco, que te muevan la silla o el sillón y te veas cerca de arrastrar los morros por el parquet. No está de más poder valorar en su justa medida una gran cantidad de situaciones a las que uno parece tener derecho solo por encontrarse con vida por la mañana. No está de más apreciar otra vez aquello que cada día solemos dar por sentado, como por ejemplo la posibilidad de leer este artículo que ha sido escrito en pleno apagón eléctrico aprovechando la batería de un portátil mientras todos esperábamos que las cosas volviesen a ser como antes.