A veces uno ve pasar a una persona por la calle y nota enseguida que algo va mal. Por ejemplo, si va sujetando un paraguas como si fuese una bolsa, con una especie de precaución, separándolo del cuerpo más de lo necesario. Una persona que lleva un paraguas de forma antinatural no es de fiar.
Quién soy yo para hacer una afirmación tan categórica. Igual el que no es de fiar soy yo. Etcétera. Simplemente estoy hablando de lo que se me pasa por la cabeza cuando veo a alguien por la calle y noto que algo va mal. Es instintivo, no es una presunción racional, no se trata de algo verificable de modo empírico. Sin embargo, ese pensamiento es una especie de tenaza que te obliga a ponerte en guardia. No es que te sientas amenazado, pero la alerta está ahí, lamiendo tu psique. No es que tenga miedo a que un desconocido descargue de pronto un paraguazo sobre mi cabeza, pero si ese desconocido es uno de esos que lleva el paraguas de forma rara, pensaría: no me extraña.
Me pasa con todo tipo de personas. Veo a un político, pongamos por ejemplo a la presidenta de una comunidad autónoma. No necesito oír tonterías como que hará un homenaje a Táriq ibn Ziyad (caudillo en la conquista islámica de España), aunque sería lo coherente. Me bastan las muecas de su rostro. Esos ojos descontrolados, ese rictus en la boca que se le dispara sin control hacia zonas grises. Algo va mal ahí. Pongamos que se trata del mandatario del país más poderoso de Occidente, proclive a declaraciones impetuosas y amenazantes de las que va a desdecirse a la mañana siguiente. Lo único que hace falta es observar el lenguaje corporal: esa forma de estar en el mundo como si le debiésemos algo, esa fatuidad al entornar los ojos, la forma de echar hacia delante un mentón no demasiado prominente. Ciertamente, algo no va todo lo bien que debiera.
Lo peor de todo es que esta gente sí que llevan un paraguas de una forma muy extraña y sí que acabarán por descargarlo sobre nuestras cabezas sin ningún tipo de reparo o contención. Y seremos los demás, incluyendo a aquellos que más esperaban de ellos, quienes suframos las consecuencias de un comportamiento que ya estaban anunciando simplemente con esa extraña forma de sujetar el paraguas.