Me persigue Spotify

01 de abril 2026

Descubrí que Spotify era, en apps musicales, como José Antonio Camacho cubriendo a un delantero: no soltaba la presa

Me persigue Spotify, insistentemente. Les cuento. En los albores de la civilización digital abrí una cuenta gratuita en esa app de música. Tenía que tragarme anuncios de vez en cuando pero a cambio podía escuchar un sinfín de música. Lo de sinfín es literal. Además, descubrí (gracias a mi prodigiosa inteligencia) que durante los anuncios se podía bajar el volume. En fin, que era feliz como una perdiz. Hasta que unas navidades mis hijas me regalaron una subscripción premium a Spotify. Juro que apenas notaba la diferencia y, según el día, hasta echaba de menos los anuncios.

La cosa es que cuando terminó el año, Spotify volvió a la carga con los anuncios y a mi me dio lo mismo. Pero descubrí que Spotify era, en apps musicales, como José Antonio Camacho cubriendo a un delantero: no soltaba la presa. Empezaron a llegarme notificaciones para animarme a regresar a la experiencia premium, que para mí, repito, solamente consistía en pagar, porque los anuncios no me importunaban. Al ver que servidor pasaba ampliamente, Spotify empezó a desplegar distintos tipos de señuelos, todos consistentes en ofertas temporales. Dos meses a precio de risa y cosas así.

Sé que hay gente miserable que hace trampas a Spotify y comparte con otros su cuenta para que salga más barata entre varios. Lo sé entre otras cosas porque también he intentado hacerlo, sin éxito alguno. ¿Y por qué, si vivía feliz con mi cuenta gratuita? Por jorobar a Spotify, que no me dejaba en paz para que volviese a una cuenta premium. Soy muy vengativo. Además, que se me olvidaba: cuando terminó mi año premium, el sonido de la cuenta gratuita comenzó a degenerar hasta que aquello parecía una charanga de borrachos con bocinas de plástico. Porque Spotify es más vengativo que yo. Pero es poco perseverante: tras un par de meses sonando como el culo, volví a escuchar la música con una calidad aceptable para lo que no pagaba por ella.

Ahora, ante la perseverancia de la plataforma (que siguió asateándome con ofertas, me perseguía por las calles, se apostaba en las esquinas…) he accedido a pagar una menudencia por dos meses. Y luego me lo pensaré. Lo nuestro aún no ha terminado, Spotify.