Me gustaría escribir desde el envilecimiento, pero primero debo aprender qué rayos significa. Supongo que para eso debe uno odiar de forma convincente. Odiar a diestra y a siniestra, sin asomo de polarización, odiar con deseperación pero con método, odiar a diario cada día, incluyendo las fiestas de guardar. En este país nuestro llevamos buen camino en asuntos como el envilecimiento y el odio. Los españoles somos campeones mundiales del odio, no en vano inventamos una subdisciplina dentro del mismo denominada "odio sarraceno". Nació durante la edad media, cuando los cristianos y los musulmanes (sarracenos) se partían la cara los unos a los otros en las Cruzadas, que se llamaban así porque unos tenían cruzados a los otros. No. No es así, pero no me digan que no sería maravilloso que así fuera.
El vocablo "sarraceno" procede de un término griego que significa "habitante del desierto". ¿Qué es el desierto?, preguntas fijando en mi pupila tu pupila azul. No voy a decir: el desierto eres tú, porque el desierto puede ser muchas cosas. Puede ser una tarde de verano, varado en una playa, cuando aterrizas en una terraza paradisíaca y resulta que se ha terminado la cerveza. Y puede ser una foto que has subido a instagram y que después de cuatro días todavía no tiene ningún like. Incluso puede ser esos vecinos de concierto que no paran de cotorrear a medio metro de tu oreja pero no puedes hacer nada porque estás rodeado de cuerpos por todas partes menos por una llamada desesperación. Desértica desesperación.
El envilecimiento debe ser una inmersión en las letrinas de tu ser, allí donde el óxido se acumula y genera estatuas de sal, laberintos de hipocresía, torres de incomprensión y pasillos de mezquindad. Una inmersión voluntaria o fortuita que hace que el sol ya no se ponga en tus ojos sino en tu ombligo y que tus brazos no sirvan ya para abrazar sino para apartar. Tus besos se convierten en besos de pato y tus caricias no son más que cenizas de un diccionario en el que aún podías encontrar la palabra "amor".
He vuelto a leer la primera frase de este texto y, tras haberlo escrito y reflexionado sobre la marcha (no me canso de repetir que se escribe para entender las cosas), quiero retractarme. Ya no siento deseo alguno de escribir sobre el envilecimiento. El envilecimiento es una mierda. Y el odio, por más que convivamos con él, por más que produzca incluso una gran cantidad de "likes", reales y metafóricos, es todavía peor. No deberíamos acostumbrarnos nunca a su existencia.